jueves, 2 de octubre de 2008

Documentación (21)

Manuel Beltrán, de Triana, se dedicaba a la arriería de vinos con mula. Se introducía todas las mañanas temprano con su animal por el relieve de hondonadas y cuestas, salvando aquí y allá barrancos y zanjas, para llegar a las más perdidas casamatas de pastores y a las más remotas cuadrillas de segadores, abarcando todo el terreno entre Camas, el norte de Castilleja, Valencina y Guzmán. A veces el capataz de alguna hacienda también le compraba unos cuartillos. Cargando un par de pequeños barriles, la bestia y su tesón le iban solucionando la vida a él y a su familia, a costa de una jornada que se prolongaba hasta el anochecer. La mula era su salvación, su gracia, su gran compañera.
Aun cuando la percepción general considera a la mulas desequilibradas y proclives a la espantada, lo cierto es que son de una prudencia desmesurada; están en continua alerta ante cualquier peligro, lo cual las hace parecer nerviosas e inquietas. Más veloces que el asno, tienen las mismas virtudes de sagacidad e inteligencia, además de que viven más que ellos. Resisten el trabajo intenso y persistente mejor que los caballos, conformándose con menos alimentación y de peor calidad. Llevan mejor el hambre y otras privaciones y soportan bien las altas temperaturas de Andalucía, y merced a su esterilidad no precisan descanso por temporadas de preñez.
Manuel Beltrán compraba el vino en Sevilla, en almacenes de la misma Triana; por las contradiciones del mercado, en una zona tan vinícola como El Aljarafe escaseaba el vino al por menor, y en las panillas de los pueblos era complicado, para los jornaleros que se pasaban en el campo la mayor parte del día, obtenerlo. Así que constituía para ellos en aquellas soledades un alivio ver a Manuel Beltrán con la cara cubierta por su gran sombrero negro, la vara de arrear en la mano, en equilibrio sobre su mula, con dos barriletes de madera a cada lado de la silla y las piernas bailoteando por encima, generalmente piropeando al esforzado animal o silbando en el buen tiempo, y en el malo cubierto hasta los ojos con una anguarina gris.
Se había criado Manuel en un barrio en el que las clases populares se formaban en las calles, dominadas por los guapos y los bravucones de cuchillo fácil. Aprendió de ellos las artes del pinchazo, y aunque de mocito tuvo algún percance, salió bien librado. Pero la experiencia le había enseñado que más valía prevenir que curar, por lo que no olvidó los trucos aprendidos, que le sirvieron en gran manera, ya en la madurez, para desenvolverse por los solitarios caminos con su mula y su puñado de maravedies de ganancias. Sabía defenderse, y siempre se desplazaba con un pequeño estilete escondido bajo la manga, en una disimulada funda que llevaba cosida al forro de la casaquilla.
Las gentes del campo, además de por ser un eficiente apagador de la sed también lo apreciaban porque portaba las noticias más recientes, recién llegadas a la capital, de forma que muchas veces estaban los jornaleros, a pesar del aislamiento, más y mejor informados que los propios habitantes de los pueblos. Triana, en la orilla del bullicioso y cosmopolita puerto, era un amplio y fiel colector de los acontecimientos que en el mundo tenían lugar, y Manuel, a modo de periódico humano, encontraba gran satisfacción en ser el primero en publicarlos a los ignorantes campesinos de las lomas, que lo escuchaban con silencio y respeto, en unos tiempos en los que la vía oral tenía, para amplios sectores de la población, una importancia total y absoluta.
La venta ambulante de vino al por menor iba viento en popa; tuvo suerte con los controles y permisos de las autoridades, aunque en la práctica vendía bastante ilegalmente. Era tolerado porque su quehacer mantenía a las masas de trabajadores en calma, y por ello se le consideraba una persona de orden, útil a la sociedad, benefactora, dándosele de esta forma carta de tránsito tácitamente.
Tan era así que no tuvo problemas en ese sentido, ni en el económico puesto que había ahorrado algo, a la hora de apalabrar el alquiler de una casita a la entrada de la Calle Real de Castilleja de la Cuesta, con la finalidad de establecer un "puesto avanzado" que le permitiera diversificar su negocio, almacenando vino y otras mercaderías que tenía en mente, como cigarros, y preparando un establo para, —proyectaba—, comprar algún animal más. La casa idónea, según supo por los vecinos, era propiedad de Miguel Montaño, un viejo castillejero usurero, avariento y miserable, cuyos sesenta y cuatro años de edad le habían servido únicamente para ver del mundo y de la vida el dinero y nada más. Miguel Montaño era el típico tipo de rata acopiadora de bienes por el puro vicio de acopiar, encorvado, de manitas blancuzcas, ojillos vivaces y maliciosos y nariz aguileña. Su especialidad, como la del animal al cual se asemejaba, era el trigo, con el que entrampaba y arruinaba sin piedad a todo incauto que en época de escasez y hambre se ponía a su alcance, a base de enredosos préstamos para aprovisionarse en el Pósito de la villa.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay que ver.
Montaño, hoy a lo mejor trabajaría en Cajasol.
O en Hacienda.
Menudo talante .
Sabes qué?
No te iba a decir nada , pero luego he pensado que igual lo pones para comprobar si te leo , y como lo hago atentamente,
pusiste "brabucones " y se escribe "bravucones".
Por lo demás, una genialidad, como siempre.
Besos, Maestro.

Antonio dijo...

Ja ja ja... nunca te engañaría, Reyes.

Tienes una feminidad y una discreción que hace de tus enmiendas un gozo; haces a la gente mejor de lo que es por otros motivos, pero éste lo tengo comprobado. Selene sí que debe equivocarse a posta para sentir tu dulce reprimenda, seguro.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Querido Antonio
no diría yo que soy dulce reprimiendo.
Es cierto que la niña me lleva la contraria casi siempre,
y que no me deja dormir la siesta,
pero no creo que lo haga por oír mi dulce voz transformada en estentóreo ladrido de san bernarda deprimida.
Gracias por tus amables palabras.
Ya sabes que te admiro.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...