Empezó a recapitular. Se le representaban los hechos con los más mínimos detalles. Se sentó en el salón, inmóvil y con la mirada perdida dejando que las cosas pasadas volvieran a recuperar animación en su mente.
El apuntado día de diciembre del año 1741 cayó un diluvio sobre el pueblo, y Beatriz lo volvió a ver tras de sus parpados semicerrados; los canalones arrojaban chorros ruidosos al suelo entre espesas cortinas de agua vertical que porraceaba sin piedad las casas y las calles con un retumbar atronador, y la viuda volvió a escucharlos. Tanta era la lluvia y tanta su fuerza que las personas se sentían solas, como encerradas cada una en un lugar nuevo, desconocido y aislado. Evocó muchas lluvias, las que había vivido y las que le contaron sus padres y sus abuelos, y la rememoranza de aquella reclusión acuática le produjo inquietud; la catarata interminable daba a las palabras y gestos de las personas significados lejanos, como en sordina, lo que acentuaba la sensación de que cada cual era él mismo en abandono, desvinculado de todo lo que no fuera la fuerza ancestral e inevitable del chaparrón, y como en la espera de que su cese conllevara el advenimiento de una resurrección o una vuelta a nacer a las dimensiones mundanas y ordinarias de la existencia. La lluvia y el recuerdo fueron la misma cosa un momento para la viuda, y sintió los ojos nublados por la emoción innombrable del agua alta que cae desde la oscuridad.
Ella estaba en este mismo salón donde repasaba su vida, dedicada a la limpieza de recipientes de metal a la luz de un velón, ensimismada en la imagen deformada que le devolvían los relucientes vientres de los cacharros, cuando sintió una carreta que subía con pesadumbre por la calle Mariquita hacia la Plaza, el chapoteo en el barro de las gruesas patas de los animales, sus vaporosos resuellos, el rechinar de las pesadas ruedas y alguna voz bronca del boyero, sonidos entre el chaparrón que se iban aproximando haciéndose cada vez más nítidos en sus oídos. Supuso que se encontraba a la altura de la casa de Juan Clemente de Luque al tiempo que creyó distinguir al carrero por el timbre de sus imprecaciones, y sus pensamientos la llevaron a imaginar al niño baldado de Clemente en su catre del desván, quizá en vela oyendo el paso del vehículo, o masturbándose para amortiguar en su alma misteriosa el tamborileo persistente de la lluvia en el tejadillo.
Cuando levantó la vista para escudriñar por su ventana el exterior en tinieblas cruzadas por las rayas de plata de la nubada un formidable crujido la hizo sobresaltarse; dejó, aterrorizada, su labor, abrió la puerta con precaución asomando solo la cabeza, y distinguió la zaga de la carreta que acababa de girar la esquina y penetrar en la Plaza, carreta tras la cual dos hombres caminaban embozados en sus chupas y sombreros, hacia la calle del Convento.
Uno de ellos era quien se había figurado.
Empezó a amainar la tromba en ese instante, dando paso a violentas rachas de viento, que como a bofetadas limpias golpeaba ventanas y árboles inmisericordemente. No hacía mucho frío pero se oían truenos lejanos y en la negrura el viento parecía cobraba inteligencia propia, malignamente golpeando donde más ruido podía provocar. Volvió la anciana al interior de su vivienda por el velón, y protegiendo la llamita oscilante con la mano inspeccionó el sitio donde creía haber oído el crujido; descubrió que la piedra rectangular que protegía la base del arco y su propia fachada, asiento inmemorial de sus antepasados, había sido removida y yacía vuelta y partida en dos pedazos casi en mitad de la bocacalle, semihundida en la mezcla de barro y excrementos que eran cuando llovía las vías públicas en aquellos tiempos.
miércoles, 25 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
2 comentarios:
Antonio, estimado Antonio: gracias por visitar mi humilde y patético blog. Es un honor tener como lectores a personajes excéntricos e interesantes como usted.
Y encima gusta de Albert Camus, faltaba más.Mis felicitaciones y todo mi agradecimiento.
¡Un abrazo!
Señorita Pelo, lo que es un honor es abrir la puerta y encontrarla a usted diciendo esas cosas. Tengo a su blog en la estima más alta, y le agradezco que me permita comentar en él.
Y si por interesarla me salgo de órbita, lo doy por bien empleado. Allá vamos.
Casi me aprendí de memoria el librito:
Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo. "Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias". Pero no quiere decir nada. Quizás haya sido ayer.
Un beso.
Publicar un comentario