sábado, 21 de junio de 2008

El pueblo (V)

Juan Cosme Tovar tenía un viejo sillón de cuero tras de la puerta, en un reducido zanjuán, justo debajo de algo que, más que panoplia, era un destartalado y simple rectángulo de tablones mal clavados, con dagas y espadas cortas, la mayoría de ellas rotas, desajustadas e inservibles, y media docena de grillos oxidados colgados de una enorme alcayata en la pared; al lado del sillón, una mesilla de tres patas atacadas de carcoma con poco más que la libreta de registros, un pocillo para tinta hecho de un trozo de cuerno desconchado y una pluma de amarilleantes barbas ; en este lugar era donde paternalmente supervisaba el acontecer en la institución a su cargo, descansaba de su correrías tras la delincuencia o encontraba el sosiego requerido para reflexionar sobre sus problemas familiares. Formaba asimismo, en ocasiones, tertulia de baraja y cuartillo de vino con sus tres ayudantes a tiempo parcial: Hilario "Perrita", Silvestre Montaño y el hijo del Alemán.
Muchas tardes con el buen tiempo llegaba Juan de Vallecillos, el lector impenitente, y se sentaba al fresco en el poyete de la acera, repasando los viejos documentos que el Alguacil ponía a su disposición, mientras la ciudad lejana allá abajo, una mancha clara en la Vega azulada encuadrada por el final de la calle del Convento, se iba difuminando; y cuando la luz del día ya no permitía leer encendían sendas pipas juntos los dos, él con la cabeza distraída por lo que acababa de descubrir en las escrituras y el cancerbero socarrón, ironizando acerca de los sabios habidos y por haber y de la sabiduría en general, ya fuera divina o humana. De esta manera charlaban hasta que la tarde tocaba a su fin, interrumpiendo el diálogo para saludar respetuosamente a los franciscanos mendicantes que volvían con sus canastos del brazo repletos de huevos, tomates, rebosando alguna gallina cabizbaja, sus hábitos polvorientos y sus bastos bordones de caminantes, regresando de la dura tarea de recolectar limosnas por haciendas y caseríos de Salteras, Olivares o Valencina, por donde desde el alba apelaban a la caridad de las buenas gentes.
Al otro lado de la Plaza y dirigiendo con disimulo miradas de reojo hacia ellos, también acostumbraban a formar reuniones diarias viendo pasar a la gente los dos maestros de la industria local de la salud: el cirujano y el boticario, a los que se añadía algún que otro esporádico paisano. Si bien con conversación más técnica, profunda y especializada que la de la puerta de la cárcel, Salvador de los Reyes, al que alguno apuñalaba con insinuaciones de descender de judíos, y el maestro cirujano, onubense tiempo atrás encausado por ejercer sin licencia, recelaban con alguna dosis de envidia del castillejanismo del Alguacil, cuyos ancestros se perdían siglos atrás en la villa, y de la inagotable fuente de información que los legajos de la mazmorra proporcionaban al intelectual Vallecillos, que con tanta tenacidad exorcisaba fantasmas del pasado.
El terreno central era ocupado tarde tras tarde por una patulea de chiquillos corrientes, saltantes y gritantes, que ponían en la escena una nota de, pese al alboroto, apacibilidad e intimismo, un sello emotivo, blando y dulce, cuya contemplación humedecía los ojos de sus mayores y despertaba un limpio amor en sus gastados corazones.

Soplaban los vientos de la Ilustración. Un nuevo espíritu racionalista se adueñaba de la sociedad, y muchos consideraban que los males de la humanidad eran superables con cultura, industria y comercio. Europa, mas bien la omnipresente y recién estrenada Francia, estaban conquistando mentes y corazones a velocidad de pólvora inflamada. Pero pongámos punto y final a estas disgresiones.

Ya tenemos a los carreros Agustín y Sebastián entre rejas.

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Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...