Beatriz abrió el ventanal de par en par.
La viuda Beatriz de Tovar había estado toda la mañana con la nariz aplastada contra las ventanas de su casa, pendiente ahora del entierro, ahora de la puerta de la cárcel; disponía de un observatorio privilegiado y no se le escapaba nada de lo que ocurriera en la Plaza, desde su rincón al lado del arco en la bocacalle de Mariquita, calle que salía a la Real. Su casa era de dos pisos, y en el balcón del superior disfrutaba de una extensa vista: toda la Vega del Guadalquivir a su paso por Sevilla se ofrecía a sus ojos, y los días claros era realmente hermosísima, desde el lejano horizonte salpicado de haciendas blancas bajo los oscuros altos de los Alcores, hasta la ciudad nítida, con su Giralda enhiesta apuntando al cielo, sobresaliente de la oscura mole de la Catedral; y más acá, la cinta del río, orlada de fronda, reflejando la luz viva del sol, mientras abrazaba la capital; en las tardes de otoño las nubes en el amplio espacio eran de una completitud grandiosa, fantasmalmente iluminadas desde occidente con toda las tonalidades de oros, rojos y violetas. Mastodónticas columnas de apabullante belleza, montañas de albor, explosiones místicas capturadas en vuelos colosales, el espacio se engrandecía hasta la emoción con aquellas formas espectaculares, con aquellas flotantes maravillas.
Después de mirar todo aquel inmenso panorama y bajar la vista al recinto delimitado por las negruzgas jorobas de los arcos, la iglesia, la cárcel, el pósito y poco más, Castilleja le parecía algo tan insignificante como una jaula de grillos, con sus gentes que en la perspectiva del contraste, eran seres mezquinos y ridículos tras el extenso sueño espacial, la apertura ilimitada, la obra divina de cada tarde pintada por ángeles de alas de plata ascendiendo sobre Sevilla.
Era en 1746 una mujer gruesa y fofa, con una cara blancuzca y mate bañada perennemente con un sudor enfermizo, enmarcada de canas amarillas, que daba una primera y falsa impresión de bondad y sabiduría hasta que un detenido examen revelaba en sus ojos el brillo de la desesperación, del odio y la maldad, y en su boca desdibujada el rictus de la infelicidad. Entonces, el momentáneo engaño desvelado, repugnaba. Se había ido replegando hacia sí misma, frustrada por todo y todos, especialmente desde que murió su marido. De seca y cortante conversación, Beatriz no tenía amigas, y el trato con su familia se había ido reduciendo a escasos gruñidos más que palabras.La anciana, constante observadora de la Plaza, sabía que algunos se detenían en el ventanuco de la cárcel para hablar con los presos. Sabía que allí, ahora, estaba Sebastián Caro, y se alegraba; se alegró desde que lo encerraron dos días antes, e incluso hasta de noche se despertaba entre lagunas de insomnio vengativo, presa de una alteración gozosa por mirar por la ventana del balcón, apagados los candiles, en busca de alguna actividad humana. Tenía motivos para alegrarse.
Conocía de muchos años a la difunta María de la Peña, algo pariente de ella además, pero aquella mañana la cárcel, como un potente imán de fuerzas más inexorables que la misma muerte, atraía su pensamiento y su atención.Nunca podría olvidar el enfrentamiento con el boyero Sebastián Caro, ahora con su hermano en el calabozo, el jueves catorce de diciembre de mil setecientos cuarenta y uno, y la triste y angustiada Navidad que padeció por su culpa. Ya hacía de aquello cuatro años y medio, casi cinco, y por fin había llegado el momento de saborear la copa de la venganza, lo cual hacía con verdadera glotonería, deleitándose en cada sorbo. Pensaba en su fantasía que Dios le había querido premiar aquí en la tierra con el consuelo de su agravio encerrando a Sebastián como a una bestia para que ella se regocijara en su observación. Y por otra parte también, como todos los demás vecinos, había sufrido en sus carnes la pesadilla del monstruoso buey de Agustín, por lo que el placer que el encierro de los hermanos Caro le producía era doble. Pero su odio al carrero Sebastián, como hemos dejado entrever, tenía un componente más personal.
2 comentarios:
A usted, gracias razonables a usted, Antonio. Una respuesta como la suya en aquellos lares de discusión sobre monos y monas es más de lo que podía esperar cuando he decidido escribir mi comentario. El debate, visto lo visto, mejor no continuarlo por allí.
Un saludo
Han aparecido más comentarios a favor de usted. Pero en general, la tónica del blog no se presta mas que al chiste fácil y embrutecedor.
¿Debatir allí? Claro que no. Es mejor soñar con tribus de gorilas jugando en sus frondas verdes: va más acorde con nosotros; a mí me llena de orgullo reconocerlo.
Saludos cordiales.
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