—Ya se ha metido en donde no debe —dijo el Regidor, poniendo tenso todo su cuerpo. Dejó de martillear sobre una cuña de madera con la que ajustaba el mango de una azada.
—¿Se ha metido?... Yo diría que lo han metido —respondió el aperador, poniéndose en cuclillas para avistar la zona, que se le ocultaba por media docena de perales; en esta postura el gigantesco operario podía observar con todo detalle lo que acontecía en la vecina era. Los hermanos parecían ajenos, o al menos lo fingían a la perfección.
—Es verdad. Es lo más probable.
—En sus personas no serían capaces, los dos cobardes —apostilló el operario mientras desmenuzaba terrones rojizos y aspiraba su húmedo aroma primigenio.
El Regidor Juan Pacheco se percató de que el buey bravo de Agustín Caro había entrado en su finca más que nada porque llevaba varios días con todos los sentidos orientados hacia aquella parte del terreno, esperando algo parecido; así que vió la mole rojo oscuro del animal como si no descubriera nada nuevo, como si en su cerebro ya estuviera formada la imagen desde mucho tiempo antes; el miedo en su estado más puro y ancestral le golpeó obnubilando su mente, a pesar de ser experto en el trato con animales y conocedor de la sicología de las bestias: el animal era bravo en efecto, y ya había ocasionado algún percance con personas y enseres; más de un castillejano hubo de encaramarse a un árbol al paso del cornúpeta, sobre todo cuando en descampados su dueño lo conducía, siempre con característica despreocupación y completo desprecio por la integridad física de los demás vecinos; otra vez la fiera derribó a embestidas un sombrajo en una viña muy al interior de Valencina del Alcor, hasta donde había llegado en furiosa galopada embistiendo el aire y pisoteando habares y tomateras, después de enloquecer por el aguijonazo de un tabardo. Se decía que también había volcado vehículos en plena población, dejando a las caballerías coceando boca arriba. Era, en resumidas cuentas, conocido por todos el mal genio del buey. Además, Juan Pacheco también temía esos cuernos inmateriales que eran las burlas de sus enemigos, la tenaz conspiración del Alcalde y sus secuaces para ridiculizarlo, la pérdida del dominio de sí mismo que constituía su mayor tesoro, el deterioro de la propia imagen que traería como consecuencia el acoso de los campesinos envidiosos. De modo que dirigió a través de la arboleda unas voces de aviso a Agustín con toda la consideración de que fue capaz, pero éste parecia fingir que no lo oía; ya sin recapacitar más, ordenó a su zagal, que allí cerca ataba lechugas con hebras vegetales, que espantara a pedradas al intruso. El chico, como de diez o doce años, churretoso y lleno de remiendos, al recibir las instrucciones que su amo le susurró al oído, corrió como una liebre a un atillo que descansaba en el tronco de un peral, extrajo de él una honda de ramales cortos, hecha de un pedazo irregular de grueso cuero negro, y cargando en las faldriqueras las más idóneas chinas que encontraba en su camino penetró a saltos por los sembrados hasta el límite norte del campo, donde el buey, ajeno a todo, devoraba glotonamente los ringleros del borde de un espeso plantío de patatas. El zagal comenzó a fusilarlo, apuntando sin piedad a la cabeza, y uno de los cantos rebotó en un cuerno con seco golpe; el animal berreó de dolor y rabia, y con eso y los agudos gritos que le dirigía el muchacho decidió ensayar una retirada juiciosa y con un trotecillo inesperadamente ágil dada su corpulencia, se alejó. Orgulloso del efecto de su acción, el chaval volvía hacia su patrón, preparándose con voluptuosidad para recibir amplias felicitaciones cuando alguien le avisó a gritos que el animal regresaba a las andadas. Todo lo cual lo observaba Juan Pacheco a distancia, sintiendo que la ira que se iba acumulando en el cuerpo le golpeaba en los oídos. Optó por una solución de más entidad, llamando al chico para sustituirlo por el aperador. Los aperadores son gente dura del campo, acostumbrados a tomar decisiones rápidas en momentos en los que los espíritus pusilánimes tienen todas las de perder; están estos individuos especiales encargados de la gestión de las haciendas, tienen a su cargo el cuidado de las herramientas, el reparto y reposición de las simientes, y sobre todo el mantenimiento de los vehículos y la supervisión del trabajo y de los trabajadores, y se les encomienda además la solución de cualquier evento imprevisto que pueda surgir en esa empresa colectiva que es el campo. Sobra decir que la fidelidad que profesan a sus patrones tiene que ser firme y absoluta.
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