Era don Miguel. Con voz alterada y en tono imperante exigió a Cordero un testimonio escrito acerca de los hechos. El amanuense no perdió los nervios, como buen burócrata acostumbrado a capear a gente descontrolada, y le respondió que estaba presto a darle cuanto testimonio necesitara, pero que antes tenía que saber sobre qué había que testimoniar, ya que no podía ponerse a escribir sin ton ni son; el cura captó a pesar de su excitación la ironía suave que se desprendía de las palabras de Cordero, y cada vez más alterado, dirigiéndose ahora directamente a Juan Pacheco de Castro, le hizo un repaso atropellado, casi a voz en grito, de lo acaecido; por fin lograron los presentes, después de intentarlo mucho, que tomase asiento, ofreciéndole un sillón de cuero pintado frente al bufete, y mientras no dejaba de hablar casi vociferando sobre el atropello que se había cometido con su sirviente Francisco Vazquez; el Teniente de Gobernador intentó, con el mejor tono que supo, tranquilizar al clérigo, pero sin ceder lo más mínimo en sus argumentos; le repitió con reprimido susurro que estaba preso como Francisco Vazquez, y no como criado de eclesiástico, y que hasta que no manifestara estar dispuesto a hacer la Cruz y a prestar la declaración exigida, continuaría en prisión; y a pesar del comedido tono que usaba el Teniente, don Miguel no pudo contenerse más. Se levantó tan bruscamente que casi vuelca el pesado sillón, y a voz tan en puro grito ya que debía oirse en todo el ámbito de la Plaza espetó amenazante a Juan Pacheco que lo mismo que había tomado declaración a su criado iba a tomársela a él, y recalcaba cada frase dando un seco y enérgico bastonazo en la superficie del bufete, haciendo saltar a cada golpe las pilas de legajos, el reloj de sobremesa, el pesado tintero de metal, la cajita de arena secante, el plumillero y la campanilla para llamar al recadero, que rodó tintineando por el suelo hasta un rincón. Con un tremendo golpe abriósele una pequeña tapaderita plateada de la empuñadura de marfil del bastón y de una pequeña cajita interior rodaron tras la campanilla media docena de píldoras medicinales. Todos estaban galvanizados ante semejante reacción. El Teniente le respondió que no podía hacerlo, por las razones referidas, a lo que arreciaron el alboroto, los gritos y los golpes del cura sobre la superficie de la mesa con el secreto báculo, ya completamente fuera de sí, desorbitados los antes claros y ahora enrojecidos ojos y congestionado el rostro como el de un satanás de los infiernos, articulando cual poseso:
—¡¡ Lo ha de hacer!! ... ¡¡lo ha de hacer!! ... —que se podía escuchar claramente ya por todo el vecindario.
—¡Me tienen que respetar, como vicario que soy!—, aullaba. Los presentes empezaron a irle reconviniendo con mucha suavidad y paciencia, pero cuando una voz anónima comentó que no le tocaba dicho preso, el cura acabó por estallar; con una violencia inaudita tiró el sillón rodando por la estancia, hizo lo mismo con capa y sombrero, y mientras todos los presentes se levantaban de un respingo para ponerse a salvo de aquella furia desatada salió a grandes zancadas pasillo adelante hacia la puerta de la calle, gritando a pleno pulmón:
—¡¡ Auxilioooo !! ... ¡¡favor a la Iglesia!! ... ¡¡ auxilioooo !!—, perdido ya cualquier vestigio de autocontrol, en un paroxismo de rabia e ira impotente que lo dominaba por completo.
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