miércoles, 2 de julio de 2008

Golpe al Antiguo Régimen (VI)

Rogaban los del Cabildo al cura que se calmase, que podía producirse un motín, pero en vano. Aunque ya eran numerosos los placeños y los de calles cercanas que se habían congregado en la puerta de la escribanía e incluso dentro de ella al sentir el escándalo, estos últimos alaridos de desesperación del vicario acabaron de reunir en el área a prácticamente todo el pueblo, con inclusión de mucha gente de la Calle Real. Conocido feligrés de la Inmaculada como era el Teniente Juan Pacheco, la guerra estaba servida; no las tenía todas consigo en aquel terreno enfrentándose a la cabeza rectora de la parroquia contraria. Habida cuenta de la peligrosa situación, los de su partido intentaron sacarlo de la casa de Cordero, protegiéndolo entre todos alrededor, dado que se veía venir una revuelta de imprevisibles consecuencias. Eran los parroquianos de Santiago los más enardecidos, los que más asimilaban las ardientes arengas que don Miguel el vicario les dirigía, instándolos a defender la integridad santiaguista y la de la Iglesia en general frente al entrometido jefe del Cabildo; ya algunos de ellos, armados de garrotes, empezaban a gritar imprecaciones contra Juan Pacheco y sus regidores mientras don Miguel no cejaba en la atropellada perorata sobre sus derechos pisoteados y sobre los de la parroquia, igualmente maltratados, con las gentes bramando, tan enfurecidas como el cura. Sabía éste que incidir en los intereses parroquiales y presentarse como su protector era la baza que le reportaría prestigio, respeto y admiración. Las claves de su éxito en el pueblo estaban en directa relación con la fuerza con que defendiera el honor de los de Santiago y la independencia de su Hermandad de otros poderes, en este caso el civil. Apelar a ese sentimiento de independencia, tan característico de las hermandades religiosas de Andalucía, le proporcionaría lealtad y obediencia hasta de los más tibios.

Por otra parte necesitaba con urgencia reparar las diferencias que con sus propios parroquianos había tenido meses antes, y ahora se le presentaba la oportunidad de hacerlo. Tenía en la mano la ocasión de suavizar las tiranteces que, quizá debido a su propio temperamento, se habían producido entre él y sus fieles con ocasión de que el Cabildo de la Hermandad celebrase reunión en la Iglesia sin haberle pedido previa licencia. Cuando lo supo, mandó a su notario Juan Vanderleye, tal y como ahora acababa de hacer, para instar a los de la Junta, esta vez con recado de cortesía, a que le solicitasen la licencia que merecía. Esperó en la misma sacristía la contestación, y al momento se presentaron a él los Mayordomos, alegando que "...eran modernos e ignoraban lo que avian de hazer, que esta falta estaba en los Alcaldes que no les avian mandado a pedirla... y assí que se sirviese su Merced de perdonarles su inadvertencia y se sirviese de concederles la dicha lizencia y asistir con su persona a el dicho Cavildo". Don Miguel, con su mirada gélida y su tosca nariz, les concedió licencia desde luego, pero con tono de reproche les advirtió que en lo sucesivo tuviesen buen cuidado de pedírsela, y se excusó —con bastante descortesía— de asistir a la reunión por tener cosas más importantes que hacer. Los Alcaldes Jose de Oyega y Jose Pacheco, este último familia del albéitar ahora Teniente de Gobernador, interpretando esto como un desprecio reaccionaron indignados, exigiendo al vicario su asistencia: éste, que no; aquéllos, que entonces no necesitaban licencia; éste, que no habría más juntas en la iglesia; aquéllos, que la harían en otro lugar; éste, que hiciesen una iglesia donde les diera la gana. Al final, dicha su última palabra, se marchó don Miguel y los Alcaldes la emprendieron con el pobre notario apostólico Vanderleye que no supo retirarse a tiempo, maltratándolo de palabra y culpándolo de lo acaecido, lo cual, oído por el vicario, produjo una descarga cerrada en forma de amenazas de excomunión mayor, a las que tan aficionado era, contra todos los que estaban hablando alto en el porche de templo, mandando saliesen del lugar.Y desde entonces cavilaba el vicario, buscando un remedio que aliviara su situación. Ahora, como hemos referido, pintaban calva la ocasión.

Se palpaba en el aire la tragedia. Los de la Calle Real, silenciosos y envarados, no se perdían detalle de la marcha de los acontecimientos, prestos a saltar para defender a sus representantes.Como en otras muchas ocasiones a lo largo de la historia de Castilleja, se iba a producir un serio enfrentamiento entre las dos parroquias, y si alguien no ponía remedio, probablemente la sangre llegaría al río.

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Los olvidados, 12q.

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