El aperador se llama Juan López Ramirez, es analfabeto y tiene treinta años cumplidos; es un hombre fornido, de más de dos varas de alto, cerrado de barba, de pelo negro y de voz bronquísima. El aperador responde como una máquina a los requerimientos de Pacheco enarbolando una hijada de mango largo cual el de las lanzas y de aguda punta de metal como ellas que estaba recostada entre las ramas de un árbol, con la que se dirige resuelto al reincidente cuadrúpedo; el aperador avisa antes de entrar en acción a Agustín, quien responde con sorna insultante que Juan Pacheco debería hacer un sombrajo para montar guardia contra los ganados ajenos. El anciano Juan de la Palma ha intentado calmar los ánimos, pero Agustín parece tener ya diseñada su propia estrategia, y comenta que ya que está manos a la obra el aperador, con él basta para solucionar el problema y hacer volver al buey; el del pincho capta la ironía, y no está dispuesto a ejercer de títere instrumental; buscando hacer tanto daño al buey como a su dueño, le bastan varios puntazos, cómodamente propinados desde la segura distancia que permite la longitud de la vara y algunos de ellos dirigidos a las partes más sensibles de la bestia, como son los enormes testículos, los que colgando entre las patas forradas de costras de excrementos secos reciben los certeros pinchazos de la avispa alargada que maneja con exactitud el hombretón, para que el animal, ahora ya dolorosamente convencido, regrese a su territorio en busca ferviente de la protección y los cuidados de su amo. El cual no da crédito a sus ojos; ¡atreverse en su propia cara a alancear a su querido buey, que había nacido en los establos de sus ancestros y que había crecido junto a él, a su amado compañero de todos los días! Si había algo que le doliera hasta nublársele la vista era que dañaran a sus bueyes, y éste además gozaba de sus preferencias, era el que más quería. Ciego de ira arranca pendiente abajo a pedir cuentas a Juan Pacheco, y se hubiera enzarzado con él en una pelea sin cuartel, de no ser por los frenos que le pusieron la voz anciana y cargada de experiencia del anciano mediador Diego de Palma y los exhortos vehementes de Juan de Vallecillos. Anciano mediador que, a pesar de su corta vista, pudo distinguir, mientras aconsejaba a Agustín, en el Camino Real justo enfrente del Portillo donde empieza el callejón de Las Escaleras a dos hombres que se zamarreaban agarrándose uno al otro por las ropas; pronto se percataron los presentes que Sebastián Caro, adelantándose a todos, había ido a marchas forzadas por el callejón abajo con la carreta que estaba ya semicargada de paja, a pedir explicaciones a Juan Pacheco por el alanceamiento del buey de su hermano mayor. Dicho Juan justamente va en su jumento, saliendo al Camino en dirección al pueblo, cuando Sebastián lo alcanza. El último tramo del de la carreta ha pasado desapercibido porque el callejón hace una ese cerrada encajándose entre dos barranquillos antes de desembocar en el Camino Real. El Regidor Juan Pacheco se apeó del burro y valiéndose de su autoridad y de su fuerza agarró a Sebastián haciéndolo bajar del vehículo después de cruzar los primeros insultos y palabras descompuestas en medio del Camino, con la determinación de conducirlo él mismo a la Cárcel Pública en la plaza de Santiago donde quedaría a disposición del Juez; Sebastián se resistía como es natural, argumentando entre insultos que caso de ir, iba por su propia voluntad, y que si hubiera sido el ganado de Pacheco el que hubiese invadido la sementera de ellos y recibido las pedradas y las puyas serían tildados como los peores del mundo; bajo dos longevos nogales de treinta metros de altura que guardan el Portillo del callejón a uno y otro lado, a la sombra de sus espesas hojarascas, Juan y Sebastián forcejeaban sudorosos mientras la gente se aproxima; Juan repara en un cuchillo mangorrero que Sebastián porta al cinto, arma de cachas negras, de dos dedos de anchura en su hoja y de un palmo de largo; ya se acerca también el aperador cuando Juan Pacheco logra despojar a su contrincante del peligroso cuchillo y se lo envía al dicho aperador, el cual lo agarra en el aire con destreza y se lo guarda en la faldriquera.
—¡¡Devuélveme mi cuchillo, devuélveme mi cuchillo!! —grita Sebastián, que se ha rebanado los dedos de una mano en el intento de recuperar el arma; entre los presentes recién llegados está Mariana García, su mujer, acompañada por su cuñada, pañuelos negros de cabeza, luto gastado, uñas sucias y odio añejo, y aprovechan un descuido para extraer de la faldriquera del aperador el cuchillo, que por su tamaño sobresalía, y salir corriendo hacia Castilleja con él; momento en el cual aparece nada menos que el Alcalde Clemente de Luque, que viene desde el pueblo con sus andares a zancadas y su, más que mirar, dar cabezadas a izquierda y derecha a cada paso. Es un hombre tipo cigüeña, de ojos verdiamarillos que recuerda a los de los reptiles acuáticos, y su presencia impone algo de orden en la escena, pero entonces se une al grupo Agustín que viene corriendo campo a través en defensa de su hermano, blandiendo una chivata de gruesa porra, sin percatarse en su ofuscación de la presencia de su tío. Lo único que ve es que su hermano Sebastián tiene las manos ensangrentadas, lo que aumenta su confusión y le ciega más en su actitud amenazante mientras Pacheco le grita:
—¡¿a mí me vas a dar con la chivata?! ¡¿a mí me vas a dar con la chivata?! —y en un descuido se apodera de ella, desarmándolo. Momento que aprovechan los dos hermanos para, zafándose del Regidor Pacheco, poner pies en polvorosa en dirección a Castilleja; su tío el Alcalde tiene tiempo de gritarles que se cobijen en la casa de la Hacienda de San Ignacio.
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