sábado, 19 de julio de 2008

Los caldereros franceses (V)

Habíamos dejado a Juan de Vallecillos esperando.
Al rato su amigo se le acercó, y entonces le enseñó el libro: era Lettres Persanes, de Montesquieu; el joven francés se interesó vivamente por el tomito de pastas estampadas con letras doradas.
Se llamaba Cristobal Marana, y tenía otro hermano en Sevilla, Bernardo, que ocasionalmente venía al taller a echar una mano cuando el trabajo se amontonaba. Cristobal Marana el calderero tenía el ojo derecho turbio, como una mancha verdosa y traslúcida sin iris ni pupila. Le ocurrió un percance no como era lo común entre ellos, que por lo general exhibían algo en la visión de esta manera, alguna cicatriz en el rostro, varias uñas chafadas o acaso un par de dedos medio amputados como consecuencia de sus tareas específicas; él en cambio inopinadamente quedó tuerto ejerciendo tarea de albañil: abría huecos con martillo y cincel para colocar una estantería, exactamente la que ahora servía de observatorio al gato níveo, cuando una esquirla traidora de duro ladrillo cocido le perforó el globo ocular borrándole al instante medio mundo.
Con la melena suave caída como una refulgente cortina de flecos de oro sobre el lado de la cara intentaba vanamente disimular su defecto aunque, por otro lado, apenas le afectó el accidente en su vida diaria, porque al poco tiempo se desenvolvía con completa normalidad.
Cogió el libro tras lavarse en un barreño y secarse con una toalla las manos, lo sospesó con movimientos de experto, lo abrió dejando pasar con rapidez las hojas como quien maneja una baraja de cartas y explicó a Juan Vallecillos que la edición que traía estaba incompleta, porque aunque incluía tres nuevas cartas omitía trece.
Le habló de la teoría antropológica del barón sobre las influencias del clima en los grupos humanos, aunque suavizando el desprecio que sentía el filósofo por las gentes del sur.
—Si etait venu en Andalousie a travailler en face de un horno en plein agosto no pas ne pensaría pas en esa forme —apuntó el cortador de chapa del mandil de cuero, solidarizándose con sus hospedadores meridionales; la cruda experiencia le había enseñado que bajo las duras condiciones del verano en la región era imposible efectuar una producción normal sin dejarse la salud en el intento.
Asintió Vallecillos sacudiendo la cabeza en señal de conformidad, tras haber comprendido el galimatías en que se expresaba el del destrozado delantal, un hombre grasiento, de voz gargareante y de ojos enterrados en unos rojos mofletes inundados de sudor.
Cristóbal Marana añadió que Montesquieu no había viajado, sino que todo lo había deducido apoyándose en sus lecturas de libros de exploradores:
En realité Montesquieu ega muy poco voyageur... apeine salió de sa región...
Y acto seguido el improvisado traductor se extendió sobre el contenido del libro, informando de los nombres y las intenciones de los turcos viajeros en Francia de los que Montesquieu se sirve para ofrecer un panorama objetivo e independiente de la sociedad, las costumbres y la cultura francesas. Era un hombre instruido nuestro batidor, aunque algunas de las palabras que intentaba articular en español requerían de la corrección amigable de Vallecillos.

Se oyeron mugidos en la Calle. Desfilaba lenta una larga caravana de carretas bueyeras, cada una con una verdadera torre de rugosas corchas de alcornoque tambaleante entre largos varales. Los garrochistas se desplazaban con las amenazadoras hijadas buscando las sombras de las casas, hoscos y barbudos, apesadumbrados como si fueran ellos los que llevasen las cargas sobre sus hombros, o como si un destino maldito los hubiese marcado despiadadamente con una desesperación irredenta. Los animales, en los ojos y a pesar de la fuerte luz del mediodía el reflejo ancestral de la noche y la luna con las que antigüas civilizaciones los asociaban en sus creencias simbólicas, hundían las pezuñas en el polvo abrasador y vacilaban babosos tirando de sus cargas cuando las ruedas se enterraban en alguna de las trampas de fina arena que plagaban la vía. A los mugidos y como aterrorizados por el magnetismo selenita de las bestias los pintados guilgueros de la calderería comenzaron desaforadamente a trinar hasta que la última galera se perdió cuesta abajo camino de la capital.

Aprovechando el silencio que se había establecido entre ellos al paso de las carretas, por fin el glosador montesquiano dio por terminada su lección.

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Los olvidados, 12q.

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