viernes, 3 de octubre de 2008

Documentación (22)

El lagarto, —tres palmos de cristal abrupto con luz propia, luminosidad verde y celeste, blanca y amarilla—, parecía recuperar energías en una mancha de sol sobre la rama gris mate del olivo, o quizá hipnotizar a una mosca que Manuel Beltrán no podía ver a esa distancia.
Era la mañana del 11 de junio de 1737. Había llegado a aquel paraje con la mula del ronzal; este día decidió que lo acompañara su perra Anguila, un animalito vivaracho cuya pasión se centraba en las gordas ratas grasientas del puerto sevillano y en zambullirse en el río para perseguir a los barbos. Un par de veces a la semana la traía consigo "a que respirara aire limpio", decía, y leal y fiel como ella sola seguía al caballero de la mula tal que un corderito, adelantándose en los atolladeros para vigilar desde un ribazo los violentos retrecheos del solípedo. Cuando se cansaba de andar bastaba a Manuel sacar un pie desde su montura a modo de escalón para que, de un ágil salto la perrilla brincara sobre la bota hasta la grupa de la bestia, donde sentada guardaba un equilibrio relajado oteando entre las arboledas los horizontes azulados, con un brillo de agradecimiento en sus ojillos brillantes de inteligencia .
Manuel se detuvo y se agachó con lentitud, eligiendo un grueso terrón compacto de tierra parda oscura entreverada de raicillas secas. Se afianzó en los pies, midió la distancia y echó despacio el brazo armado atrás.
Anguila desde una mediana altura sabía lo que iba a suceder, y tensionó todos sus músculos, los ojos fijos en la futura trayectoria del proyectil.
El impacto sonó apagado entre una nube de polvo y fragmentos de arcilla y la perra se disparó; hubiérase dicho que había adelantado en su vuelo al grueso bodoque, que esperaba debajo del árbol antes de la colisión, porque atenazó con sus mandíbulas al reptil con antelación a que tocase el suelo en su caída. De varias enérgicas sacudidas lo desgarró derramando algunos huevos medio desarrollados de su panza abierta, todo ello en tan pocas milésimas de segundos que el ojo humano a duras penas podría haberlo captado.
Manuel Beltrán se felicitó en su interior por la buena puntería que poseía todavía a pesar de sus cuarenta y seis años, y acarició a la perra que le ofrecía los despojos sangrientos e informes de la lagarta gestante, los que todavía se estremecían con los últimos signos de una vida que se terminaba.

El día fue bueno, como casi todos. Se encontró con uno de los guardas de Albajañez, jinete en un penco, que le informó de que tenían fiesta. Se acercó al caserío por ver de colocar algunos cuartillos; había bastante gente bajo las frondosas moreras, banqueteándose en largas mesas repletas de manjares; fue informado de que era una boda, efectuada en la capilla de la hacienda y de que había venido un cura de Sevilla expresamente a celebrarla; el capataz lo invitó a comer algo.
Ya bien entrada la tarde, con el fantasma del calor flotando en el aire de oro, penetró al paso de su mula en el polvoriento camino de Salteras y volvió por él a Castilleja con la intención de ver al viejo Miguel Montaño para ultimar el contrato de arriendo de la casa. Le dijeron unos vecinos de la Calle Real que Miguel iba camino de Sevilla con su nuero, pero que podía alcanzarlos porque acababan de marchar. Como así fue; a la altura de la hacienda de Amaya junto a las últimas casas de la salida del pueblo los divisó, caminando a buen paso con sus cayados de viaje. Les dio una voces:
—¡Migueeeel! ¡señor don Migueeeeeel! ¡téngase vuestra merced! —y cuando se encontró con ellos desmontó para hablar en igualdad de condiciones. Se saludaron él y el anciano con un apretón de manos que partió de la estudiada iniciativa de Manuel Beltrán, como recurso para rebajar la tensión acumulada en varias semanas de desencuentros y desconfianzas mutuas.
Poco podía imaginar el arriero de vinos que una hora después iba a estar encerrado en la cárcel pública de la Villa, que su mula quedaría requisada en un corral del Cabildo mal tratada y mal alimentada, y que su perra Anguila deambularía desorientada por las calles de Castilleja de la Cuesta toda la noche y los siguientes días sin que nadie se preocupase por sus gemidos ni por su porvenir.

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