Don Miguel Vazquez Forero acabó el oficio de difuntos, dejando al viudo Casasnovas en el Carnero, aquel depósito reseco de chichas y mondongos apergaminados que cuando palpitantes y cálidos tantas pasiones desataban; pensó mientras cruzaba el porche y penetraba en el fresco y umbrío recinto de la iglesia, respirando a pleno pulmón, que el que come la carne debía roer los huesos, mientras oía los lloriqueos del viudo despidiendo los despojos que quien tanto placer le había proporcionado en los pocos años de matrimonio. No llegaban a seis los que estuvieron casados Mariana y Pedro, calculó el cura mentalmente, repantingado en su lujoso sillón de estilo rococó en la sacristía, recordando a la difunta. La muerte y siempre la muerte; no hay nada más. Él mismo los casó, y en esta misma iglesia.
Encontrábase sólo en la estancia porque el sacristán había salido a hacer gestiones en la capital, de forma que se incorporó y, preparado el recado de escribir, extrajo de un armario desvencijado un viejo libraco forrado de grueso pergamino, se acomodó en una mesita de pino en un rincón bajo los extraños colores, rojo, verde, azul, amarillo, de una vidriera que cubría un ventanuco mudéjar abierto alto en el muro de occidente, y se dispuso a elaborar la partida de defunción, auxiliando a su memoria con unas notas que en un papelito previamente llevaba apuntadas.
Tenía tiempo hasta que lo llamaran para almorzar, por lo que pudo seguir con su costumbre de leer la última defunción anotada, como buscando una continuidad metafísica en las perentorias llamadas de la Parca, acaso alguna ley que le desvelara aquel misterio inconmesurable y rutinario de la desaparición de las personas. Murmuraba bisbiseando mientras pasaba la vista y el pálido dedo índice de uña recortada por los renglones iluminados por los coloridos cristales, reconociendo su propia escritura como algo entrañable, tal una compañera fiel que ya era parte de él mismo y que le brindaba, como un buen vino, una agradable seguridad:
"Entierro de Maria Gomez; Fábrica, 24. En dos días del mes de Mayo de mil setecientos cuarenta y seis años di sepultura eclesiástica al cuerpo difunto de Maria Gomez, mujer que fue de Manuel Salado, vecino de esta villa; murió de repente sin hacer diligencia alguna, y el dicho su marido la mandó enterrar como pobre, y para que conste así lo firmé. Don Miguel Vazquez Forero".
En cierta manera movido por esa desconocida fuerza que empuja al coleccionista, cargó de tinta la pluma y comenzó a escribir al margen izquierdo del inmaculado resto de la página: "Entierro de Maria Ana de la Peña". Escribir el nombre de una persona, pensó, es darle una identidad que el tiempo no destruirá ya nunca, pero cuando se trata de una persona fallecida, se paladea el poder y el triunfo, como si se la resucitase para siempre jamás; además la vuelta al mundo era mujer, o sea, gran desconocida, entelequia fantasmal de aquella sociedad de hombres. Siguió: "Fábrica, 24". Todo no es espiritualidad, y de unos maravedís aquí y otros allá componía los manjares de su mesa todos los días; sus feligreses tenían la obligación de mantenerle materialmente, así había sido por los siglos de los siglos. Y comenzó con el cuerpo central del registro: "En 10 de Agto. de mil setezs. qta. y seis as.". La fecha era el roblón con el que, en cierta manera, sentaba para la posteridad su existencia el propio amanuense; rebelde por método, puso con número el día, a pesar de las advertencias del Abad de Olivares, que había llegado a amenazar con multa de ocho ducados a los párrocos de su jurisdicción que no escribieran con letra las fechas; no le importaba a don Miguel porque había comprobado que nadie en ninguna parroquia lo hacía. Grafiaba las abreviaturas de forma mecánica, intuyendo que en ellas reflejaba su personalidad. Siguió manejando la pluma: "...dí sepultura eclesiástica al Cuerpo difunto de María Ana de la Peña". Capitalizó Cuerpo mientras aparecían en su mente como un relámpago las rotundas formas que en vida poseyó la mujer del gallego, pero apagó su concupiscente deseo acentuando casi con furia María, como si con la tilde le penetrase la vagina; "... mujer que fue de Po. de Casas Novas, vezo. de esta Va. de Castxa. de la Cuesta", y aquí se complació en el verbo en tiempo pasado, abreviando y despedazando con desprecio el nombre del viudo, casi con la crueldad que producen los celos.
Siguió, sumergido en lo profundo de su consciencia, habitante de otra esfera, escribiendo.
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