La enemistad entre Don Miguel y los frailes venía de antiguo, desde que llegó a Castilleja al parecer, aunque investigaciones más profundas probablemente desvelarían una antipatía hacia el franciscanismo inducida por y en la lujosa "corte" abacial de Olivares, donde nuestro vicario se formó como estudiante agasajado y mimado con sus palacios, con sus fiestas y refinamientos, sus carruajes y vestiduras, sus esquisitas tertulias, sus personajes distinguidos y su independencia del Arzobispado hispalense sostenida y fomentada por la sombra formidable y poderosa del Duque; independencia de un Arzobispado que al fin y al cabo desde los primeros siglos tras la Reconquista había apoyado el desarrollo y la extensión de la Orden de Asis por el borde oriental de la comarca, y que con la creación de la Abadía había visto enormemente mermada su influencia en la zona.
Fue el 16 de enero de 1400 cuando el Arzobispo de Sevilla don Gonzalo de Mena y Roelas cedió a perpetuidad la iglesia parroquial de San Juan de Aznalfarache con todos sus distritos a los frailes de la Tercera Regla de San Francisco, a cambio del monasterio de Santa Maria de las Cuevas. En los terrenos de dicha parroquia sanjuanera se incluían Tomares y la Calle Real de Castilleja.
Quizá la culpa —volviendo al tema que nos ocupa— fuera de los propios franciscanos, incapaces de tolerar a un jovenzuelo que no estaba ni ordenado sacerdote cuando se le confirió el cargo de las parroquias, y que apareció de improviso intentando organizar todo a su modo, con la fiebre irracional de los principiantes jóvenes ideologizados en extremo y acuciados por poner a prueba la valía de sus inmaduras hipótesis.
Opiniones de los contemporáneos acerca del origen de las diferencias entre cura y frailes abundaban en un sentido u otro, dependiendo de que las simpatías de cada cual estuvieran orientadas hacia el tradicionalismo y la adustez de los monjes, uñas y carne con el Arzobispo de turno que indefectiblemente representaba los valores transmitidos por las capas altas de la sociedad desde que Fernando III el Santo tomara Sevilla a los árabes en 1248, o bien se inclinaran por las nuevas corrientes europeístas que el Conde Duque introdujo ya en el siglo XVII, a las que, dicho sea de paso, algunos achacaban cierto libertinaje practicado especialmente en Castilleja por juerguistas que huían de la vigilancia que en la capital se ejercía desde el Arzobispado, y que dió fama a la población casi, en insultante agravio comparativo, asimilándola a la que padecían las Sodoma y Gomorra bíblicas.
Fuera como fuera, nuestro personaje chocó de frente con la parsimonia estoica que tras muchos años de filosofía y paz retirada había enraizado sólidamente en el espíritu comunitario de la congregación.
Pero la apoteósis de esta situación de enfrentamiento llegó el bochornoso día dos de agosto de mil setecientos treinta y dos en medio de una ola de calor tal y como no conocían ni los más viejos de la población. Era toda la provincia un horno en el que no existían resquicios donde esconderse de aquella férrea mano candente que aprisionaba las existencias.
Paje del poderoso Abad de Olivares en los años anteriores a su etapa castillejana según acabamos de decir, no habia cumplido los veinticinco cuando fue nombrado Cura y Vicario sin tan siquiera, repetimos, estar ordenado sacerdote, en un pueblo donde "el astro predominante no influye más que inquietudes", tal era la frase acuñada por los ideólogos sevillanos. Y aquel verano del año treinta y dos el astro predominante influía especialmente a los castillejanos con toda clase de inquietudes.
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