miércoles, 15 de octubre de 2008

Documentación (37)

"...para pícaras desbergonzadas havía cuchillos para corttarles la cara...", acabamos de leer esta terrible expresión dicha por Sebastian Delgado, a quien se cita en la antecedente confesión. Amenaza muy característica del barrio de San Bernardo, plagado de matones, chulos y jayanes que medraban alrededor del Matadero poniendo a prueba sus agallas en las incipientes corridas de toros en un lugar extramuros de la ciudad y por tanto poco sujeto a la acción de la justicia, en el que primaba la ley del más fuerte, o del más canalla. Pero quizá deberíamos considerar que Juana Caro con su actitud de adúltera provocativa también exacerbaba los ánimos de cualquiera, por muy templado que fuese.
Los primeros escarceos entre Juan Delgado y Juana Caro comenzaron una semana después de que los hermanos se instalaran en la casa vecina. Él, joven y lleno de energías, se sentía liberado habiendo dejado atrás su corto pero intenso periplo vital para comenzar en Castilleja desde cero, y ella, que no había logrado encontrar satisfacción ni espiritual ni física en un marido de carácter melancólico e introvertido, supo enseguida cómo participar en la nueva vida del muchacho y a la par compensar el vacío que su hombre no podía llenar.
Bastó una ligera insinuación desde su corral para que el de San Bernardo entrase en el juego. En 1724 Juan, como de dieciocho años de edad y recién llegado al pueblo, no podía ni imaginar las consecuencias que le acarrearían enredarse con la esposa de su vecino.
Sus contactos empezaron a producirse pronto, aprovechando que Francisco Clemente Rodriguez marchaba a los molinos de Alcalá de Guadaira para obtener harina, cosa que ocurría dos o tres veces cada semana. Salían por la mañana y vovían, él y sus ayudantes, ya entrada la tarde, con un par de carros cargados de sacos blanquecinos y polvorientos. En el ínterin se buscaban los amantes como locos por encima de las bardas de los corrales, aprovechando cualquier momento para abrazarse, ora encima de los sacos, ora sobre la mesa de amasar, o en el mismo establo de las bestias y al igual que ellas, entregándose ciegos e impetuosos a su pasión.
Al principio de la primavera de dicho año de 1724, en uno de sus ardientes encuentros Juana, embriagada de aroma de flores y poseída por la nueva oleada de revitalización estacional, no tuvo fuerzas para oponer defensas contra el ímpetu descontrolado del joven Juan Delgado, y tras un orgasmo no por muy rápido menos intenso en el obrador solitario quedó su corazón preso de las más agudas angustias. En efecto, lo que temía se hizo realidad. Pronto supo que estaba embarazada.
Se sintió muy sola y desgraciada. No podía contar con el padre, demasiado inmaduro como para que pudiese o supiese ofrecerle alguna solución viable, de forma que decidió confesárselo todo a su marido. Por otra parte Francisco Clemente hubiera descubierto el engaño, puesto que no cohabitaban desde que muriera, al nacer, el primer fruto de su matrimonio, dos años antes.
No se lo tomó él, cuando hablaron, en forma tremendista. Todo indicaba que esperaba de su mujer algo parecido de un día a otro. Le contestó que no estaba dispuesto a cargar con la manutención de un hijo que no era suyo.
—Estoy presta a hacer lo que me ordenes. Cualquier cosa —dijo ella, con sinceridad.
El tahonero miraba por la ventana. Estaban en el dormitorio. Amanecía. Otro día de duras faenas. Pensó preguntarle sobre el padre, pero inmediatamente desechó la idea, por considerarla poco importante.
—Bueno. Cuando se te forme la barriga te llevaré con la cuñada de Sanlúcar.
—Estaré preparada.
—Tendrás al niño allí; ya lo arreglaré todo. Y cuando nazca, lo dejaremos en la puerta de alguna familia de dineros.
A Francisco Clemente le parecía hablar con una extraña de otra tierra. Le ocurría con ella desde mucho tiempo atrás.
Juana Caro asintió, y al retirarse a sus quehaceres le pareció que se había quitado de encima una montaña de plomo. Pero había todavía algo que tendría que solucionar con perspicacia y tacto. Porque se trataba de su hijo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No pude dejar de leer.
Otro cappitulillo más y a la cama.
Lo prometo.
Sigo.

Antonio dijo...

Ja ja; me siento un poco cocaína.

Anónimo dijo...

Pues sí , no lo dudes, jejeje.
Besitos.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...