jueves, 19 de junio de 2008

El pueblo (III)

Dos semanas después del intento de atropello en la calle de Enmedio el interés de la población por los hechos acaecidos había alcanzado cotas de verdadera obsesión; todas las mentes estaban a la espectativa; los niños fantaseaban y los viejos filosofaban; se oían rumores, siempre infundados, que partían de gentes de toda clase y condición: un corredor de ovejas y esclavos afirmaba que se habían enrolado en una bandera de enganche en Sanlúcar la Mayor; una mujer en la carnicería aseguró que habían aparecido ahogados en una profunda poza en Sierra Morena; varios arrieros, aparentemente con independencia unos de otros, propalaron la especie de que estaban embarcados hacia Cartagena de Indias; un mendigo algo loco mantenía que se habían peleado entre ellos, muriendo uno y siendo apresado el otro en la cárcel de Sevilla; los hermanos por tanto empezaban a cobrar fama legendaria y se pensaba que pasarían a la historia constando ya por los siglos de los siglos en las crónicas de Castilleja, cuando una mañana se recibió en el Cabildo un documento de manos de un criado, debidamente sellado y certificado desde la oficina del Procurador don Fernando Seizo en Sevilla. Transcrito al pie de la letra, decía así:

Valga para el Procurador de Su Majestad, Señor Don Fernando Seizo.Sebastián y Agustín Caro, vecinos de esta villa, como más haya lugar, parecemos ante Vuestra Merced y decimos es llegado a nuestra noticia se nos busca para nuestra prisión por causa que se dice haber culminado contra nosotros los dos de Juan Pacheco de Castro, vecino de ésta, y mediante a que de ella contra nosotros no puede resultar culpa alguna por no haber cometido delito, exceso, ni falta de respeto a la Justicia, por lo que desde luego nos presentamos ante Vuestra Merced en la Cárcel de esta villa donde:Pedimos y suplicamos a Vuestra Merced nos haya por presentados y mande que si alguna declaración hay que tomarnos se ejecute y hecho se nos suelte libremente, que así es justicia. Y para ello firman, Sebastian; Agustin.

En efecto, por la noche del siguiente día los hermanos se encontraban en la Plaza esperando que el Alguacil Mayor, el más madrugador de todos los funcionarios, apareciera por la boca de la calle Mariquita, lo que aconteció cuando acababan de hacerse invisibles en el cielo las estrellas más rezagadas apagadas por un resplandor rosado que emergía por el lado de la ciudad. Cosme Tovar, ya al tanto del contenido del documento, se dirigió hacia ellos y después de intercambio de correctos aunque secos saludos los condujo a la cárcel.
Mientras abría la puerta con la brillante por manoseada llave de hierro les espetó:
—No debíais haber actuado como lo habéis hecho. Soy amigo de vuestra familia, y el primero en sentir lo que ha ocurrido... pero también miro por Juan Pacheco, que de ninguna manera se merece el trato que le habéis dado.
Cantaban los gallos, innumerables, por doquier, como si encristalaran el amanecer.
—Si se refiere usted a lo de Las Escaleras, eso le pasa a cualquiera —le respondió Agustin, con la voz traspasada por la angustia.
—Todos los días hay ganado que se mete en terreno ajeno —añadió. Su hermano, ojos cargados de sueño y cansancio, escuchaba la conversación con esa aguda atención que propicia el cerebro agotado e insomne. El Alguacil optó por no tocar el suceso del atropello en la calle de Enmedio, en parte por temor a despertar la ira en los detenidos, en parte por no tener muchas ganas de diálogo y en parte por reservarse una baza con la que luego dar más fuerza a su argumentación.
—Bueno; no creo que vayáis a estar mucho tiempo aquí. Está prohibido tomar cosas por la ventana. Veré de hablar para que os traigan colchones, ...y espero que os comporteis con decencia, ya que, repito, mucho tiempo no pasareis encerrados. Vamos: resignación.

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Los olvidados, 12q.

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