Al otro lado de la Plaza, en una blanca casa doblada de persianas verdes siempre echadas, junto a la torre de la Iglesia, el vicario Miguel Vazquez Forero departía, después de un no menos opíparo almuerzo que el de sus vecinos, con el notario apostólico don Juan Vanderleye. Era Vanderleye alto, calvo y de piel blanca como la leche, la cual junto a sus largos miembros dábale un extraño aire feminoide; recordaba el físico de Vanderleye al de los dómines que el genio de Quevedo retrató en sus escritos satíricos; con un cerebro que sus propias especulaciones mezquinas y egoístas habían transformado en una máquina sin emociones ni sentimientos, pero también con enormes capacidades adaptatorias y unas tendencias sumisas que encajaban a la perfección con el temperamento de don Miguel, Vanderleye pertenecía a una estirpe de sacristanes, notarios, sochantres, escribientes, vestidores y monaguillos que desde más de cien años atrás hacía y deshacía en la parroquia de Santiago. Resistían los Vanderleyes todas las tormentas, y se replegaban dóciles cuando el cura de turno les mostraba antipatía, consiguiendo así, encorvados como escarabajos, mantenerse en sus ocupaciones heredadas. En algunos períodos de poca fortuna aparecían con sus nombres escritos a la ligera y desposeídos del "Don" de rigor en las testificaciones de los documentos eclesiásticos, dándoles categoría de simples auxiliares de ínfima condición; en estos casos las escrituras indicaban a las claras que el vicario en cuestión los tenía en menoscabo, y los menoscabados lo sufrían en silencio, a la espera de tiempos mejores.
No era el caso de don Miguel, quien utilizando su mejor caligrafía estampaba en toda ocasión una D como un elegante y elástico cisne paradisíaco u orlaba cada inscripción de casamiento, de defunción o bautizo de un Vanderleye con primorosos dibujitos floridos y delicadas filigranas, como si fuesen los poseedores de tan exótico apellido un jardín que cultivar.
Don Miguel, un hombre relativamente joven, de constitución corpórea angulosa y cabeza cuadrada que daba impresión de fortaleza física a pesar de tener una estatura inferior a la normal en aquella época, se hallaba sentado en un sillón en lugar preferente de la alcoba, con un librito en las manos. Tenía unas espesas cejas oscuras que contrastaban con sus ojos celestes cercados de arruguillas bajo los que imperaba una nariz grande, tosca y deforme como un risco serrano; su rostro, de ordinario tan blancuzco como el de su ayudante, se incendiaba en tonalidades rojas, verdes y amoratadas por los frecuentes arrechuchos de ira y embuchados de soberbia que sufría, y que solía descargar en todo desgraciado que tuviese la mala suerte de estar en su radio de acción. Entonces sus claros ojos garzos eran dos espadas de hielo que atravesaban hasta el alma a quien se ponía por delante.
De vez en cuando el vicario se levanta de su sillón y mira por las rendijas de la ventana. Al cabo del rato divisa al Teniente y al Regidor, que salen de la casa de este último tras el banquete servido por Beatriz que acabamos de describir, los cuales fumando se dirigen displicentemente hacia la oficina del escribano.
Encorvado y vacilante, cubierta la calva con un sombrero marrón y con su bastón bajo el brazo, Martin daba torpes y rápidos pasos de animalillo al lado del joven Teniente.
—Por lo más sagrado, ¿cómo se atreve este patán a negarse a testificar? —preguntó a su compañero, con la voz cargada de incredulidad.
—No es de fiar, y nunca lo ha sido. Figúrese usted, aleccionado como está por el vicario, al que además teme como a una vara verde. Pero, señor Martin de Luna, unos días a la sombra tendrán la virtud de hacerle reflexionar. Nada reblandece tanto la voluntad como la humedad de ese cuchitril —dijo Pacheco, chupando de su cigarro a pleno pulmón.
—La humedad y alguna cucaracha que otra —añadió sonriendo, tras una pausa.
—Por lo más sagrado, tenemos que demostrar a esa caterva de desgraciados quien es el que manda en esta villa... o vamos a acabar en los corrales... —comentó el anciano bormujero en el momento que ganaban el otro lado de la Plaza, después de sortear un arroyo embarrado que la atravesaba desde la entrada de la calle de Enmedio hasta el extremo sur, para irse a perder por la de Mariquita abajo hacia la Calle Real. Pasó un campesino embozado en su basta capa, a lomos de un mulo que resoplaba nubes de vapor, y saludó con voz hueca.
—Seguro que está el vicario espiandonos tras la persiana, ¿no le parece? —preguntó el Teniente a su acompañante después de haber devuelto el saludo al arriero.
—Seguro es poco —respondió Martin, oteando disimuladamente hacia el balcón.
—Que mire, que mire.
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