Son las cinco de la tarde, y no hace mucho frío para el mes de diciembre. Las calles están vacías porque todo el mundo celebra en familia la fiesta, congregados en los hogares. Los espíritus se ablandan, reina la paz, se reparten regalos, abrazos, buenos deseos. A los niños les brillan los ojos con el fulgor de las ilusiones y los juguetes, y a los mayores con el del aguardiente. Huele a castañas asadas, a fuego de leña. Si miramos por las ventanas, vemos la misma escena en cada casa: se percibe la alegría como canto de grillos lejanos, como arrullo de pájaros primaverales o borbolleo de riachuelos saltarines. Aquí y allá una flauta, una vihuela, una pandereta sostienen a improvisados cantantes, a veces voces infantiles, que entonan letrillas con el niño Jesús por tema central. Han vuelto los que se fueron, hay reencuentros, historias que narrar, besos debidos, pasiones olvidadas. El ambiente navideño lo suaviza todo, y a todo da un resplandor especial. Y como una esperanza dorada deja el sol en las mohosas veletas, en las chimeneas que humean plácidamente y en los pináculos blanquiazules sus paneles de oro, hoy más bellos que nunca.
Juan Pacheco y Alonso Martin de Luna acababan de ponerse de acuerdo en ir a felicitar las Pascuas al escribano Jose Cordero, hombre afable y simple, de bondadoso natural y divertida conversación, que muy bien se merece esa atención.
Los ve desde la cárcel Francisco Vazquez.
Don Miguel, como hemos dicho, también los está viendo acercarse a la morada del escribano, su vecino pared por medio junto al arco norte del recinto, en una casa que desde tiempo inmemorial es alquilada a los escribanos públicos de la villa. Cuando comprueba que han penetrado en el despacho de Cordero, entiende que ha llegado el momento idóneo para actuar. Matará varios pájaros de una vez. Quiere darles un escarmiento, aplastar la soberbia inculta de esos personajillos incapaces de sostener en la mano una pluma con delicadeza, y sin embargo entrometidos hasta debajo de las camas. Con las modas de Francia se creen con fundamentos para pisarle el terreno, pero por lo que a él respecta, tiene muy claras y presentes las directrices de sus superiores, sus propias convicciones y sus intereses; no está dispuesto, no le conviene compartir ni un ápice del mando que, desde Olivares, le ha sido investido, ni mucho menos el liderazgo que mantiene entre la masa amorfa de católicos más o menos creyentes y practicantes pero siempre hambrientos y menesterosos de espiritualidades y trascendencias.
Inmovilista, su esfuerzo cotidiano es evitar que los sencillos pueblerinos atisben y asuman como normas de comportamiento las nuevas tendencias que en el siglo se están diseminando por todos los rincones de la vieja Europa, y aunque para cegarlos tenga que vociferar hasta desgañitarse desde el púlpito los latines más rancios a la vez que intrigar hasta las profundidades más tenebrosas no cejará en su empeño de no ceder ni un palmo del terreno que secularmente y con tanto esfuerzo ha obtenido la Iglesia, aquella institución que es su objeto de admiración y su razón de ser; cuenta, además de con la mayor parte del clero hispano, con poderosos aliados entre la aristocracia.
Se ha atrevido el miserable Teniente de Gobernador, un desarrapado boyero y destripaterrones empachado de beber en las infectas fuentes inglesas y francesas ideas subversivas y disolutas, a encarcelar, sin la más mínima consulta, a su criado Francisco Vazquez, de forma tan insultante cual bofetón inesperado en pleno rostro. Cuando se enteró de ello, quedóse anonadado y un sudor frío lo bañó de pies a cabeza. Nunca se había sentido de aquella manera.
Pero él era un caballero y no iba de ninguna manera a rebajarse; primero enviaría a su notario Vanderleye a presionar al tenientillo, con encargo de tomar posesión de los autos formados contra su criado; así lo determinó aquella tarde, con el convencimiento de que ello bastaría para doblegar a aquel mozalbete metido a Gobernador local; de forma que se puso en marcha, inmediatamente después de verlos entrar en casa del escribano. Cuando Vanderleye, como un artefacto mecánico, se disponía a salir de la estancia para cumplir la orden, el vicario le llamó la atención con un gesto:
—Diles que tienen dos horas, con apercibimiento de censuras— añadió para redondear el mandado.
Se sentía poderoso y quiso que su autoridad quedase patente, buscando con sus palabras tajantes y sus duras frases imposibilitar cualquier vía dialogada para la solución del conflicto: ni estaba dispuesto a entrar, con la degradación que ello suponía, en razonamientos con aquella gentuza, por inculta e inferior, ni quería arriesgarse a que, en caso contrario, interpretasen una actitud abierta como signo de debilidad.
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2 comentarios:
jajajaja tienes seguimiento en tu blog, pues sabes que paso por aquí me gusto tu otro blog también.
Gracias, amiga venezolana.
Esta es una historia por lo menos "sentida", ja ja. Irremediablemente, porque mi línea paterna es castillejana al menos desde el siglo XVI.
Un abrazo. Te dejé algo en tu blog de flamenco. Hasta luego.
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