A medida que se hicieron mayores surgieron las diferencias, y cuando fuéronse casando y formando sus propias familias el abismo entre ellos se abrió irremisiblemente.
Se produjo una crisis general que afectó a toda la sociedad y que jugó un papel importantísimo en el desarrollo de la confrontación entre Bartolome Lopez de Pineda y su familia a consecuencia de la herencia de los bienes de su padre. Los años inmediatamente anteriores al otorgamiento testamentario, o sea, los de 1736 y 1737, habían castigado con inaudita dureza al pueblo de Castilleja de la Cuesta, a toda la comarca y prácticamente a toda la mitad meridional de la península ibérica unas excepcionales inclemencias atmosféricas. El invierno del 35 al 36 había comenzado con asoladores vendavales desde el sur, formados en el océano, y fortísimas tormentas con grandes aguaceros que hacía pensar a las masas de ignorantes campesinos en armagedones y en castigos divinos, tal era la influencia que en ellos ejercía la interpretación oficial de sacerdotes y frailes manipuladores y farsantes, que aprovechaban los fenómenos meteorológicos para ofrecerse como única y efectiva protección ante ellos. El frío, el ventarrón y los frecuentes temporales de aguas destrozaron las cosechas de trigo y las de los diversos frutales, desgajando y tronchando arbolados y plantíos con esa furia salvaje con la que la naturaleza hace prevalecer sus potencias de cuando en cuando sobre el engreído e insignificante género humano.
Eran cataratas lo que caía del cielo en aquellos meses entre 1735 y 36, y pronto los caminos quedaron intransitables. La carretera de la cuesta se hundió hasta el fondo como si se hubiera derretido, y aunque los boyeros, trajinantes y caballistas se las ingeniaban para buscar itinerarios alternativos a través de los olivares y campos de labor, pronto éstos quedaron también tan embarrados que era imposible avanzar, ni aún unciendo a las carretas una o dos yuntas de refuerzo. La ciudad comenzó a carecer de productos de primera necesidad, y en los pueblos la situación no era mejor, antes al contrario. Muchedumbres huían del hambre y de las enfermedades ocasionadas por las inclemencias del tiempo, buscando refugio tras las murallas hispalenses para vivir de la caridad pública, en la creencia de que allí existían mejores dispositivos de atención a los necesitados, más riquezas, y más oportunidades de subsistir. El Asistente, ante la avalancha de braceros clamando pan, hubo de solicitar a los eclesiásticos y a los hacendados acaudalados que abriesen sus graneros para paliar, ante las justificadas exigencias de las multitudes, la extrema necesidad que padecían.
Castilleja se vaciaba. No pasaba un día en que una familia no decidiera, cargando con su más imprescindible ajuar, marchar a la capital, a engrosar la inmensa cantidad de menesterosos alojados en hospitales, cuarteles o conventos, hacinados en edificios ruinosos o en inhabitables atarazanas, a merced de especuladores, bandidos y explotadores de toda laya. Las muchachas jóvenes eran, entre todos los refugiados, presa codiciada de aquella especie de buitres que rondaban los campamentos para satisfacer sus libidinosos instintos, acosándolas con tentadores ofertas, aun engañándolas e incluso utilizando para doblegarlas la pura y dura fuerza física.
Siguió el mal tiempo hasta la primavera ya en el 37, y el lunes día 8 de abril se produjo una inundación en la Vega por desbordamientos del río Guadalquivir y de los afluentes que rodeaban la metrópoli.
Dicen las crónicas que durante la primaveral riada de aquel año ascendieron desde el Atlántico bandadas de delfines, y que las gentes del río y los pescadores los cazaban a lanzazos y tiros de escopeta. Esto es rigurosamente cierto, y en otras inundaciones posteriores se repitieron las referidas escenas; existen testimonios de castillejanos que acudían, cuando había noticias de ello, al pie de la cuesta, y que organizándose en improvisadas almadrabas humanas con sacos de arpillera y sólidos garrotes, agua a la cintura lograban capturar alguna que otra pieza, las cuales debidamente troceadas en las tablas de las carnicerías del pueblo sirvieron para regocijar estómagos no muy habituados a procesar los exóticos y sabrosos productos de la mar.
1 comentario:
Lo que cuentas aquí me parece tremendo.
Qué imagen más bella y cruel la de la gente cazando delfines en Sevilla.
Si me dejas, un día escribiré una entrada con esta anécdota histórica.
Un beso.
Publicar un comentario