jueves, 17 de julio de 2008

Los caldereros franceses (II)

El miércoles día diez de agosto de 1746, día del entierro en la Plaza, día que tantos malos recuerdos trajo a la viuda Beatriz y a don Miguel el vicario, escribía este último en el registro de defunciones el fallecimiento de la mujer del gallego cuando Juan de Vallecillos cruzó el área exterior en dirección a la cárcel, con una cacerola pequeña de cobre en la mano, y oculto bajo el camisón sujeto con el cinto uno de los últimos libros que su hermano había conseguido en el muelle de la Sal de la ciudad. Iba a matar tres pájaros de un tiro: se interesaría por sus amigos los hermanos Caro en la cárcel dándoles sus condolencias, y luego bajando por la calle Mariquita intentaría que el joven francés le tradujese al menos una parte del dicho libro, o siquiera le diese una idea general de su contenido y de paso, allí mismo, en la calderería de la Calle Real, haría que le estañasen la ollita, algo picada por su fondo, aunque la llevaba mayormente para disimular ante las fuerzas reaccionarias de la villa.

No era impedimento su ritmo tranquilo e indolente de meridional para compenetrarse con los industriosos y activos franceses. La apertura de espíritu, que no obstaba, según los sistemas de valores de aquellos tiempos, su acusado antifeminismo, y la escasez de prejuicios que sus muchas lecturas habían obrado en su espíritu le daban un aura que todos captaban antes de que mediaran las palabras, haciéndole ganar la confianza hasta de los más reticentes. Era Juan un hombre moreno, de ojos castaños que brillaban inteligentes y socarrones bajo unas ralas cejas, de irresistiblemente blanca sonrisa, de mediana estatura y trato afable. Por la otra parte los franceses, habituados a vivir en otros países que el suyo, daban toda clase de facilidades para establecer relaciones de confianza y amistad. Este talante también les facilitaba algún romance que otro.

Cuando Juan llegó al taller después de saludar a los presos en la Plaza, estaban en él trabajando tres hombres, entre una inmensa barahúnda de cacharros, montones de carbón, anafes humeantes y chatarra, todo el heterogéneo conjunto de objetos vinculado por polvo grasiento y espesas telarañas.
De las paredes colgaban fuelles de cuero agrietado, tenazas negras por el polvillo carbonífero, y en estanterías de todo tipo toda clase de vasijas, alquitaras, candiles, aceiteras y recipientes; sobre una de aquéllas, de las más altas, un gato blanco cual nieve virgen, de azul intenso la mirada, allí sentado parecía una aparición fantasmal, el espíritu de un septentrional rey mitológico, mirando absorto al recién llegado. En el suelo cubierto de rebabas metálicas, astillas y serrín y basuras varias reposaba, a la entrada, un gigantesco embudo de chapa reluciente, que contrastaba por su brillo con la suciedad reinante. El calor era sofocante. Entraba por el techo roto un gran chorro de sol que hacía el ambiente más irrespirable si cabe. Y en la columna de luz polvorosa evolucionaban zumbando pesadamente cantidad de moscas.
La gran abertura cuadrangular que hacía de entrada daba la máxima luminosidad al lugar y estaba, durante las horas de trabajo, delimitada por un alargado mueble mostrador de pino sin alisar, que los franceses arratraban cada mañana al abrir el taller y retiraban cada tarde, antes de cerrar con las enormes y chirriantes puertas de tablones mal encajados. Sobre este mostrador en un clavo del bastidor una enorme y tosca jaula de barrotes de alambre aprisionaba a varios gilgueros que a cada momento teñían el aire ardiente con sus coloridos trinos, saludando con ellos los oídos de los abundantes transeúntes.

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Los olvidados, 12q.

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