Muy aficionado a ver torturar a esos magníficos y nobles animales que son los toros ibéricos, Carlos Martin de las Cuevas estaba en Sevilla desde el día anterior, hospedado en casa de unos familiares. Con ellos tomó palco privilegiado a primera hora en uno de los balcones de la Real Audiencia en la plaza de San Francisco, institución donde era conocido y apreciado por los más antiguos funcionarios, y en la que se le reservaba un asiento y le recordaban los viejos procuradores y abogados con afectuosas palmaditas en la espalda que lo habían visto crecer desde cuando, a principios de siglo, venía de la mano de su padre apenas teniéndose en pie. Carlos Martin, con su nívea peluca y sus guantes de seda, se sentía cómodo en aquel lugar, inhalando pellizquitos de rapé de su cajita con afectados gestos.
La plaza comenzaba a llenarse; el día estaba claro, el cielo poblado de grandes pelotones de nubes blancas con el azul profundo del fondo. Se había armado un doble graderío de tablas en los cuatro lados del alargado recinto, previniendo la gran concurrencia de personas que en efecto se produjo, y con un palco principal para las autoridades. Resplandecía la ciudad de colgaduras, de guirnaldas y de mujeres hermosas, y en sus calles se arremolinaban gentes de toda condición social y procedencia; los sevillanos parecían querer olvidar las calamidades pasadas en los dos años anteriores, y las autoridades hacían todo lo posible porque así fuera. Seis pipas de agua en sus carros gobernados por un par de mozos cada uno regaron la arena del lugar, y se esparció una alfombra de flores y hierbas olorosas en su superficie; desfilaron luego cien granaderos de las Reales Milicias Hispalenses, divididos en dos columnas en cada dirección, que circunscribieron el irregular rectángulo, y acto seguido entraron en sus cabalgaduras los picadores Pedro Moreno, Juan Hijón, Juan Martin y Juan Santander, vestidos de grana y plata; tras ellos, encabezados por Juan Rodriguez, ocho capeadores con sus medias blancas y sus mantos azules, seguidos de dos ministros. Cuando sonaron las trompetas el Asistente don Ginés de Hermosa y Espejo (que acababa de sustituir en el cargo al valverdeño don Rodrigo Caballero Illanes) dió la señal con su pañuelo, y entró el primer toro, que arrancó de la multitud un estertor de admiración. Seis en total a lo largo de la tarde, fueron muertos tras el picado, las banderillas, los capotazos y la espada. Eran arrastrados con tres mulillas cada uno, regando sangre tras sí. El gentío se levantaba de sus asientos gritando, buscando en el embrutecedor espectáculo olvidar las calamidades pasadas. En un momento y de forma inesperada, estando uno de los picadores cercano a la barrera oeste del área en la suerte de la puya, rompióse la vara y el toro alcanzó de lleno al caballo en el vientre, levantándolo como si fuera un muñeco de paja y dejándolo atravesado en los maderos superiores de la valla; el jinete salió despedido; entre violentos estremecimientos de muerte el equino despanzurrado dispersaba materia fecal, alimentos a medio digerir y chorreones de sangre de sus intestinos desgarrados sobre los espectadores, empapándoles rostros y vestiduras entre las risotadas del resto de los asistentes y los gritos agudos de mujeres horrorizadas. El caballo quedó inmóvil sobre la cerca, muerto, mientras los afectados se intentaban recomponer entre bromas y expresiones de repugnancia.
En el aledaño convento de San Francisco, Casa Grande de Sevilla, la filosofía del anacoreta de Asís que contemplaba hermanos caballos, hermanos pájaros, hermanos perros, o hermanos toros sólo era ya una ironía, una reminiscencia desvaída en los patios, en las capillas y sobre los huertos atronados por el clamor de la chusma taurina. Con hipocresía jesuítica, los jerarcas de la Orden guardaban hermético silencio ante las monstruosidades que ocurrían a pocos metros de sus despachos y celdas.
El día siguiente, 25, repitióse el cruel y bochornoso espectáculo con otros seis toros y al final, despejada la Plaza, apareció por la calle de Las Sierpes una impresionante carroza con faldones de terciopelo, faroles encristalados, ramos de flores y engalanados cocheros, precedida por los dos Diputados de las fiestas a caballo, escoltados por dos docenas de lacayos de librea, en un desfile rítmico y conjuntado que dió la vuelta a la plaza para detenerse en la bocacalle de Chicarreros. Tras ellos y en formación marcial aparecieron ochenta siervos disfrazados de turcos con exóticos trajes de brillantes colores y turbantes coronados de refulgentes medias lunas. Y por fin, dos rejoneadores, los afamados hermanos Saavedra, acompañados de dos toreros, se dispusieron a colocar el colofón de las celebraciones matando a otro lote de astados. En el intento a uno de los caballeros, don Gaspar de Saavedra, lo derribó un toro pero Juan Rodriguez, sujetándolo de un cuerno, consiguió salvar al caído jinete, que se repuso y, blandiendo su espada, acabó con la vida del animal. Diecinueve toros fueron sacrificados para saciar la sed de sangre y los instintos primarios de aquella muchedumbre salvaje y despiadada, durante los dos días de fiesta en celebración de la boda real.
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