Por el Camino Real corre hacia Sevilla con estruendo de voces, latigazos, crujidos y golpes una carroza con un tronco de cuatro pares de caballos, al galope; los caballos son negros cerrados y el coche cubierto y verde oscuro con los rebordes de ventanillas y puerta amarillos; en el pescante el cochero vocifera restallando un látigo infinito e insultando a algún que otro desprevenido transeunte que se lanza despavorido a la cuneta; el carruaje con su endiablada velocidad levanta una polvadera parda haciendo saltar con sus ruedas de llantas aceradas las piedras del arrecife entre chispas; cuando acaba de pasar, calma tras tormenta, la paz se vuelve a extender por la zona a la vez que se asienta el polvo y los labriegos, que habían levantado la cabeza al oir el traqueteo, vuelven a la faena murmurando. Al rato pasa un grupo de muchachas como frescas golondrinas coloreadas riendo y cantando mientras marchan del brazo hacia Gines; los hombres que están al borde del Camino las requiebran y alguna de ellas responde, amparándose en el anonimato del grupo, en forma igual de procaz; son jornaleras que van hacia las tierras de poniente a ganarse un real de vellón, y quizá vienen desde la capital; luego pasa un mendigo vestido de negro al modo antiguo, cojeando ostensiblemente, con un cayado que lo dobla en altura y un sombrero deforme de grandes alas caídas sobre la cara. El tránsito de personas es normal a aquella hora: arrieros en burros o mulos, algún coche, algún caballero de porte altivo al trote, algún soldado de vistoso uniforme, lentas carretas bueyeras con una montaña de paja encima, gitanos buscavidas, esclavos mulatos con encargos de sus amos, gentes corrientes a pie seguidas de niños o de perros, portando canastillos, tirando de asnos moribundos...
Unas horas antes habían pasado los rebaños y los trajineros; cuando el sol naciente empezaba a dorar las copas de las altas palmeras de la Hacienda ya habían discurrido bajo la blandura del rocío grandes ríos de cabras y ovejas que balando se desbordaban por la cunetas y las alcantarillas, o muchedumbre de vacas lecheras y ganado de carne con sus cabestros de cencerros, mugiendo hacia los herbazales de Espartinas, animales encauzados por las piedras de los gañanes honderos y por las dentelladas de los perros pastores; y los carros de los trajineros, tirados por bestias macilentas y repletos de mercancías con destino a los pueblos de alrededor columpiaban en sus traseras toda suerte de cacharrerías de barro y hojalata, en racimos colgadas hasta casi arrastrar por el suelo, como barquichuelos flotando en la corriente de los animales. En la Hacienda picotean las aves de granja y hozan los cerdos al pie de las tapias, en las que se solean pájaros cantores en ringleros de jaulas; macizos de plantas de jardín en arriates, ramos en macetas ponen notas multicolores con su variedad floral, y en los tendederos la ropa blanca se orea al aire matutino; Antonio de Castro, el capataz, iba para pajarero si no se le hubiera cruzado una muchacha de pelo rojizo, casi negro, en trenzas, que lo convirtió en un equilibrado padre de familia tempranamente; pero todavía gustaba de cargar con encieras y redes y marchar los domingos de madrugada a los bebederos de Valencina del Alcor, para volver a las pocas horas con una infinita variedad de pajarillos que luego enjaulaba para su propio disfrute, regalaba a amigos aficionados, vendía en la ciudad o simplemente cocinaba con aceite, ajos, hierbas aromáticas y sal.Había ciertos pavos exóticos entre el volaterío de la hacienda que eran respetados e intocables como santos de una religión superior; tenían en el cogote una escobilla de plumas azul cobalto, que erguían cacareando un cuuuuic estridente cuando creían ser atacados; de grandes huevos rosados, nunca llegaron a sacar polluelos vivos; cuando el padre Visitador venía desde la capital cada dos semanas a supervisar la marcha de la explotación, acompañado indefectiblemente por el Señor Licenciado Vicario y Cura de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de la Calle Real y algún que otro clérigo de menores o paje todavia no muy convencido de su misión en el mundo, se detenía minuciosamente en los ponederos observándolo todo con mirada fija, inspeccionaba pulcramente en derredor y se hacía sacar a la puerta, entre los cerdos y las gallinas, el bufete de caoba de su despacho para tomar unas notas con cálamo y tintero, notas que aderezaba, exhibiendo bastante buena mano y más paciencia, con dibujos marginales de las extrañas y extrañadas aves, de sus plumas, picos, patas y huevos, para dejar constancia, en una premonición de lo que luego haría el barbudo Darwin, del desarrollo y avatares de estos pavos, traídos de ultramar por jesuitas entregados a la aventura de la ciencia de la aclimatación y a los experimentos genéticos. Mientras, el Cura se quedaba a la espera, ensimismado viendo dar vueltas a la noria o dando de comer granillos de pienso a las carpas que alguien, seguramente otro jesuita intelectual, había acomodado en la milenaria alberca que acaso refrescara a los patriarcas yemeníes rodeados de nietos en las tórridas tardes del agosto aljarafeño, antes de que las hordas de toscos castellanos arrasaran la región y las pitas importadas de México invadieran los bordes de los barranquillos.
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