viernes, 27 de junio de 2008

Beatriz recuerda (y IV)

Para Beatriz Tovar hubo otro día de Navidad memorable: el del año 1730; por aquel entonces todavía vivía su marido, bormujano enviudado de un primer matrimonio y que se llamaba Alonso Martin de Luna: hombre apocado y tímido en apariencia pero con un oculto afán de medro, unas internas ambiciones desmedidas y una determinación de hierro. Había llegado, en base a prodigar halagos y reverencias, a que se le tuviera en consideración en Castilleja, hasta el punto de ser nominado Regidor. Desempeñaba el cargo con aparente humildad, anodinamente y siempre en segunda fila, aunque tomando detallada cuenta de las actuaciones de los demás componentes del Cabildo, anotando científicamente sus puntos débiles, sus vulnerabilidades, en espera de que el tiempo le brindara la ocasión de escalar posiciones sociales ya fuera pisando sobre sus cabezas. Todo ello potenciado por cierta mezcla de desprecio y odio que, no solo hacia sus colegas, sino hacia el pueblo de Castilleja en general tenía este desarraigado personajillo venenoso. El hombre parecía uno de esos roedores que abundan en el Alfarafe, pequeño y vivaz, con nariz afilada y prominente, cejas siempre enarcadas y unos ojillos asustados y brillantes que nunca parpadeaban. Parecía en todo su talante estar a la espera de un terremoto, una catástrofe, una invasión de ejércitos extranjeros, siempre vigilante a un lado y a otro, siempre agitado y en estado de alarma. Miraba rehuyendo el rostro de los demás, por encima del hombro de su interlocutor en la medida que se lo permitía su escasa estatura, o hacia otro lado, hablando nervioso y con prisa. Era, en suma, un ser esquivo y huidizo, y muy hábil en crear en los demás sentimientos de culpa, lo que podía llegar a hacerlo temible, sin que nadie supiera decir muy bien cómo y porqué.
Alonso Martin de Luna contaba sesenta años de edad cuando ocurrieron los hechos que nos disponemos a referir, empezaba a sentirse asqueado de su mujer que, entregada en cuerpo y alma al vicio de la gula, acumulaba día a día grasas, malos modos e irrascibilidad, y por no sentirla cacharreando en el interior o en los patios, se pasaba horas y horas sentado en el balcón sobre la Plaza, mirando a las muchachas que la cruzaban, risueñas, airosas y atractivas, vigilando las entradas y salidas en el vecino caserón del Cabildo o perdido el pensamiento en recuerdos de su Bormujos natal mientras dejaba quieta la vista sobre la vibrante Vega azul celeste extendida en el horizonte. A veces se quedaba allí hasta altas horas de la noche; se identificaba con la luna llena cuando se elevaba por el este; es de suponer que su apellido lo había condicionado sembrando en él una tendencia o actitud sicológica en la que el satélite estaba imbricado en su existencia como algo personal, un poco como parte de sí mismo; de niño tenía horribles pesadillas en las que el pálido disco abría una enorme boca monstruosamente dentada y se acercaba para devorarlo; entonces siempre se orinaba en la cama, mas con el paso de los años superó esa etapa. Sin embargo la luna llena en el oeste, que en estas latitudes aparece antes del amanecer, le había causado pavor y se lo seguía causando: cuando en su nuevo hogar castillejano se despertaba de madrugada y veía el escenario silencioso con los muebles iluminados de irrealidad a traves de los ventanales traseros, se figuraba que iba a aparecérsele el fantasma de su primera mujer para martirizarlo con antiguas acusaciones y reprimendas.
En la medida que Beatriz engordaba su cara le parecía cada vez más una luna fría y desdeñosa que miraba al mundo —y a él mismo— con cansancio y asco.

En la mencionada Navidad, 25 de diciembre de 1730, decidió Martin de Luna invitar a comer en su casa al entonces jovencísimo Teniente de Gobernador, nuestro ya bien conocido albeitar, cosario, herrero y labrador Juan Pacheco de Castro, que por su formalidad y madurez había sido designado para cargo de tanta responsabilidad; la mesa, atendida por una más que obesa Beatriz, sofocada por la falta de costumbre de atender invitados, se podía adjetivar de completa: había un guiso de carne de conejo regado con vino tinto, chacinas variadas, verduras en aliño, frutos secos, higos y pastelitos. A pesar de ello Juan Pacheco no se sentía demasiado cómodo, y si aceptó la invitación del bormujano fue por especulaciones de diplomacia y de política, por afianzar lazos en la corporación, que en un futuro podía ser puesta a prueba.

No iban a transcurrir muchas horas antes de que así fuera.

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