No pudo dominar sus sentimientos, diríase que la losa hendida fuese un ser querido agonizante; hemos dicho que había reconocido por la forma de andar a uno de los hombres, contra el que su lengua cobró vida propia, como si hubiese sido el órgano bucal lo atropellado por la maciza rueda de la carreta; en la anciana, toda ella energía acumulada en años de soledad y amargura, había un volcán silente que explotó en su garganta cuando comenzó a gritar como invadida de santa ira:
—¡¡Cabrón!! ... ¡villano, Sebastián! ... ¿no me respondes, pícaro cabrón? ... ¡villano! —y blandía con furia el pesado velón ya apagado.
—¡Ven aquí si tienes lo que hay que tener, mariconazo! —insistía agitando los brazos gritando fuera de sí aquel esperpento de luto.
—¡¡Maldita sea la puta que te echó al mundo!! —exclamaba a la par que se daba golpes en el pecho con los puños, entre ayes y estertores.
En efecto, no le respondían porque ni Sebastián, que de Sebastián Caro se trataba, ni su acompañante estaban dispuestos a entablar diálogo con semejante furia, galvanizados por los insultos soeces que se clavaban en sus espaldas; tenían que ignorarla al menos hasta que se hubiese aplacado; intentaron proseguir la marcha pero la anciana continuaba vociferando vituperios que resonaban en la noche como petardos y no había escapatoria posible. Añádasele que pronto salieron de sus casas y se fueron acercando al lugar algunos vecinos, difuminados por la oscuridad. Varios presos en la cárcel, ante cuyo ventanillo la carreta se había detenido, despertados de su sueño intranquilo se asomaban denostando a los alborotadores, y la espectación hizo que el carrero tan aludido en su honor ensayase un amago de enfrentamiento en busca de explicaciones con la mujer, única salida que su instinto hombril le demandaba, aunque desistió de ello al momento, aconsejado por su compañero. No se le veía el fin a la interminable diatriba de la viuda.Voces cercanas terciaron, en tonos moderados, con la intención de devolver la cordura a Beatriz y el sosiego a Sebastián. Éste preguntó a su compañero:
—¿Estará loca?
Y el aludido negó con la cabeza.
—Mírala —le dijo en voz baja—; está caliente.
—¿Con este tiempecito?
—No depende del tiempo, Sebastian. O, mejor dicho, sí: del tiempo que hace que no tiene a un macho entre las piernas.
—¿Será esto posible?
—La vida.
—¿Y por eso todo el alboroto?
—Me apuesto el pescuezo.
Tras unos minutos de indecisión acabaron él y sus acompañantes de marcharse, sin mirar atrás, y la anciana se retiró al interior de su vivienda dando un fuerte portazo, entre los comentarios en voz baja de los curiosos. Bajaron los carreteros hacia la calle del Convento, por la que discurrían riachuelos. El monasterio estaba dormido entre sus palmeras.
Por fin la paz volvió a la Plaza. Cesó de ventear. Silencio.
El goteo de los aleros adquirió un rítmico protagonismo en la desierta ágora.
Hacia el norte, lejano y pedregoso, se oyó un apagado trueno.
miércoles, 25 de junio de 2008
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2 comentarios:
Sólo por curiosidad , qué edad tenía la tal Beatriz??
Quiero saber a qué edad se considera "anciana " a una mujer que alberga la posibilidad de tener machos entre las piernas...
un abrazo
Beatriz tenía aproximadamente sesenta años (que en el siglo XVIII era una edad avanzadísima). Digo aproximadamente porque todavia no he logrado encontrar su partida de nacimiento (tengo digitalizados todos los libros del archivo eclesiástico de Castilleja, pero no los he podido indexar todavía al completo).
Ten en cuenta que lo de macho entre las piernas es la expresión soez de un carretero (Juan de Vallecillos) algo intelectual, sí, pero carretero de baja estofa, al menos en el trato con sus compañeros de trabajo.
Un beso, y hasta pronto.
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