martes, 15 de julio de 2008

Territorio y fronteras (y XV)

Parecía como si la presencia del Rey enervase a toda la región. Los pensamientos viraban hacia la nueva Corte como el hierro hacia el imán, todos enfervorizadamente imaginando en todo momento qué podría estar haciendo el monarca, o calculando cuando se le podría ver pasar por el Camino Real hacia los cazaderos del Coto de Doñana, o especulando sobre cómo encontrar tiempo y medios para visitar la ciudad e intentar contemplarle, saber en directo el ambiente que producía su presencia en las calles hispalenses, hacer que los niños lo saludasen... ¡mirad, hijos, al gran hombre! ... ¡miradlo bien, porque puede que nunca volváis a verlo!
Y la comarca parecía nueva, nuevo el aire, nuevos los colores, nuevas las nubes y los árboles, las casas y los campos, y lo que había sido importante y trascendente ahora se contemplaba con desprecio por encima del hombro; el vestido, el ganado, el amante, los bueyes, el dinero, los perros, perdían importancia con la excitación mental producida por la Real presencia, e incluso las reuniones, los juegos, la comida, cobraban un carácter más secundario, todos con el alma y el interés puestos en Sevilla.
Sin duda el mundo entero giraba en torno a la ciudad, y ella, como un foco, lo iluminaba. Todos en Castilleja eran más importantes porque se sentían centro de una expectación, porque con Él afluían expectantes cortesanos, nobles, guerreros, sabios, cabezas privilegiadas que se detendrían observando sus costumbres, sus vidas, porque las tragedias rutinarias, las pasiones de todos los días, los problemas mezquinos, los amores y odios familiares, la vulgaridad de la existencia se veían, en el nítido fondo de la Monarquía, inconsistentes y sin sentido.

En Sevilla en tal ambiente extraordinario saltó a escena el Licenciado Don Pedro Manuel de Céspedes, que ostentaba el puesto en el Cabildo catedralicio de Canónigo Tesorero, señalado por muchos como sospechoso de haber apoyado, en el conflicto que estamos tratando, la segunda versión favorable a Don Miguel Vazquez Forero, mandando imprimir en unas hojas la, según él, verdadera relación de los hechos, y ordenando distribuirlas profusamente por las calles del pueblo. Sus oponentes sevillanos lo criticaban diciendo que no había en Castilleja cavador de viñas que al salir a trabajar por la mañana no cogiese antes que el azadón, el búcaro, la curvilla o el sombrero dos o tres hojas de la "Verdadera Relación De Los Hechos", más aparentes que el clásico puñado de hierbecillas del campo para llevar a cabo la íntima higiene personal matutina. Y añadían sus detractores que en dicho Licenciado Céspedes ya tenía Sevilla al ansiado predicador de sus sueños, capaz de hacer llorar a moco tendido a todas las viejas beatas hispalenses cuando vocease desde los púlpitos las canalladas sacrílegas que, según manifestaba, fray Sebastián había obrado sobre las imágenes de la ermita.
Que todo esto fuera una calumnia contra el Tesorero lo posibilita el bien documentado hecho de que veinte años después don Pedro Manuel ejercía de Juez Conservador del Convento de Religiosos Terceros de Nuestro Padre San Francisco en la capital andaluza, pero... mejor que aventurar hipótesis, atengámonos prudentemente a lo expresado sobre adaptabilidades diplomáticas.

Lenta pero segura, la reacción de las altas jerarquías se hizo patente cuando fray Sebastián fue confinado en Ceuta; aunque, para conformarlo un poco y hacerle más llevadero el exilio africano, le dieron el puesto de Comisario y Conventual del convento de los franciscanos en dicha ciudad y en su obispado.
Allí tuvo oportunidad de afinar sus estudios de cultura islámica, y al parecer ejecutó algunas traducciones de libros de historia. Leía bien el árabe, mas ni lo sabía escribir ni lo hablaba más allá del nivel de un niño de pocos años.
Esa especie de destierro no obstaculizaba que el fraile viniese a Castilleja de vez en cuando, en cortos permisos: por ejemplo, se encontraba en la población aljarafeña el domingo día treinta de enero de 1735, cuando bautizó en Santiago a su sobrino, hijo de su hermana Lorenza de Castro, casada con Julian Antonio de Luque.
Hay que suponer que, con la intervención de las mencionadas jerarquías, don Miguel el vicario no tenía más remedio que permitirle acceso a la pila bautismal, pero por encima de todo se atisban en todos los agentes los aludidos resortes diplomático-políticos.

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Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...