martes, 1 de julio de 2008

Golpe al Antiguo Régimen (IV)

Don Miguel, viendo entrar tanta gente en casa de su vecino el escribano, se escamaba mordiéndose las uñas hasta que se hizo luz en su cerebro y cayó en la cuenta: era una asamblea en su contra, organizada para presentarle batalla. Y empezó a cavilar, no sin cierta angustia, para elaborar una estrategia que le permitiera defenderse. Demagogo nato, tenía entre sus filas no sólo a los poderosos hacendados de la localidad, sino a sus capataces, a las familias de éstos, a la muchedumbre de sus subalternos y empleados y hasta a las hordas de miserables peones que recibían de los terratenientes unos escasos maravedís por eventuales tareas. Había a su lado una multitud de personas grises cuyo único afán era llevar a su casa el pan de cada día, gentes escarmentadas y simples, para las que las haciendas y sus riquezas, sus campos, cosechas y ganados eran lo único real en el mundo; intuían que, valiendo más pájaro en mano que ciento volando, los libros con las aventuras que propugnaban, las teorías acerca de la igualdad de los ciudadanos, las especulaciones sobre la libertad para todos, las críticas al hombre antiguo y el encumbramiento del moderno, la fraternidad universal, todo ello sumado no tenía el peso que tenía una hogaza. Y las hogazas las proporcionaban los hacendados.

En dicha casa había ya más de media docena de personas, y Cordero los invitó a reunirse en su oficina, sita en una habitación amplia del fondo, porque el Teniente quería abordar la situación con medios legales y ello implicaba tener que echar mano a pluma, papel y tintero. Una vez todos acomodados en la escribanía, sobre una mesa escritorio con gabeta, pieza antigua de cedro y ébano con adornos de hierro cuyas patas cabrioladas descansaban en una gruesa alfombra, extendió sus papeles el anfitrión, mientras se acordaba elaborar un exhorto dirigido al cura para que se inhibiera del conocimiento de los autos contra su criado, el cual, desde el ventanuco de la cárcel seguía pendiente del ir y venir de los que estaban decidiendo su futuro. El débil sol invernal se hallaba en el ultimo tramo de su carrera diaria, casi tras el enorme edificio de la hacienda de doña Maria Arnao, cuya sombra se proyectaba en el arco y en la casa del escribano; sin embargo en la torre de la Iglesia de Santiago todavía se veía el toque aúreo del atardecer poniendo una nota melancólica en la escena. Piaban los gorriones. El especialísimo y señalado día de Navidad tocaba a su fin, pero para los protagonistas de estos hechos, incluído el vicario, se había pasado sin un recuerdo, sin un pensamiento, sin una evocación al nacimiento del niño-Dios sobre el que giraba la entrañable festividad, tal era la fuerza del problema que les abrumaba.

Estaba Cordero rascando el papel con la recién cortada pluma de ganso bien cargada de la rubia tinta que contenía el depósito de vidrio de un tintero de estaño, dando forma literaria a las indicaciones del Teniente y de sus ayudantes cuando volvieron a llamar a la puerta. Era Vanderleye de nuevo. Se le hizo pasar a la escribanía; manifestó al Teniente Juan Pacheco de parte del vicario don Miguel que debía comparecer ante él para tomarle declaración; faltó poco para que los presentes soltasen una carcajada; no dejaba de ser cómico que el cura quisiera actuar de Juez superior, en los tiempos que estaban viviendo. A pesar de los pesares, los Borbones galos habían traído al país aires renovadores, y la época de poder omnímodo de la poderosísima Iglesia hispana, con su oprobiosa herencia del Medievo, era ya agua pasada. Solamente fósiles vivientes como el señor vicario eran capaces de reaccionar de tal manera, como descargando a la desesperada un último coletazo de monstruo agonizante, engendro de la mayúscula bestia que tanto había oprimido a los hombres y mujeres de la vieja nación en los pasados siglos. Ahora no había que darle tregua al dragón y así, Juan Pacheco respondió con voz pausada, firme y tajante al notario, recalcando las palabras:
—Diga su merced, si a bien lo tiene, al señor vicario don Miguel, que no puedo hacerle una declaración, mediante hallarme igual en jurisdicción que él; y repítale vuestra merced que no estoy procediendo contra el reo por cosa eclesiástica, y que me toca a mí, privativamente, el conocimiento de los autos.
Vovióse a repetir la especie de cómica coreografía que el diplomático notario apostólico tan bien dominaba, con inclinaciones de cabeza y mudos asentimientos, y se retiraba ya, cuando casi antes de que cruzara el umbral para salir al exterior, atropellándolo, un vendaval en forma de negra capa flotante, sombrero y plateado bastón, una nube de tormenta despidiendo rayos y relámpagos con violencia arrolladora irrumpió a través del pasillo hasta la escribanía, ante el asombro y estupor de todos los presentes.

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