martes, 28 de octubre de 2008

Documentación 1j (Testamento)

Ynformazión. Primer testigo, Francisco Riquelme.
En la dicha Villa, en el dicho día, mes y años dichos ante Su Merced el Señor Theniente de Governador Xristóbal Vallezillos en Cumplimiento de su acuerdo de este día hizo parezer ante sí a Don Francisco Riquelme y Ponze de Leon, Vezino de esta Villa, Mayordomo y Administrador de las Rentas del Partido de las Castillexas pertenezientes a la Excelentísima Señora Marquesa del Carpio, Señora de esta Villa, del qual por ante mí el presente notario rezibió Juramento a Dios y una Cruz en forma de derecho y el referido lo hizo, so cargo de él prometió dezir verdad en lo que supiere y fuere preguntado, y siéndole al thenor del Acuerdo de la foxa antes de esta dixo que el Declarante tubo sembrado en el año pasado de mil setezientos y treinta y siete como en el de treinta y seis; y en el dicho año de treinta y siete no coxió quasi nada porque con la gran esterilidad del tiempo y falta de agua se secó en vena, como en el año de treinta y seis no coxió lo que sembró por dicha esterilidad, y sabe el Declarante que muchos vezinos de esta Villa que sembraron les sucedió lo mesmo, como a los que tienen viñas y arboledas no coxieron frutos para pagar los benefizios, como asimismo sabe el Declarante y lo ha visto que sino ubiera entrado el trigo de Ultra mar hubieran perezido todos como el Declarante; y sabe éste de que muchos vezinos de esta dicha Villa, como las demás circumvezinas, han dexado sus Casas y con su familia se han ydo a pedir limosna a la Ciudad de Sevilla, por no tener donde ganar un jornal para mantenerlas como antes lo hazían; y sabe el Declarante que por la Justicia de esta dicha Villa se han hecho varias diligenzias para cobrar los Padrones de los Reales derechos de Millones y Zientos, Servizio ordinario y Paja, y no ha tenido efecto la cobranza porque asim que los han preso y trahído soldados para ello1 no ha tenido efecto, porque sino han tenido para comprar de comer, cómo han de tener que pagar; y como el Declarante como tal Administrador de las Rentas de la dicha Excelentísima Señora no ha podido cobrar las Alcávalas y demás tributos pertenezientes a dicha Excelentísima Señora, como es público y notorio lo que lleba dicho por voz y fama en esta Villa, socargo del Juramento que fecho tiene; y declaró ser de quarenta años poco más o menos, y lo firmó, y Su Merced, doy fe. Xristóbal de Vallezillos. Don Francisco Riquelme Ponce de Leon. Ante mí, Pedro Vazquez Oliva, Notario.


1.- Los desfallecidos castillejanos estaban obligados a hospedar en sus casas a los soldados, algo que se ejecutaba por sorteo, tocando a cada familia dos o tres, a veces hasta cinco de ellos, dependiendo de las disponibilidades de lechos, a razón de uno por cada dos hombres, en la consideración de que mientras descansaba el primero, el segundo estaba ejerciendo las tareas asignadas de conducir morosos a la cárcel y de vigilar ésta —abarrotada de hambrientos— de día y de noche.
Estaban además obligados los hospedadores a proporcionar a la tropa en cada caso una mesa para comer, y para aliviar sus atormentados pies cierta cantidad, especificada por ley, de vinagre y sal, que en una palangana con agua servía de remedio eficaz contra los dolores producidos por las caminatas. Además les era forzoso otorgarles un lugar a la lumbre, en muchas ocasiones teniendo que relegar a un segundo lugar junto a la chimenea, en pleno invierno, a un enfermo o al abuelo de la familia.
Aunque todavía les quedaba una opción para librarse de tan molestos e indeseables intrusos, la inmensa mayoría de ellos sin educación ni cultura alguna, soberbios, engreídos y avasalladores como es propio de todos los uniformados que en el mundo han sido y son: podían, decíamos, rechazar el alojamiento mediante el pago de un real de vellón y diecisiete maravedíes por cada soldado de infantería, o de dos reales por cada uno de caballería, incluyendo su montura, pero en aquellos momentos era impensable para un vecino desembolsar semejante dinero.
Llegaron, por orden del Asistente sevillano, quince hombres al mando de un sargento, el cual se hospedó en casa de Jose de Oyega, que se deshacía en atenciones y reverencias. El sargento era un hombre duro, de rostro surcado por arrugas que lo avejentaban. Con un arrugado sombrero tricornio verde oliva, de bordes dorados, ladeado sobre una melena corta y encrespada, con el corbatín lleno de manchas de sudor bien ajustado al cuello, una gran casaca de la misma tela y color que el sombrero, con una hilera doble de más de sesenta botones dorados medio desabrochada, sus bolsillos con tapa azulada y sus puños vueltos, bastante desgastados, mostrando el forro rojo y los sobredorados de su graduación; cinturón de cuero con gran hebilla de bronce portando el espadón, calzones ajustados, medias rojas, y grandes zapatones de piel negra con enormes lazos. Y en la mano su grueso bastón de mando de nudosa madera con cantonera metálica.
Se paseaba desde la calle del Convento hacia la Plaza y seguía Calle Real arriba, mirando fija duramente, con la mandíbula encajada, a los soldados que, libres de servicio, buscaban en los tabernuchos algo con que aliviar la sequedad de garganta; parecía el jefe un pavo ostentoso, en especial frente a las mujeres, que, murmurando entre ellas, intentaban disimular sus miradas de odio.

No hay comentarios:

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...