martes, 10 de junio de 2008

Las Escaleras (III)



Pero volvamos a 1746. El sábado día dos de julio de aquel año hacia las diez de la mañana comenzaba a sentirse calor, mucho calor; los hombres sudaban con los sombreros encasquetados hasta las cejas y las camisas arremangadas hasta los sobacos, podando con las curvillas relucientes en las manos, inclinados sobre los sarmientos, cavando con los azadones en los surcos de tierra oscura de los garbanzales o recogiendo en canastos de mimbre los primeros frutos de la temporada en los árboles. En la cercana tierra de Gines, en el vecino Pago del Pino Franco, un hombre diminuto araba en una estacada de olivar floreciente tras una yunta de bueyes sombríos, cuyas papadas cuelgan casi hasta los resecos terrones, el hombrecillo casi invisible tras los animales y apurando los surcos con el arado hasta el borde del camino, arrasando las últimas azuleas, margaritas, campanillas, jaramagos y amapolas de la estación. Fumaba en una pipa de larga boquilla y diminuto pocito, tarareando fandangos antiguos entre bocanada y bocanada de un humo que subía lentamente formando nubecillas blancas. Por el cielo azul se solazaba altísima una cigüeña y hacia Bormujos alguien cortaba, rítmicamente, madera con un hacha. Agustín Caro, cuarentón de carácter independiente y personalidad cerrada tiene, como ya hemos dicho, otra era vecina a la de Juan Pacheco pero más al norte, y en ese momento está trillando, subido a pie firme en el artefacto, constituído por una simple plataforma de madera cuya base está erizada de trozos cortantes de pedernal, de silex, de la que tira arrastrándola un mulo al trote girando incesantemente entre espesa nube de polvo y partículas de paja; Agustín es obeso, de rostro enrojecido por el trasiego de mosto y el abuso del chorizo y los huevos fritos; tiene un cuerpo de piernas cortas, macizo, tipo barril, idóneo por su peso para la tarea que se ha señalado, en la que en ocasiones se invita a los chiquillos desocupados para que aumenten la presión sobre la cama de espigas montándose en el ya de por sí pesado trillo; el trabajo monótono en círculos adormece a Agustín, desconectándolo del mundo, y casi automáticamente solo de vez en cuando arrea a la bestia con una voz, vuelve la cara para obsevar los volvedores, esos ganchos traseros que remueven la parva, o hace restallar el látigo; al borde del redondel blanquecino de la era un perro grande dormita echado junto a unos hinojos medio secos, hundido entre las malvas sobre cuyas amplias hojas las cincindelas extienden sus élitros irisados al calor del sol, mientras se frotan el cuerpo con sus patitas para librarse del polvillo de trigo desmenuzado que, flotando en el ambiente, todo lo cubre; el perro, legañoso y sucio, es importunado por las moscas y las garrapatas, que este año atacan con especial crueldad; a la sombra de una gran higuera a cierta distancia de un tosco chozo de techo de palma seca vemos dos bueyes rojizos que recuerdan por su tamaño a los viejos galeones de la carrera de Indias; rumian mansamente resoplando de placer o cortan con bocados parsimoniosos la alta hierba que crece en derredor del frondoso árbol, la piel parcheada con sol y sombra, mientras espantan a orejazos las avispas impertinentes que buscan libar en las brevas más maduras el dulce jugo que fabrica la rica tierra en conjunción con el calor del verano; zumban también, por doquier, abejorros metálicos, llenando los horizontes y el espacio con una sonoridad monótona e interminable; como copos de nieve extraviados de tierras extrañas las mariposas de la col revolotean entre los jaramagos y meazorras del borde de la hijuela; en el callejón y sobrevolada por golondrinas de nueva generación hay una carreta de sólida construcción, la superficie de los tablones de sus grandes ruedas casi desaparecida bajo una capa de polvo y barro seco, con la lanza apoyada, en el, a modo de tentemozo, ribazo del lado de Gines; un muchacho encorvado y andrajoso, de cara oscura y avejentada por el trabajo y la vida a la intemperie, pero luciendo una sonrisa perenne que le resplandece hasta tras las rendijas de los ojos, carga en silencio en la carreta montones de paja que hábilmente ensarta con un biergo de afilados dientes de hierro desde la era hasta el camino, montones que le prepara Sebastián Caro. Sebastián es más alto que su hermano Agustín, y también más delgado, y más sociable y comunicativo; hay en el campo otras personas, como Juan de Vallecillos y Diego de Palma; el primero gusta de leer, aunque sea cualquier papelote que cae en sus manos, en los ratos que le permite su trabajo, que hoy consiste en aventar con una horquilla de abedul; el segundo es un anciano decrépito y respetado, que no vive si no es entre los olivos y perales del occidente castillejano, donde sueña con entregar su alma y terminar su larga vida, arrullado por el canto de los pájaros; hay otras gentes además, diseminadas bajo las arboledas de frutales, en medio de los huertos de habas y arbejones, entre los trigales, o perdidas en el olivar del fondo hacia el Pago de La Gitana. Al oriente, donde se eleva la Hacienda cuyas tapias blanquísimas refulgen con la luz de la mañana entre los troncos del palmeral, una noria chirría girando movida por un burro gris, casi oculta entre cipreses, naranjos y pencales orlados de telarañas brillantes y arbustos de adelfas con flores albas y violetas; alguna mujer oscura e imperceptible, acaso seguida de una chicuela de pelambrera enmarañada viene y va en dirección del pueblo con un cántaro enorme apoyado en la cadera, andando arriba y abajo por las ondulaciones del sitio, rápida por los senderos entre los sembrados; cantan los verdones, los chamarices y los jilgueros por doquier, y el ladrido de algun can, el gemir de los ejes de una carreta o el grito de algún pastor lejano constituyen, completándolo, el panorama sonoro del escenario.

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Los olvidados, 12q.

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