Era intención del general de Napoleón, estaba claro, involucrar a sus peones en la dominación del país, y motivarlos en sus actitudes policíacas y en sus conductas opresoras.
No debemos perdernos en nuestra escapada por estos agitados albores decimonónicos, cuando los hacendados afrancesados de Castilleja confraternizaban con los soldados de la Grande Armée en la tasquilla de Guía que vió las libaciones de Juan de Vallecillos, boyero aficionado a los libros, y Ramon de la Palma, anciano anacoreta. Regresemos ahora, con la prevención de lo ya conocido, al meollo castillejano del nuestro Siglo de las Luces. Demos tiempo al tiempo, que él con su imperceptible fluir se encargará de presentarnos como en bandeja de plata los terribles y sangrientos hechos protagonizados por el soldado Pierre de Amano, nieto de un calderero fallecido en el Hospital de la Caridad, y por algunos de sus conmilitones de una parte, y varias familias de antigua cepa castillejense de la otra, hechos ocurridos cuando la presencia de las fuerzas francesas en el Aljarafe tocaba a su fin.
Mas, a modo de solución de continuidad en nuestro regreso al punto de partida, anotaremos que la cabaña había ganado en calidad de factura, contando ahora con más amplitud, un suelo de tierra apisonada, unos muretes de ladrillo hundidos en respetables cimientos sobre los que se erguían auténticas paredes de tablones, y un techo de vigas y tejas a prueba de chaparrones... ¡ah! y en el invierno una chimenea rinconera cuya columna de humo atraía viajeros a una legua de distancia. Así estaba en 1810 lo que en el siglo anterior fue mísero cobertizo de palmas trenzadas en una tosca estructura de palos.
A la calderería de la Calle Real llegó una mañana de septiembre de 1746, pocos días después de la visita de Juan Vallecillos con el libro del barón de Montesquieu, un carro cubierto con una lona del que tiraba una mulilla trotona, escoltado por dos hombres en sendos jumentos. Se detuvieron en la puerta, hablaron con los artesanos y descargaron entre todos a un ser doliente, un puro gemido sudoroso y pálido, acostado en gruesa manta cuyos bordes agarraron las muchas manos de los presentes para transportarlo al interior; sorteando cacharros y pisándose unos a otros pasaron a duras penas por el portillo, lo subieron con cuidadosas maniobras entre los cuadrúpedos por la empinada escalera y acostáronlo en el mejor catre del pajar-dormitorio.
Era Bernardo Marana en el último estadio de una infección sifilítica. Ni siquiera podía distinguir entre los accesos de fiebre y los dolores de cabeza el rostro tuerto de su hermano Cristobal inclinado sobre él, ofreciéndole agua, limpiándole el sudor, susurrándole palabras reconfortantes. Estaba seriamente enfermo. Las espiroquetas del "mal de la bubas" habían alcanzado su cerebro, desorganizándoselo de tal manera que se le manifestaban continuos y fuertes ataques de locura, potenciados por los efectos venenosos de los vapores de mercurio que los médicos le habían venido administrando durante los primeros síntomas, hasta que se decidió traerlo a respirar aires más saludables que los de la congestionada ciudad. Había perdido gran parte de su cabellera y padecía numerosas llagas en las extremidades.
Bernardo fue asiduo visitante de las sucias tabernas de la calle de la Pajería y de los cálidos cuerpos de las pupilas del Compás de la Laguna casi desde que llegó a Sevilla, como tantos otros artesanos inmigrados que no encontraban otro recurso para el desahogo de la líbido exacervada que el clima y la idiosincracia de Andalucía acumulaba en sus organismos que solicitar servicios de unas prostitutas malamente controladas, hechas a anteponer la ganancia de un par de reales a la salud de sus clientes o, simplemente, criminales por vocación.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
No hay comentarios:
Publicar un comentario