sábado, 21 de junio de 2008

El pueblo (IV)

Estaba la Cárcel Pública de la Villa en un conjunto de casas que formaban el bloque del frente sur de la Plaza y que pertenecían al Cabildo, que tenía que pagar por todas ellas un tributo de cincuenta y cinco reales anuales al Conde Duque de Olivares; este bloque, de tan abandonado, se caía de puro viejo; la cárcel en sí se erguía en el tramo más oriental de la ruinosa manzana, apuntalada o empujada con pertinaz insistencia por el arco de la Plaza que parecía, en cierto modo, con su enorme y musgoso brazo de gruesos ladrillos querer dar con ella en tierra; brazo de ladrillos bajo el que se abría, entre los jaramagos que medraban en la humedad de las grietas y que ahora con el estío no eran mas que simples guedejas secas y descoloridas, un oscuro ventanuco cruzado por dos barrotes de hierro brillante por el roce de las por lo general callosas manos de los reclusos; la fachada con capa de cal transparentaba los estragos como de lepra que padecía el muro, y el tejado medio hundido parecía pedir cual una gran boca desdentada gritando a las alturas las manos asistenciales de urgentes alarifes, acababando todo el conjunto de dar fe de la falta de voluntad de las autoridades, aunque para no faltar a la verdad debemos hacer constar que la parte de la techumbre del calabozo había sido asegurada para evitar evasiones. Estos reparos de obras fueron emprendidos por un especulador ante la falta de activos del Cabildo, casi en bancarrota. Dicho especulador, Cristóbal de Aguilar, empleó 6.000 reales en las reparaciones que inició en 1740, y a cambio le cedieron dos o tres habitaciones en el piso superior para que, alquilándolas, se resarciera del gasto. A Cristóbal de Aguilar tendremos ocasión de conocerlo con más detalle en próximos capítulos; por ahora adelantaremos que siendo Teniente de Gobernador actuó de testigo en la boda de nuestro albéitar, herrero y carretero Juan Pacheco, celebrada el ocho de enero de 1727. La novia, a la que hemos aludido anteriormente como una castillejana sencilla y sumisa, se llamaba Josefa Navarro, y llegó al matrimonio huérfana de padre.

Diremos de la enorme casa, que eso era en realidad el bloque sur, que compartía con la de presidio las funciones de panilla para el almacenamiento del aceite, en enormes y panzudas tinajas, y del carbón, negreando en grandes cestas de esparto, que se vendían al por menor para el consumo de los castillejanos; almacén de jabón, tabacos y vinagre, también hacía la función de silo de granos, además de contener, precisamente en uno de los rincones del calabozo y como muestra de la desidia e incultura de los administradores y dirigentes, los papeles que las distintas corporaciones y organismos habían ido produciendo a lo largo de los siglos desde que Castilleja era Castilleja; en informes montones se encontraban libros de cuentas de las haciendas, listas de propiedades vecinales, censos de animales, soldados o carruajes, instancias judiciales y exhortos militares, testimonios de compra-ventas, cartas personales, copias de pragmáticas y edictos, papeles despedazados, pringosos o polvorientos, arrugados y roídos por los insectos y los ratones, moteados con lamparones de grasa, usados como alfombras o colchones, manteles, posavasos o servilletas e incluso papel higiénico por los desgraciados que daban con sus huesos en el umbrío recinto. Hacia la Plaza se abrían el ventanuco que hemos mencionado, la puerta principal y cierta ventana entre uno y otra, que no era de considerables dimensiones; por detrás de la ruinosa edificación y con portillo a la Calle Real, había un corralón medio abandonado con dos o tres gigantescos árboles de porte majestuoso, algunos cipreses, y el nivel inferior embarbascado de parras asilvestradas y de una maraña espesa de rosales y enredaderas, donde una colonia de gatos tan antigua y variada como los viejos documentos encarcelados, había establecido su criadero, subsistiendo de los murciélagos que dormían en el olvidado pozo, de algún ratón que se despistaba y de los volantones de gorrión que caían de los nidos; por este lado del mediodía y merced a un alto tragaluz ovalado abierto bajo el alero del tejado, medio obturado por telarañas polvorientas y nidos de aviones entraba a la cárcel la única luz que recibían los presos, si exceptuamos la de algún cabo de vela que por el ventanuco externo bajo del arco y de contrabando alguna mano amiga proporcionaba aprovechando la oscuridad de la noche o la falta de vigilancia.

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