Paralelamente el otro jugador en liza, el Alcalde Clemente de Luque, también con idénticas zancadas nerviosas, como si los desgraciados hechos de Las Escaleras lo hubiesen sincronizado con el Regidor, paseaba a lo largo y ancho del patio de su casa, inquieto por la tormenta que se avecinaba; ya intuía que ahora llegaba la hora del papeleo, y los burócratas de la Audiencia de Sevilla le producían desasosiego con solo imaginarlos, con pensar en sus frases secas y cortantes, con recordar sus firmas en los documentos, hechas de trazos seguros, prepotentes y chulescos; las esperas interminables en la Audiencia, los desaires, las idas y vueltas a la ciudad para seguir con las manos vacías, las exigencias de tributos, de padrones del vecindario absurdos e incomprensibles, las cartas secas llenas de reproches por no querer vender a los mozos para guerras remotas, los edictos oprobiosos; era también el miedo cerval del campesino a las letras lo que le hizo proponerse ser muy precavido en adelante en aras a presentar una imagen aceptable, aunque para ello tuviese que encarcelar a sus sobrinos e indisponerse con toda la familia, pero en los terrenos de las escrituras y los sellos llevaba todas las de perder, por muy Alcalde que fuera. Se sentía controlado por el rasgueo de esos garabatos de tinta rubia, por el crujido de los folios, por el carraspear del funcionario de turno. Una cosa era conspirar con sus sobrinos en un rincón de la taberna a la luz de un candil, o deslizar un real en la mano de un sicario en cualquier callejón para que ajustase alguna cuenta, y otra tener que explicar ante los tribunales de la capital su conducta. Ahora había que ir con tiento porque los de la Audiencia no entendían de historias, o entendían demasiado. Todo ello sin contar con el Conde Duque, del que se podía esperar cualquier reacción. Era Clemente un hombre desconfiado, receloso; casi un misántropo desde que tras un complicado parto de su mujer la comadrona le presentó aquel monigote con aquellos miembros flácidos y raquíticos que hoy era la pesadilla de su vida, aquella cabezota deforme y aquella mandibula caída entre babas. Tenía el Alcalde una visión del mundo negativa y pesimista desde aquella jornada nefasta. Era lo que se conoce como una persona amargada a la que todo el mundo daba de lado, su mujer la primera, harta de soportar que le instilara por las buenas o por las malas un infundado complejo de culpa. A medida que el niño crecía el matrimonio empeoraba; cuando los chiquillos de la calle Mariquita, o calle que va a la Plaza como se la conocía popularmente, se reían del niño baldado y deforme, sentado en su puerta al sol con una nube de moscas en derredor de su ojos saltones y perdidos Clemente, incapaz de aceptar su parte de responsabilidad, atacaba cobardemente a la parte más débil, reñía a su mujer; luego llegaron las agresiones, ya abiertas y cotidianas. Clemente golpeaba a su mujer con saña, con ira, sobre todo en presencia del anormal, como si quisiera convencerle de que la culpable de todos los males era ella. Ya de mayorcito el lisiado, con su deambular arácnido como quien se dispusiera a saltar sobre alguien, se hacía acreedor a alguna pedrada que le arrancaba lastimosos balbuceos; vestíasele con un sayo talar no suficiente para evitar que, cuando pasaba las horas mirando la calle sentado en el poyete de su casa se abriera descuidadamente de piernas y mostrara sus atributos ya formados, promoviendo risas, curiosidad, compasión, entre chicos y mayores. Se acostumbraron propios y extraños a no reprimirlo, y ni Clemente ni su mujer, como si quisieran de esta forma insultar al pueblo sano aireando sus íntimas miserias, hacían nada por evitar la exhibición diaria y el espectáculo con el paso del tiempo llegó a ser constitutivo de la idiosincracia de la calle, aunque con ese halo del tabú ancestral que el misterio de la sexualidad enfermiza y desvelada creaba en una sociedad orientada en direcciones muy opuestas a ella.
Seis días después de los hechos en Las Escaleras, el viernes día 8 la maquinaria de tinta y papel está puesta en marcha; los alguaciles van y vienen entre Sevilla y Castilleja, al trote afanoso de sus machos; el Juez del caso es el mismo Clemente de Luque. Se ordena la prisión de los hermanos, pero en vano porque han desaparecido del pueblo; el Alguacil Mayor con el máximo despliegue de ayudantes y voluntarios no los encuentra por ninguna parte, ni en sus casas, ni en las de sus familiares, ni en las de sus amigos; tampoco son hallados en los campos a pesar de haber rondado con sus cabalgaduras todos los sombradizos de azacanes y paraderos de cabreros, y ni por los caminos más remotos de la comarca saben de ellos y nadie, ni aquí ni en los vecinos pueblos, es capaz de dar referencia, como si se hubieran volatilizado.
Al siguiente 9 de julio muere Felipe V.
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