martes, 7 de octubre de 2008

Documentación (26)

Declarazión de Miguel Montaño. En la villa de Castilleja de la Cuesta en cattorse días del mes de Junio de mill settezientos treintta y siette años el Señor Theniente de Governador de esta villa Cristoval de Aguilar, hiso parecer antte sí a Miguel Monttaño, Vezino de esta dicha villa, del qual por antte mí el escrivano resivió Juramento a Dios y a una Cruz según forma de derecho, y haviéndolo hecho prometió decir Verdad, y siendo pregunttado por la Cabeza de proceso en esta causa: Dijo que en el día que se conttaron onsse de este mes, iba el declarante hacia Sevilla por la Calle Real, acompañado de su Yerno Juan Cabrera, y al llegar al sitio donde está la hacienda que llaman de Amaya, se enconttraron con Manuel Beltrán, Vecino que es de Sevilla en Triana, y de ejercicio harriero de Vinos, y haviéndole saludado el que declara, y respondido dicho Beltrán, estubieron hablando un ratto, y en la combersasión que tubieron le dijo al que declara el dicho Manuel Beltrán: "Compañero, ¿me a desocupado vuestra merced la casa?", a que respondió el declarantte: "Ya lo está", y dicho Beltrán replicó: "pues deme vuestra merced las llaves", y el que declara le sattisfiso con decir no tenía llaves que entregarle, porque su Casa nunca las havía tenido, y que las puerttas de la Calle las a serrado el declarantte, quando se a ofrecido, con un Candado suio propio, a cuias razones dijo Juan de Cabrera: "eso es mui cierto, porque la puerta de la Calle nunca las tubo", a que dijo el dicho Beltrán: "que te mettes en eso; calla la voca que contigo no hablan", y viendo el declarante que se iban las razones adelantando, y que esttavan en términos de pendencia, se metió de por medio y los separó, y haviéndose despedido unos de ottros, cada uno tomó por la Calle avajo, y cuando estavan algo rettirados dijo el dicho Beltrán: "que este jaragán hablador en todo se quiera metter", lo qual oido por el referido Cabrera le dijo que hablara bien si savía, y que sino él lo enseñaría, y bolbiendo otra vez el uno para el ottro se bolbieron a asír y se dieron algunos golpes, lo qual vistto por el que declara se acercó a esparcirlos, en cuia ocazión llegó uno de Sevilla que iba en un Cavallo, y metiéndose también en medio pudo conseguir el separarlos, Y entonses reparó el que declara que el dicho Juan Cabrera tenía una herida en la mano Ysquierda de la que le salía mucha sangre, y bolbiendo ottra vez la Calle arriba hacia las Casas del declarantte y del dicho Juan Cabrera, estava Diego de la Palma, alguazil mayor de esta villa, a las puerttas de su Casa, y le dijo el dicho Cabrera: "Señor Alguazil maior, Manuel Beltrán, que es aquel que va allí, me a herido", y vió el declarante que dicho Alguazil mayor predió al dicho Manuel Beltrán, y el que declara no vió persona alguna que se hallara presentte a dicha pendencia, Y que lo que deja dicho es la Verdad so cargo del su Juramento. No firmó porque dijo no saver, y que es de edad de sesentta y quattro años, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lopez Lozano.

.........................

En la tarde del viernes 14 de junio de 1737 una pandilla de chiquillos corría gritando por la calle del Ejido abajo, algunos con palos en las manos, otros con piedras, acosando a una perrilla que a duras penas huia casi desfallecida de hambre y sed. El animal buscó refugio en un pequeño olivar perteneciente a la hacienda de La Pintada en el que ya agotada en extremo encontró una estrecha oquedad en un tronco añoso donde se introdujo temblorosa de pánico. Los pequeños salvajes conocían el terreno al dedillo. Fue el primer lugar que inspeccionaron y al ver su lomo claro lanzaron alaridos de alegría. Como un disciplinado pelotón de soldados rodearon el árbol, haciendo acopio de guijarros, y el que parecía ser el jefe se acercó con una puntiaguda rama, con la que aguijoneó a la indefensa y aterrorizada Anguila, hasta herirla con despiadada saña repetidas veces. Sus escalofriantes gañidos de dolor se oían por doquier pero no conseguían más que enardecer y agitar más a la horda cruel. Tirando de una de sus patitas el cabecilla de la banda la arrastró al exterior, cortándole la retirada al hueco, y entonces los chicuelos comenzaron a arrojarle las piedras sin piedad, con increíble método y ritmo. La dejaron hecha un guiñapo, agonizando bajo un montón de pedruscos. Tardó en morir, dando ocasión a hormigas y moscas atormentadoras a disfrutar de un festín fresco.
Días después el olor de su cadáver roto y corrompido se esparcía por el paraje. Grupos de niñas llegaban cogidas de la mano a contemplar la descomposición, atraídas morbosamente por el misterio en cuyo centro bullían infinidad de blancuzcos gusanos ondulantes, e inocentemente arrojaban un escupitajo sobre él como para exhorcizar aquella repugnante aberración de la naturaleza.
Allí el cráneo de Anguila blanqueó durante varios meses, hasta que las aguas del otoño hicieron crecer las verdes hierbas que cubrirían, como se tapa una ignominia, sus huesos astillados y las piedras de los pequeños verdugos.

4 comentarios:

Haideé Iglesias dijo...

Ando por aquí olisqueando. Hoy he copiado para leerlo. No lo usaré nada más que para eso, eh.
Estoy en epoca de cambios y me agoto bastante con determinadas cosas. Y quiero leer lo que tengo en casa... es que no me da para tanto aún...
Puse un video en el que la risa sale sóla... aprovechalo si te apetece, una buena sesión y mejora uno un montón.
Un abrazo :)

Antonio dijo...

Un abrazo, Haideé. Voy a ver ese vídeo.
Y que no te agotes. Las personas con hábitos intelectuales necesitamos una buena dosis diaria de trabajo mental, pero tenemos que aprender a "echar el freno", hasta el día siguiente. Así cunde de verdad este maravilloso mundo del conocimiento.

Anónimo dijo...

Pues a mí me ha hecho polvo.
Pobre Anguila.
Y lo peor es que eso de torturar animales tan propio de la gente salvaje sigue ocurriendo y seguirá , porque sí, sólo por ver morir un ser vivo .
Ojú, con esta descripción que has hecho lo he vivido como si hubiera estado allí.
Qué mala me he puesto.
Antonio, por Dió.

Antonio dijo...

Recuerdo de niño, querida Reyes, muchas escenas parecidas. Cuando ví por primera vez un perro muerto el campo dejó de ser un cuento de hadas, y se materializaron en aquellos dientes y en aquel nauseabundo hedor el Sacamantecas, el Hombre del Saco y el Coco.

Hoy matan por matar apacibles vecinos con licencia de caza, que encuentran deportivo reventar animalitos a plomazos. Aquellos niños tenían mejores modelos que hoy en día, porque los cazadores populares dieciochescos mataban para completar una dieta siempre escasa en proteínas animales.

Un abrazo.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...