lunes, 9 de junio de 2008
Inundación en la Vega (y II)
Continuó avanzando hacia el oeste, pensando que el sol invisible tras la capa de nubarrones había alcanzado la altura de media mañana; los bueyes trabajaban afanosamente, tanto, que Fernando de Aguilar optó por poner en práctica una medida extrema: comenzó a arrojar ladrillos por encima de los ardales, esperanzado en que de esta manera las bestias recuperasen una energía que a todas luces les empezaba a escasear. Los ladrillos se hundían como si fueran de plomo después de producir un estampido sordo y hueco entre burbujas y salpicaduras al chocar con la superficie acuática, pero transcurrido un rato, sudando por el esfuerzo rítmico, Fernando comprobó que los animales no acusaban alivio ni la carreta aligeraba su marcha; estaban en un lecho profundo de barro pastoso, como evidenció un sondeo efectuado con la hijada, cuando el vehículo empezó a inclinarse hacia un costado; el buey derecho se hundía irremisiblemente resoplando entre la espuma, tirando con el yugo de su compañero que, viendose arrastrado, bramaba aterrorizado y, como si una mano de gigante los hubiera empujado desde abajo, de pronto bueyes, carreta y hombre se levantaron un segundo hacia el cielo, para volcar con estrépito en una aparatosa zambullida de cetáceo moribundo. Habían entrado sin percatarse de ello en la impetuosa y oculta madre del río, tan fuerte como traidora corriente, que con sus potentes torbellinos los engulló hacia las negras profundidades.Fernado se sintió como un pelele zarandeado por fuerzas ancestrales, arrastrado hacia el fondo, hacia la entraña del mundo, y mientras los sentidos le estallaban todo se le volvió rojo, y perdió la conciencia.Una semana después unos barqueros encontraron su cuerpo, apenas reconocible, más allá de Coria.Su familia hizo un gran esfuerzo económico para que tuviera un entierro digno. En el pequeño cementerio de la Inmaculada al lado de la Calle Real recibió sepultura una mañana fría de finales de marzo, cuando la vaga promesa de la primavera se dejaba sentir en el cielo azul lleno de hermosas y puras nubes blancas, como velas de galeones de cristal que dejaban su frescura en los llorosos aleros de tejados y en los tiernos ramitos de flores.El cura anotó en su viejo libro de fallecimientos: "28 de marzo de 1758, Fernando de Aguilar, marido de Gerónima Prieto, que no pudo recibir los Santos Sacramentos por haberse ahogado en la Vega de Triana, estando el Río fuera."
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1 comentario:
Un relato angustioso, que me hizo recordar el estilo de Horacio Quiroga, en ese fatal destino del protagonista. Muy buen clima el que supiste crear, que obliga a proseguir la lectura aunque veamos venir el desenlace cruel.
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