sábado, 18 de octubre de 2008

Documentación (40)

Eran los familiares de los castillejanos De La Palma en aquella villa de Sanlúcar de Barrameda unos miserables pescadores otrora bastante boyantes, pero que con el traslado de la Casa de la Contratación de Sevilla a Cádiz en 1711 por Felipe V habían visto como la ruina se incardinaba como un cáncer en sus vidas, igual que en las de todos sus convecinos. Le debían aquellos humildes marineros a los consejos que recibió el monarca del estratega de la economía hispana cardenal Alberoni que sus dos coloreadas y airosas barcas ahora fueran dos despojos de maderamen podrido, medio hundidos en la arena a la sombra de un muro cubierto de salitre frente al Coto de Doñana, dos estructuras ruinosas de grisáceos tablones desde los que las gaviotas oteaban el horizonte marino, y en cuyos recovecos alimentaban a sus camadas las gatas vagabundas de la playa.
Cuando faltaban escasos meses para su alumbramiento e instados por la imposibilidad de seguir ocultando el embarazo en Castilleja, Francisco Clemente y su hermano Andrés llevaron a Juana de noche a Sevilla en uno de sus carros y de allí por la Cañada Vieja ribereña partieron a la villa gaditana, donde la mujer quedó hospedada previo depósito de un puñado de reales de vellón para hacer frente a los primeros gastos.En la población costera no le tenían preparado a Juana Caro un lecho de rosas precisamente, pero tampoco fue necesario utilizar el dinero pues era fuerte y animosa, acostumbrada a trabajar duro, por lo que pudo ganarse el sustento hasta el último día de gestación. Le buscaron un empleo discreto limpiando esparaveles, después de que los pescadores corraleros hubiesen vaciado de peces, moluscos y crustáceos con ellos sus pequeños embalses en las orillas atlánticas, barricadas de piedras que quedaban inundadas en las mareas altas y que retenían con la bajamar abundante pesca. Le permitían a la embarazada llevarse a casa una buena carga de pescado que, si no se consumía en la mesa familiar, era vendido de casa en casa. Se le advirtió encarecidamente que procurase pasar desapercibida, no conversar con nadie e ir y volver a la casa por los lugares menos frecuentados.
Juana dio a luz una criatura tan bella que en los primeros días se ganó, con la ternura de su angelical apariencia, la voluntad de las escasas personas que fueron testigos de aquella situación que se llevaba con todo el secretismo imaginable.

En parte por el maravilloso aspecto lleno de gracia de la niña y en parte porque la familia hospedadora no quiso arriesgarse a que se descubriera en la villa sanluqueña que habían abandonado a una recién nacida, optaron porque en la inminente vuelta de la castillejana se la llevara consigo para dejarla en la ciudad de Sevilla, lugar más propicio para pasar sin dejar huella en el anonimato de la masa de sus habitantes. Cuando oyó la proposición Juana vio el cielo abierto aunque puso buen cuidado en disimular. Tendría mayores oportunidades de seguir de cerca la vida de su retoño, y desde aquel día comenzó a imaginar excusas y subterfugios para ir en el futuro a la capital desde Castilleja y ver, siquiera fuera de lejos, los progresos de la niñita. A tal menester se ofrecieron los sanluqueños a traer a la madre, habida cuenta de que si avisaban al panadero para que viniera a Sanlúcar a recogerla, con toda probabilidad se habría negado a cargar con el fruto de los ilícitos amores de su semirepudiada mujer.
De forma que salieron de la población marítima el domingo 4 de marzo de 1725 a media mañana en un carricoche destartalado conducido por un mozalbete, y por la tarde llegaron a la capital. Apenas tuvieron tiempo de ver cómo cerraban las puertas de las murallas desde El Arenal. Todo parecía jugar a favor de la mujer. El chico del pescante no mostraba tener muchas luces, por lo que no le fue difícil a la panadera engañarlo diciéndole que la llevara a Castilleja, que se encargaría ella de la niña, por la cuenta que le traía. Esperaron a que cerrara la noche junto a la trianera iglesia de El Cachorro y al amparo de la oscuridad subieron la cuesta y llegaron a la entrada del pueblo silencioso y desierto. Había alguna luna, pero Juana conocía bien el terreno que pisaba. Despidióse del muchacho y de esquina en esquina, toda ojos, se dirigió al palacete de doña Petronila de Salinas. Dejó en el poyete del portalón el pequeño bulto envuelto en una gruesa mantilla y seguidamente marchó a la panadería. Unos suaves golpecitos en la puerta le franquearon la entrada. Su marido, soñoliento, con vestido de cama y una vela en la mano, la atendió con seca corrección, aunque en su interior y nada mas verla había sentido un gran alivio que le dejó embargada el alma de satisfacción: su mujer venía sola. Juana se había desprendido de la deshonrosa carga.
Esperó a que comiera algo, y se metieron en la cama en silencio, dándose las espaldas. Pronto amanecería el lunes.

En lunes sinco días de el mes de Marzo de mil setecientos y beinte y sinco años yo, Don Pedro Fernandez de Villegas, vicario y cura de esta villa Baptisé en la Parroquial de el Señor Santiago de dicha villa a Josepha Casimira Jacoba, de padres no conosidos, que se alló a la puerta de la hasienda de Doña Petronila de Salinas, Vesina de Ssevilla y eredada en esta villa; fueron sus Padrinos Joseph Ballesillos, niño pequeño, y Doña Maria Pacheco, su madre de el padrino; advertíles del parentesco espiritual y lo firmé, fecha ut supra. Don Pedro Fernandez de Villegas.

Pocos ataron cabos, y los que lo hicieron se guardaron muy bien de aventurar hipótesis públicamente. La ausencia de Juana Caro había sido perfectamente justificada, y casi nadie sospechó que se hubiera marchado para parir. Y por lo que respecta a su marido, cumplido su deseo de no hacerse cargo de la criatura y con su dignidad y la de los suyos a salvo, lo demás le importaba un bledo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay que ver, cuántas molestias tomadas para ocultar una verguenza ...o supuesto pecado.
Yo, de ser la madre, al enterarme del nombre que le pusieron , habría puesto una denuncia.
Qué bella narración , y qué bien hecha.
Besos de madre pecadora .
Y felicitaciones.

Antonio dijo...

Te aseguro que el nombre es real. Te puedo enviar la partida de nacimiento de la niña, de puño y letra del cura Miguel Vazquez Forero, en una hoja amarillenta y medio corroída de humedad (auténtica, ¿eh?; sin trucos digitales).

Si hubiera podido la chiquilla, le habría arreado un mordisco al del agua bendita.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...