lunes, 23 de junio de 2008

El pueblo (VII)

Dos días después, el diez, enterraron a la mujer de Pedro de Casasnovas y por el ventanuco los presos preguntaron a los viandantes el inevitable ¿quién se ha muerto? al oir las campanas; contemplaron la escena juntando las cabezas en el hueco; los primeros deudos en acudir llenaron el templo pronto, y después siguieron llegando parroquianos, que se reunían en pequeños grupos silenciosos bajo los álamos blancos al lado de la iglesia, a la espera de que el vicario terminase la ceremonia. En la fachada oriental de la sacra construcción el solar descendía hacia el fondo en terraplén, dejando las tumbas ocultas desde la perspectiva de la cárcel si exceptuamos las primeras lápidas, cuyas cruces asomaban blanqueando, pero los dos hermanos pudieron ver con todo detalle el ir y venir de las gentes, del cura y sus auxiliares y de los sepultureros. El viudo, pontevedrés de origen, rodeado de sus allegados gemía con ayes cortos y repetidos, sincera, insistente y desconsoladamente: nadie imaginaba aquella mañana que se volvería a casar un año más tarde.
Ver Calles Históricas de Castilleja. Juan Prieto Gordillo. 2009.  Págs. 43-45.


Casasnovas tenía un secreto que le quemaba; le sucedió de jovencito un percance que cambió su vida, aunque no lo dejó traslucir ni lo aparentó nunca, por la cuenta que le tenía. Había entablado relaciones con una joven, todo morenez, ojos de ascuas, vecina de Aznalcázar, y hasta allí solía desplazarse muchas tardes a lomos de un borrico prestado, para hablarle a "su morena", como solía denominarla ufano. Una de estas tardes se encontraban sentados ella y él en un pedazo de prado florido a orillas del Guadiamar, ensimismados en sus ilusiones avivadas por los reflejos del sol en las aguas, cuando tres jinetes de jóvenes yegüas, todos enardecidos por el calor, las fuerzas ciegas, los deseos exhaltados, cruzaron el vado frente a ellos a pleno galope, salpicándolos abundantemente de agua embarrada. Protestó a gritos el gallego entre las risotadas de los barbianes que se alejaron hacia el pueblo. Pedro Casasnovas no olvidó la cabalgadura del último, negra cuatralba. Varios días después, habiendo dejado a "su morena" aznalcazareña ya anochecido después de pasear toda la tarde, tropezó con la yegüa, atada a la reja de un tabernucho; desde el interior del tugurio llegaba a la calle el tintineo de vihuelas y el restallido de carcajadas. Esperó tras una esquina. Ni la mirada de la luna ni el aviso ronco de un can lejano arredraron al gallego. Pronto el jinete salió, apenas tuvo tiempo de asentarse en la silla de su montura; relámpago reluciente, una ancha navaja le tajó el muslo. Cayó como un saco de patatas, huyó el agresor, ladró el can, parpadeó la luna molesta por una nubecilla deshilachada. Aquella misma noche cargaron al herido en un carro y a marchas forzadas lo llevaron a Sevilla. Moriría en el hospital al día siguiente.
Desde entonces el gallego llevaba algo en su espíritu que era como una semblanza de la tristeza que conlleva la muerte, ese castigo sobrenatural, ese misterio negro y pesado que abruma al hombre. Y lloraba en el cementerio por todos los muertos habidos, y por los por haber, y recordaba a su padre enterrado a unos metros del lugar donde ahora sollozaba. Un pequeño coro encabezado por el sochantre Vanderleye entonaba salmos, y desde el convento vecino se agregaron al sepelio también varios franciscanos, rostros barbudos, introvertidos bajo las capuchas, a pedir a Dios por la salvación de la difunta; pasaron frente a la cárcel presurosos, con las vistas en el suelo, y formaron un compacto bloque en un extremo del Carnerillo, murmurando con voces graves una oración; se volvieron a recoger casi de inmediato, llevándose en sus sandalias polvo de difuntos.

María Ana de la Peña, que así llamaron en vida a la muerta, era tan pobre como su marido, lo que conllevaba la ventaja de no tener que hacer ni testamento siquiera. Se habían casado seis años antes, en 1740, él de una familia originaria de Tomiño, en el obispado de Tuy.


                                        Hórreo característico de Tomiño


Don Miguel Vázquez Forero pensaba en Santiago de Compostela mientras cantaba sus responsos desganadamente, enervado por la presencia de los franciscanos, que aunque corta, llegó a molestarle profundamente. Luego entonaron los presentes unos rezos que llegaron diáfanos a los oídos de los que estaban en la cárcel. La campana de la antigua torre había sonado fúnebre toda la mañana y el ambiente era triste y desesperanzado para los hermanos Caro, un día de llanto, muerte y prisión. Acabado el entierro y marchados todos, cuando ya el sol estaba en su máxima altura recortando las mínimas sombras del lugar, se abrió de par en par un ventanal de uno de los balcones de la Plaza, lanzando un vertiginoso reflejo de luz de oro en sus cristales a lo largo de la fachada del Pósito.

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Los olvidados, 12q.

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