Marchaban Juan de Vallecillos y Ramon de la Palma hacia la mísera tabernilla junto a la ermita de Guía, este último entristecido por lo que se había visto obligado a hacer aquella mañana con el agonizante animalito.
Por el Camino Real bordeado de gigantescos árboles las sombras de los dos caminantes se alargaban desmesuradamente, adquiriendo aspecto de deformados peleles de zapatones descomunales y minúsculas cabecillas que actuaban con desarticulados movimientos. Se cruzaban de cuando en cuando con algún jinete deslumbrado, con algún caminante apantallándose con la mano abierta sobre las cejas. Al fondo de la verde Vega la ciudad parecía de oro bajo un altísimo lienzo de puro azul que se confundía con los horizontes añiles y cárdenos. Todo era grande para ellos, todo se ampliaba al salir de los espacios entre opresivos edificios de la población, que parecían querer aplastar a sus habitantes en comparación con las dilatadas anchuras que se abrían a sus pasos expandiéndoles el alma.
En la atmósfera zigzagueaban miríadas de mosquitos que cobraban calidad de joyas al ser tocados por los rayos ya suaves y rasantes del sol poniente y un fuerte olor a excrementos vacunos se imponía sobre los aromas de tierra recién arada de las viñas, de seco pasto de los olivares o de acequias en los sembrados adyacentes. En efecto, a cada trecho en el polvo de la carretera aparecían enormes boñigas de buey en proceso de endurecimiento, las cuales todavía se disputaban moscardos y tábanos zumbando y saltando sobre ellas y gran copia de brillantes y afanosos escarabajos carroñeros —estercoleros, peloteros, enterradores— evolucionando con sus palas en los abruptos bordes de las enormes deposiciones. Juan y Ramon anduvieron con precaución por el filo de las gavias excavadas a modo de cunetas, en las que florecían matas de malvas y borrajas y espesos macizos de jaramagos.
—Lleva cuidado, Ramon.
—Por la cuenta que me trae. Son de los de Huelva, de los corcheros de este mediodía; conté las carretas desde Las Escaleras: cuarenta y nueve.
—No está mal —opinó lacónicamente Juan Vallecillos.
—Mañana estarán de regreso.
—¿Mañana? Esta noche mismo las sentiremos pasar...
—No creo que el mosto nos deje muy despiertos... —apuntó objetando con ironía Ramon. Iba más alegre ya, golpeando las floraciones de cobalto y cobre de las borrajas con su bordón y pensando temas de conversación para el contubernio que se avecinaba.
Empezó a hablar, nada más sentarse en los toscos bancos de la explanada, so pretexto de la reciente visita de su compañero a la calderería:
—Los franceses son gentes más bien... reservona. El primero que se me viene a las mientes estuvo trabajando conmigo haciendo la carretera entre la ciudad de Quebec y la de Montreal; habíamos dejado el tráfico de pieles porque se ganaba más dinero con el pico y la pala desmontando cerros. Era un tío bajillo "el Chivi", como le decíamos, con barba rubia. Y valiente, capaz de andar cinco leguas con nieve hasta las rodillas.
Juan de Vallecillos recordó con estas palabras las blancas montañas granadinas, que había visitado una única vez con ocasión de acompañar a una recua portando sacos de cebada hasta las sierras de los Filabres.
—Llegó un barco bacaladero vasco y le perdí la pista.
—El Chivi —recalcó tras una pausa.
Ramon se limpió las barbas con la manga mugrienta y observó con disimulo la actitud de su amigo. Levantaron las jarras y bebieron largamente el mosto de oro paladeándolo, ya desde su visión en el fondo oscuro y fresco de los recipientes, con ojos y olfato, boca y garganta, esófago y vientre, como si sus cuerpos se hubiesen convertido en todo un solo órgano gustativo, y luego esperaron que el alcohol percolara todos sus rincones hasta sentirlo tras la cara hirviendo en la cabeza. Era Ramon de la Palma borracho esporádico, de cada tres meses, durante los que se limitaba a trasegar nada más que agua fresca de pozo. Parecía como si los cambios de estación, con sus melancólicas evocaciones, le produjeran un irresistible prurito por perder la conciencia de su vida presente, tan cerca de su final que ya no merecía ser recordada.
Solía acabar sus cuatro adoraciones anuales a Baco tumbado bajo un árbol en cualquier paraje, o recostado en el cantillo de cualquier callejón, revuelto en babas y vómitos, y eran los picotazos de los moscones, el rocío helado empapándole las ropas o el golpe repentino del sol tras los párpados los agentes que le obligaban a emprender otra vez sólo la marcha autómata del reloj vacío de sus días.
Desde la cabaña, a treinta metros de la ermita, se dominaba toda la cuesta, continente de denso fondo de altos matorrales y cañaverales verdes habitados por avecillas que en bandadas subían y bajaban a ras de los barrancos persiguiendo mosquitos. Al final de la carretera en mitad de la panorámica apertura de su extremo veguero se erguía el cerro del Carambolo con su espesa cabellera de pinos resineros y tras él, la llanura del Guadalquivir aparecía sembrada de pueblecitos blancos. A la derecha, los plásticos cabezos de la otra Castilleja, la de Guzmán, recortados en la lejanía, como moldeados por la mano de un artista feminoide, hacia lo alto de cuyas pálidas laderas trepaban formaciones de olivos oscuros y por el lánguidamente verdiazul poniente más ondulantes campos olivareros que se perdían en el contraluz del término de Valencina.
Cruzó saltando por el Camino Real un conejo perdiéndose en las sementeras de Tomares.
Los dos bebedores guardaban silencio.
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1 comentario:
Yo también guardo silencio,
pero es un silencio admirado.
Y admirador.
Aquí has mencionado a mis amigos, loa jaramagos,
qué alegría.
He visto el campo, y también entiendo la inclinación de este hombre por perder la conciencia sobre su vida presente en cada cambio de estación.
Jo, qué bueno.
Un abrazo de la misma .
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