miércoles, 18 de junio de 2008

El pueblo (II)

Era el martes veintiseis de julio en el pleno y cruel verano candente e infernal de aquel año de 1746. Casi tres semanas después del suceso con el buey bravo los hermanos Agustín y Sebastián Caro daban señales de vida; a la vez que al Regidor, se avisó a los demás componentes del Cabildo de la presencia de los dos prófugos; se reunieron veloces y prepararon de forma somera y precipitada una estrategia para la captura; Clemente de Luque, erguido y en tensión, balbucía más que pronunciaba órdenes ininteligibles a Juan Cosme Tovar, Alguacil Mayor de recios miembros y probada dureza, especialmente diestro con la espada, y al escribano José Cordero Baena, el apacible burócrata cachazudo que habría de plasmar la detención en sus papeles; una vez todos ellos enterados y de acuerdo se aprestaron, saliendo con andar decidido de la vieja casona del Cabildo en la Plaza y subiendo por la calle de Enmedio, —polvo seco y caliente aventado con sus recios pisotones—, hasta el portal de Doña María Arnao, la rica heredada sevillana. Aprovechándose del hueco del portalón se escondieron tras las columnas del arquitrabe, respaldados contra las oscuras hojas de madera de pino de flandes tachonadas con roblones mohosos y refuerzos afiligranados. Hacía rato que el sol había desaparecido tras los ennegrecidos tejados de la calle de la Cruz y que las últimas y raúdas nubes de gorriones habían pasado hacia sus dormitorios orientales y rápidamente la luz se debilitaba dejando a Castilleja queda y sumida en un resplandor mortecino y gris; seguía haciendo calor; todos sudaban copiosamente.
Allá arriba al final de la calle, fantasmales e insólitas, como bañadas en una aureola de irrealidad, vienen las carretas de los dos hermanos, tan lentas que parecen no avanzar; con su presencia se detiene el tiempo y se espesa la tarde en un silencio cargado de tensión. Los tres oficiales se aplastan contra la puerta para no ser vistos. Y cuando sus presas están suficientemente cerca, salen al frente, a la mitad de la calle, con talante decidido, el Alguacil la mano en el puño de la espada, todavía envainada como determinaba el reglamento. En tono enérgico y con firme voz conminan a los carreteros a que se entreguen a la justicia, y cuando parece que van a obedecer las tajantes instancias, agarrochan desde arriba como con rayos a sus bueyes, lanzándolos adelante en estampida con un formidable crujido del maderamen, obligando a los funcionarios a saltar con precipitación a las aceras so pena de ser atropellados. Nadie, salvo el profundo conocedor del tiro de bueyes, es capaz de preveer, suponer, imaginar la velocidad que un par de estos animales puede desarrollar en un momento dado, la agilidad insospechada que esas moles de carne adormecida pueden adquirir, el brinco repentino que pueden dar bajo la instancia del aguijón. Y la impresión de montaña que avanza inexorable aumenta el pavor que produce una carreta que se echa encima, una masa de recios maderos, de piezas de forja, de carne y de cornamentas que suman su inercia irresistible. Contra las paredes los tres hombres percibieron el paso de las carretas a un palmo de sus narices, sintiendo el giro de las compactas ruedas insinuado en sus pechos y aturdidos por lo inesperado de la reacción de los boyeros posibilitaron la escapada; tampoco supieron aprovechar que la última galera, al volver la esquina de la plazuela de la Zarza buscando con su predecesora el campo abierto que se extendía hacia el Egido, se quedó atascada en el guardacantillo, pedernal de muchos kilos de peso que protege de accidentes como el que narramos las casas esquineras de las poblaciones; aunque cierto es que pronto Sebastián, que era quien manejaba la carreta enganchada, maniobró para librarla del impedimento y, recuperando la velocidad a pinchazos insistentes de garrocha, diríase frenético repiqueteo, desapareció tras su hermano Agustín por los carriles entre las altas malezas del Egido, a la sazón agreste terreno lleno de leyendas misteriosas y seres malignos, casi selva inextricable en aquellos años del siglo de las Luces.

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Los olvidados, 12q.

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