Al día siguiente, miércoles, el cirujano acudió a cumplir con su obligación. Juan de Cabrera lo esperaba en la cama, en una actitud impropia y teatral que se había convertido en precepto y costumbre insoslayable en cuantos lesionados esperaban la visita del galeno, fueran dichas lesiones tan insignificantes como la picadura de una avispa. Si el dios de la sociedad castillejense hubiese añadido un undécimo mandamiento a unas imaginarias tablas mosaicas locales, sería sin duda: "Esperarás al médico en tu cama".
Declarazión de Don Manuel Pizaño. En la Villa de Castilleja de la Cuesta en dose días del mes de Junio de mill settezientos treinta y siete años el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta villa, por ante mí el escrivano, resivió Juramento a Dios y a una Cruz según forma de derecho de Don Manuel Pizaño, maestro Zirujano de esta dicha villa, el qual lo hiso y prometió desir verdad, y siendo pregunttado por el thenor de la caveza de processo, dijo que de orden de dicho Señor Theniente y en fuerza de la notificazión que se le havía hecho, pasó a las Casas en que vive Juan de Cabrera, en las que halló al referido con una herida sobre el güeso de la Muñeca de la mano isquierda, Capaz de dos punttos, los que no le dió por estar la dicha herida esparcida y mui separada, la qual herida fue hecha al parecer con instrumentto corttantte y punsantte, y aunque a la presentte no manifiestta riesgo ni malicia, por los acsidenttes que pueden sobrebenir tiene riesgo de la Vida; Que es quantto save y puede decir en razón de lo que le a sido pregunttado, que todo dijo ser la Verdad so cargo del Juramento que fecho tiene, lo firmó y que es de edad de treintta y ocho años, y dicho Señor Theniente lo señaló con la señal que acostumbra. Señal + del Señor Theniente. Manuel Pizano. Geronimo Lopez Lozano.
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En la cárcel, en la mente del arriero, hablaban los recuerdos. Manuel Beltrán enarboló el pequeño estilete que guardaba en la manga. Lo hizo tras la primera acometida de Juan de Cabrera, cuando ya se retiraban suegro y nuero; fue un acto reflejo, como si quisiera cerciorarse de su capacidad de defensa, como si tras el furor y descontrol de la lucha en su liso y sólido mango de nácar fuese a recuperar la identidad momentáneamente perdida de hombre calmo y reflexivo. Apenas sobresalía la hoja de su puño, pero la sintió como una prolongación poderosa de su brazo, de su cuerpo y de su espíritu agraviado en una tierra extraña por gente que le debía hospitalidad y respeto. Pero a la par algo en su interior se encendió haciéndole ver que las palabras estaban por delante de los actos. Con la mirada clavada en las espaldas de los dos castillejanos, percibió que estas palabras se acumulaban en su garganta impidiéndole casi respirar, atenazándole, y las articuló como una liberación de sí mismo, antes que como un intento de insultar a sus agresores que, con el abandono del terreno, parecían subrayar su desprecio hacia él.
Inmediatamente vio que Juan de Cabrera, pálido y sudoroso todavía, al oirle se volvía hacia él. Armado como estaba, esperó a pie firme, disimulando su brazo, a que se produjera el primer golpe del enemigo, y volvieron ambos a enzarzarse repitiendo la primera escena. En ningún momento de esta última se vió obligado el arriero a usar la hoja de la daga, sino que golpeaba con el puño que la asía, tan rápidamente que era imposible descubrirla.
De pronto apareció la gran masa palpitante, grávida, pesada y ágil a la vez, de un enorme caballo, y vió los correajes negros del arreo, y sintió los relinchos tan cercanos que el aliento animal le rozó el rostro salpicándoselo de babas cálidas. Era un jinete que, gritando, se interponía entre ellos. Su intervención fue decisiva, como si la presencia poderosa del animal devolviera a los contendientes a la realidad de sus inferioridades humanas.
Al final ni Manuel Beltrán mismo se hubiera dado cuenta de que había herido, a no ser porque al guardar la daga la descubrió manchada de sangre. Tan era verdad lo que antecede que no supo en principio si era él mismo quien se había lesionado en la confusión del combate.
Comprobó esta vez más concienzudamente que los dos hombres se marchaban. Tiró el arma a un espeso matorral que crecía en la cuneta cercana, montó sobre la mula y se dispuso, en la creencia de que todo había sido un rifirrafe sin mayor importancia, a buscar a Anguila, que había desaparecido del escenario.
domingo, 5 de octubre de 2008
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