Estamos en cierto día del verano de 1746. Goya, el futuro pintor, tenía tres meses de edad, por lo que hacía pasar a sus padres las noches de blanco en blanco. Voltaire fue elegido miembro de la Academia Francesa entre la envidia de muchos que se decían sus amigos. El día nueve de este mes comenzó a reinar en España Fernando VI al morir Felipe V, el primer Borbón, pero los sectores populares de Castilleja tenían otras cosas más importantes en las que pensar. Actuaba el marqués de La Ensenada entre la politiquería de Madrid. La Guerra de Sucesión de Austria, desarrollada en casi toda Europa, América del Norte y sur de Asia, estaba en plena efervescencia.
En Castilleja de la Cuesta hace calor; no se ve una nube en el cielo desde semanas atrás. Juan Pacheco tiene treinta y nueve años; es activo, trabajador incansable; herrero, veterinario, carretero cosario y labrador, y últimamente nombrado Regidor Oficial del Cabildo; lleva diecinueve años casado, con una castillejana sencilla, que le muestra total sumisión; en 1730 fue Teniente de Gobernador, uno de los mas jóvenes que se conocen; parece hombre enérgico e intrasigente; es fornido y de potentes brazos y usa chaquetilla de cuero marrón a punto de estallar por la presión de la musculatura, con pañuelo rojo al grueso cuello; normalmente entrecierra los ojos y aprieta las anchas mandíbulas, quizá una deformación adquirida frente al resplandor de las ascuas de la forja y el manejo del martillo en el yunque; formal y puritano, tiene una finca arrendada en el pago de Las Escaleras, aledaña al Camino Real de Portugal; como Regidor del Cabildo siente que debe darse a respetar si no quiere ser el hazmerreir del pueblo y el objeto de desprecio de sus familiares y amigos, lo cual repercutiría en su prestigio profesional y sería, dada su personalidad, el fracaso de su existencia. Se ha educado en una férrea moral católica, y no puede darse el lujo de resbalar, imbuído como está de la filosofía franciscana que su padre le inculcó. Un cargo como el suyo exige, por otra parte, dureza y pocos miramientos, y se toma muy en serio la confianza que han depositado en su persona las autoridades de Castilleja; su ruina sería defraudarlos, o no vivir de acuerdo a sí mismo y a los valores que él mismo se había dado como norte de su vida. Pero sobre todo teme, como todos en la región, no satisfacer debidamente los deseos del Conde Duque, su amo. Es, a su vez, temido en el pueblo, sobre todo por los disolutos y vagos, los juerguistas y gamberros, los nihilistas y descreídos y por las mujeres casquivanas y deshonestas. Su descanso y puerto está en la comunidad del Convento de Nuestra Señora de la O, donde desde niño ha recibido calor y ha visto modelos a seguir. En los momentos adversos de la vida, encuentra su propia superación con el solo hecho de pensar en la vida conventual tras los vetustos muros coronados de follaje. Toda la energía que la presencia de la institución le proporciona se ha convertido casi en una droga para él.Pero siempre hay un pero. El Alcalde de la Hermandad, quizá envidiando la autoridad innata que transmite, le busca las vueltas desde hace unos meses, y en los proyectos y cuestiones del Cabildo siempre acaban enfrentados; ya es de dominio público la enemistad entre ellos, que se ha extendido a una zona vital para Juan Pacheco: su lugar de trabajo. Los sobrinos del Alcalde, Agustín y Sebastián Caro, tienen tierra vecina a la suya, puede verlos trillando en este momento, las diez de la mañana del dos de julio, hacia el interior del pago que asciende desde el Camino Real hasta La Gitana; está esperando alguna jugarreta de ellos en los últimos días, porque sabe que están a las órdenes directas de su tío el Alcalde, el cual se pasa la vida planeando formas de presionarlo, de dominarlo, de hacerle la existencia imposible.
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