—Por estos parajes siempre ha habido influencias de espíritus malignos... y quienes tan mal hablan del pobrecito don Bartolomé deberían antes pasarse por la pila de agua bendita... para limpiarse de ellos —y se detuvo un momento para recuperar el aliento.
—El mal ya está hecho. Ahora nadie podrá restituir la fama de nuestro amado cura —observó con pesimismo el notario, individuo casi tan grueso como el padre Sebastián, mientras, jadeante, también se detenía a respirar.
—Yo tampoco creo que escandalizase a ningún pequeñuelo— abundó en las opiniones el tercero de ellos, un hombre joven y delgado, con el rostro tachonado de barrillos rojizos.
—Contábame mi abuelo, —continuó el fraile—, que había oído de sus mayores que en los pliegues de estas escabrosidades habitaban genios perversos que podían volar con alas o reptar tan rápido como culebras, o con formas de niebla ardiente encarnarse en seres humanos o en cualquier animal; por eso los mahometanos respetaban todo género de vida, y cuando encontraban un insecto en sus sembrados tomábanlo cuidadosamente con los dedos y lo depositaban en el exterior del huerto.
El canto estereofónico de los grillos en aquella noche de agosto pareció corroborar las palabras de fray Sebastián.
—Los amziuen eran fantasmas enormes y antropófagos, ávidos de sangre y de carne blanda, —continuó hablando de las historias oídas de niño, que había tenido ocasión de acreditar con versículos coránicos estudiados concienzudamente, utilizando un tono de voz académico para dar más verosimilitud a sus palabras—, y la esposa de uno de ellos, Aaicha Kandicha, vivía en riachuelos como este que vemos ahí abajo, escondida en los grupos de árboles; se la reconocía por sus pies como pezuñas y sus manos de dedos largos y afilados, pero podía adquirir un aspecto enormemente seductor con grandes ojos negros y una voz celestial para acercarse al caminante so pretexto de ofrecerle agua, atraerlo con insinuaciones y arrullos y hundirlo en el fango de un vado. Estas horrorosas quimeras de cuerpos cubiertos de pelo, de patas larguísimas y ojos orlados por espesas pestañas podían aparecer hasta en locales cerrados... —guardó un momento de silencio— ...cuentan que... al saber que Kandicha podía transformarse en una vieja encorvada con los largos senos echados a la espalda sobre los hombros, algunos se desilusionaban, pero otros que la habían conocido atractiva y encantadora y que querían gozar de su protección le cogían una de las glándulas mamarias y chupaban ansiosos...
El notario y el joven pensaban, independientemente uno del otro, como por telepatía, en el hallazgo unos meses antes del esqueleto de un cetáceo enterrado en la barranca e iban a interrumpir la charla de fray Sebastian para preguntarle su opinión, pero no hubo lugar.
Llegaron por fin a la cima. Les recibió una brisa atlántica, de las que atravesando toda la provincia de Huelva cargaba la comarca de iones positivos, de olor a mar y del optimismo exultante de las velas hinchadas en los galeones de Indias rebosando oro y plata, preñadas velas que hacían ociosos los remos de los condenados, fuerza transmitida a la población, flotando como una bienaventurada promesa en las agradables rachas perfumadas de sal.
Recordaba al ver la ermita fray Sebastián a su padre, Roque de Castro, y las cuestiones que sobre su empadronamiento tanto le preocupaban, a las que se refería con frecuencia en el ámbito familiar. Roque cumplía con la Iglesia en Camas, aunque a veces se le empadronaba en Castilleja, otras en las dos parroquias, y otras en ninguna de las dos, pero según la documentación encontrada todo hace corroborar que, como se dijo anteriormente, era más castillejano que cameño; sus antepasados están en los registros parroquiales de Santiago, y existe una certificación para el pago de limosnas a Su Majestad el Rey que firmó él con trazo tembloroso en la que se le contempla como Receptor de la Bula de la Santa Cruzada en la predicación del 20 de marzo de 1709 en Castilleja. Tenía algunas posesiones inmuebles a medias con su mujer Juana Robles, madre de nuestro fraile: una aranzada de viña de primera calidad en el pago de El Algarrobillo, en el Señorío Antiguo castillejano.
Entraron, tras hacer que el santero les abriese, en la blanca ermita y a la tenue luz de un cadil el franciscano redactó nerviosamente un inventario detallado de cuanto allí había como primer paso antes de volver al siguiente día para proceder a cumplir el mandato. Pero al dicho día siguiente muy temprano sus propósitos eran conocidos por el vicario don Miguel, avisado por el ermitaño guardián como el rayo, y no tardó en presentarse en Guía acompañado de sus secuaces, que cargaron en carro con ardales suplementarios toda la imaginería y objetos para, en un santiamén, volver y depositarlos a buen recaudo en la iglesia de Santiago.
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