martes, 17 de junio de 2008

El pueblo (I)

Van pasando los días, y aumenta el calor, sofocante. El pueblo está muerto, es un cadáver metálico, refulgente de soledad, amortajado de descolor; las calles albas amasan cegadoras ausencias y los campos secos crujen reventando inhumanidades. La gente, como las sabandijas, se oculta a la sombra en los rincones de los patios, dormitando bajo las parras, con el agua de los pozos a mano, dejando pasar las agobiantes horas como si se trataran, olas de plomo, de un merecido castigo, de una maldición que las conciencias no pueden soslayar. Los nervios se alargan azotando vacíos remotos y los estómagos están ahilachados de recibir más líquido del que pueden absorber. De noche, buscando la marea, salen sonámbulos a la calle, a sentarse en silencio en las puertas de las casas que son hornos, con las ropas más ligeras a esperar el luto de la madrugada cerrada, temiendo entrar en los sofocantes dormitorios donde acechan hirientes pesadillas de fuego. Los animales en los establos están inquietos, a punto de enloquecer, o exangües, envueltos apretadamente por el aire inflamado. Las gallinas mueren asfixiadas muchas de ellas y los perros, sin fuerzas, se abandonan en el suelo y oyen como hierve el corazón de la tierra. Los niños lloran a menudo con lágrimas interrogadoras, atormentados por la temperatura, y los ancianos, verdes fosforescentes, gimen apagadamente desesperados, entre el malhumor fantasmal, terrorífico, generalizado. Solo medran por los alrededores de Castilleja las tarántulas y los alacranes, y de noche bostezan los pozos. Y en los tajos se trabaja poco y mal; con el menor pretexto se forman peleas y riñas, y a las horas de más sol, que son las peores, todo el mundo da de mano y se cobija, añadiendo más sombras, ojos brillantes, a la sombra de los árboles. El Camino Real es un desierto, igual que todos los senderos, hijuelas y trochas, como cicatrices en la tierra parda, y no hay canto de pájaros en los cielos desleídos. El lúgano imitador de otras aves ahora copia el silencio. Solo se siente, en las horas del mediodía, un zumbar insistente de insectos que llena todo el aire hasta el horizonte, zumbido abrumador, con la monotonía y fuerza de la electricidad.
Casi todo el mundo, ocupado en pensar el calor, empezaba a olvidarse de los hermanos Caro. Incluso el Regidor sorprendíase cavilando en ajenos asuntos durante largas horas, con las páginas de los hechos pasados en blanco en su mente, como si nunca hubiesen sido escritas; pasaba sin acordarse de los fugitivos mañanas o tardes enteras y cuando, en la soledad del cobertizo que hacía de herrería, al final de la Calle Real casi enfrente de la Hacienda San Ignacio, se le representaban en la imaginación con sus carretas bueyeras, deseaba, dormido confortablemente en su olvido, que no volviesen a aparecer nunca más por Castilleja; a ratos otras veces, encerrado en la cabañuela donde maniobraba brebajes, ungüentos y potingues de albéitar, invadido quizá por la bienaventuranza de una buena digestión, contemplaba la posibilidad de perdonarlos y con ellos al monstruoso buey, como si ese gesto magnánimo los hubiera de volver buenos y manso. Permitía vagar a su fantasía, y en la forma de un aceite mágico o de unas píldoras sobrenaturales se veía exorcisando la bestial maldad de las personas y reconvirtiendo el mundo al paraíso que fue.
Se acercaba el día señalado para satisfacer la deuda contraída con el Contador Mayor de la Real Caja del Subsidio de Sevilla, mas ya empezaba a ver algunos ahorros en el cofrecillo que ocultaba en un hueco del soberado, el cual, sospesándolo, abría y miraba a cada momento contando los reales de vellón, relucientes y cantarines, que iba ahorrando con esfuerzo. Fue en una de estas inspecciones al cofrecillo de las monedas cuando su sobrina le dio la noticia, tan de improviso que le hizo respingar en lo alto de la escalera: los habían visto, montados soberanamente en sus carretas.
Estaban paseándose por el pueblo.

2 comentarios:

Antonio dijo...

Buenas crónicas. Aprendiendo se anda y se hace camino. Y viniendo del pueblo donde trasnocha el fantasma del hijo de Catalina que hizo las américas con lanza.

Saludos
Antonio

Antonio dijo...

Recogen frailes cronistas de San Isidoro del Campo testimonios de vecinos de Castilleja que vieron, durante años tras la muerte de Cortés, llegar al pueblo gentes de toda condición, incluso con hábitos de órdenes religiosas, o "hablando lenguajes extraños", preguntando por el lugar donde falleció para vez en él, hincarse de rodillas y rezar largo rato, y rascar las paredes de la estancia con el fin de llevarse, en la forma de un poco de tierra o unos fragmentos de ladrillo, algún recuerdo del admirado capitán.
Gracias, Antonio, por tu sugerente comentario.
Hasta pronto. Te dedico la próxima entrada de mi blog.

Los olvidados, 12q.

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