lunes, 30 de junio de 2008

Golpe al Antiguo Régimen (III)

El fedatario, el Regidor y el Teniente, a saber: Jose Cordero Baena, Alonso Martin de Luna y Juan Pacheco de Castro, se encontraban en una sala, alrededor de una mesa, reconfortándose con el calorcillo de un brasero de cisco y con sendas jícaras de loza llenas de espeso chocolate recien hervido, el segundo y el tercero pendientes de una historia que contaba Cordero con sus grandes dotes de narrador, cuando sintieron unos secos golpes en la puerta principal. Franqueada la entrada al notario Vanderleye, con la voz engolada, hueca y falsa que, uno se imagina, deben usar los camaristas del Vaticano, expuso éste brevemente las exigencias del vicario a los tres hombres. En modo alguno tales exigencias les cogieron por sorpresa, ya que a pesar de los pocos meses que llevaba en el pueblo a la cabeza de la Parroquia de Santiago, conocían sobradamente al cura.
El Teniente tomó la palabra:
—Don Juan, hágame la merced de decirle al Señor Vicario don Miguel que no tenemos preso a su criado por cosa eclesiástica alguna, sino por negarse a hacer la Cruz para jurar como testigo en un caso que nos ocupa —. Observó con detenimiento a Vanderleye, pero su rostro parecía tallado en piedra.
—Como es ampliamente conocido, negarse a testificar una vez citado para ello por la Autoridad es un delito —apostilló en tono cortés mientras seguía mirando con fijeza al notario. Y añadió:
—Mientras persista en su actitud de no colaborar con los intereses comunitarios, que yo represento y defiendo en Castilleja, seguirá preso, le pese a quien le pese—. Y Vanderleye, que había permanecido militarmente firme a la entrada de la estancia, inclinación breve de cabeza mediante se retiró hacia el exterior para llevar la contestación al cura.
Bastante molestos por tan inoportuna interrupción, dejaron de lado la sustanciosa historia del escribano Cordero para comentar la intempestiva y turbadora visita del siempre desagradable notario mayor.
—Dios los cría y ellos se juntan—, sentenció Cordero, aludiendo al vicario, y corrigió con sorna Martin Luna: —los cría o los crea—, arrancando prolongadas risas en sus compañeros.
Era Cordero hombre abierto a la Ilustración, con espíritu científico alimentado por frecuentes lecturas de autores de vanguardia, y partidario de dejar que el pesado armatoste eclesiástico, para bien de la sociedad hispana, fuese quedando abandonado en la cuneta del camino hacia el futuro, liberando a una humanidad necesitada de razón, bienestar y progreso. Enemigo acérrimo de la oligarquía local, permanecía en la base del escalafón social por no querer establecer vínculos con los que consideraba "ricachones repletos de ventosidades". Este talante no impidió que llegase a poseer, gracias a la pura actividad de su oficio escribanil, varias vacas, y que mantuviese con salario y comida a un Maestro de Gramática para su hijo, al que quería preparar para el ingreso en la Universidad. El niño iba despábilándose en cosmología, historia de las civilizaciones griega y romana, traducción de poetas y prosistas clásicos, composición gramatical, historia de España o lengua latina día tras día encerrado con el profesor, mientras fuera en la Plaza los otros chiquillos contribuían al analfabetismo rampante estudiando giro de peonzas, trayectorias de canicas y saltos de tabas.

Desapareció de la casa la estela repelente del emisario de don Miguel. Poco a poco volvió a ellos la musa del buen humor y la camaradería, y el ambiente grato comenzaba de nuevo a reinar mientras el escribano recargaba las jícaras con una humeante chocolatera de cobre cuando volvieron a sonar los mismos golpecitos inquietantes en la puerta. Imaginando quién llamaba otra vez, pronto confirmaron sus sospechas; Vanderleye, impertinente como mosca en botica, volvía a la carga, ahora diciendo con su pronunciación de falsete que el vicario estaba dispuesto a castigar al Teniente con pena de excomunión mayor, si en el plazo de dos horas no se cumplían los deseos que les había expresado anteriormente.
Excomunión mayor. Excomunión mayor eran palabras de gran importancia. La cosa se agravaba, y el vicario debía estar realmente enfadado. Pero no perdió el Teniente por ello la conciencia y el sentido de su propia autoridad; su autoestima y dignidad no le permitían tolerar semejantes amenazas, como jefe que era de los destinos del pueblo. Ya que el cura quería autos, los iba a tener; hizo llamar por medio del Regidor Martin de Luna a los demás componentes del Cabildo, citándolos para que se reunieran con ellos cuanto antes en casa del escribano.
Fueron llegando, más pronto que tarde, todos los restantes regidores, el Alcalde de la Santa Hermandad, el Alguacil Mayor y otras personas de peso y relevancia social: quería el Teniente hacer todo a lo grande, sin dejar resquicios para equívocos o malinterpretaciones, y mientras más testigos hubiera, mejor para su causa.

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Los olvidados, 12q.

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