domingo, 20 de julio de 2008

Los caldereros franceses (VI)

Acto seguido, por ser ya la hora, los gabachos se dispusieron a almorzar e invitaron a nuestro castillejano gentilmente; a su aceptación salió uno de ellos al corral en busca de huevos, hallando entre las pajas de los ponederos casi dos docenas; luego se dirigió al pozo e izando un cordel extrajo una chorreante vasija de barro forrada de enea en la que se ponía el vino a refrescar por inmersión en el subterráneo de las profundas aguas. Mientras tanto ya Cristobal Marana había situado con pasmosa destreza en el fuego chisporroteante de la forja —porosas lenguas azules, naranjas, amarillas— una renegrida sartén con abundante aceite que de inmediato comenzó a crepitar, y sacado, mientras silbaba melodías de su tierra, de un armarito rinconero una ristra de prietas chacinas onubenses. Así que comenzaron a freir huevos con chorizo llenando el escenario de un agudo olor a aceite cocinado que se sentía fuerte y áspero en el aire caldeado, al tiempo que el tercer artesano, tan joven como Marana pero de constitución más liviana, iba a paso ligero a la tahona de la calle Juan de Oyega por una hogaza. Perfectamente sincronizado, regresó con el pan justo cuando las viandas calientes estaban recien puestas en los platos, todo ello sobre un derrengado tablero con cuatro patas a la espesa sombra de uno de los olivos en el interior. Habiendo cerrado con la portezuela del mostrador la entrada del taller y retirado la jaula de los pajaritos, se congregaron con completa paz y tranquilidad alrededor de la mesa, brindando con el vino tinto de las jarritas, entre bromas, canciones y risas:
—Pour la santé, le travail et la famille... —y coreaban los cuatro repitiendo las palabras con alegría solemne, ahuecando las voces.
Juan, sin trabajo a causa del encarcelamiento de sus camaradas los hermanos Caro, no tenía ninguna prisa, y dejó pasar más de un par de horas gratamente en tan apetecible compañía.

Empezaba a ceder el calor cuando medio adormilado por la excesiva ingesta de grasas y alcohol despidióse de los tres caldereros y marchó calle Mariquita arriba hacia su casa. Iba, a pesar de la soñarrera, deteniéndose a cada paso para mirar el interior del libro, descifrando trabajosamente algunas frases y extrayendo el sentido a ciertos párrafos. Habían dejado de preocuparle, eufórico, las fuerzas vivas de la población, y se creía capaz de hacerles frente con la única arma de la razón. Se sentía profundamente dichoso, pareciéndole que acababa de tomar posesión de un regalo inconmensurable, de una herramienta valiosísima para interpretar el mundo, la sociedad, los hombres; tenía la sensación de haber sido agraciado con un gran tesoro de sabiduría práctica y útil que le daba una seguridad reconfortante y que hasta le hacía pisar el suelo de la calle con más firmeza. Los fenómenos que ocurrían en Francia podían muy bien ocurrir en Alemania, en Rusia, en Inglaterra... Montesquieu era extrapolable a cualquier lugar en toda la tierra conocida. Pensó en las misteriosas mentalidades orientales, en la estupefacción y reacciones de los franceses al saberse estudiados por gentes tan exóticas, en las intenciones del barón y en su habilidad para, de forma tan inteligente, amena e interesante, ejercer una feroz crítica política y religiosa de su propia nación. Se imaginó a sí mismo escritor de algo semejante, con los españoles murmurando a su paso palabras de respeto, o acaso de rencor o envidia y en sus fantasías cuando se cruzaba con alguien por la empinada calle invadíale un profundo sentimiento de superioridad que se basaba y desarrollaba en y de la posesión espiritual de semejante experiencia lectora. En efecto, el poder de las letras era inmenso, y aquellos ignorantes que deambulaban arriba y abajo por el pueblo no podían ni soñar tan siquiera en las complejidades del mundo y de sus países y sus personas, que ahora y gracias al pequeño librito a él, afortunado entre los mortales, se le desvelaban.

Se detuvo a la altura de la casa del Alcalde Juan Clemente de Luque. Le pareció que había jaleo en el interior, gritos de hombre, sollozos de mujer, y pensó, volviendo a la miserable realidad: "ya están otra vez liados", y mientras su imaginación se rebelaba del brusco despertar, y buscaba a voleo entre las relucientes páginas alguna clave que explicara siquiera de manera somera la casuística de la agresividad entre las personas, como si el librillo encerrara entre sus letras esperando solo a una inteligencia privilegiada —la suya— para descubrirla y ponerla en práctica, la gran y definitiva solución a todos los problemas de la humanidad.

En este estadio de sus divagaciones le sobresaltó la voz de Ramon de la Palma.

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Los olvidados, 12q.

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