El maestro boticario Salvador de los Reyes, administrador local del opio que alabó Avicena y que como una bendición esperaban los doloridos del pueblo, vio la muerte de su primera esposa, estéril al parecer, y contrajo segundas nupcias una florida primavera de 1740 —mares de amapolas, olas de jaramagos— con una heredera de la más rancia tradición inquisitorial del pueblo: Josefa de Rojas. Su padre y su abuelo habían sido Familiar del Santo Oficio el primero, aterrorizador hasta de los gatos en Castilleja, y Oficial del horrendo castillo de San Jorge en Triana el segundo, organizador de amplia y poderosa red de influencias en todo el Alfarafe. Ello hacía que Salvador, de clara ascendencia judía, se autopercibiese con su nuevo matrimonio en un estado de equilibrio imprevisible en su vida diaria, percepción que le había sedimentado en el alma una filosofía de la precariedad y del aquí y ahora muy acorde, por otro lado, con la propia mentalidad de la sociedad andaluza, pero que en su caso llegaba a repercutir con más intensidad y hondura por ser mala, si no nefasta, tal ideología para una persona en cuyas manos estaba la integridad, la salud y el bienestar físicos de la comunidad, ya que ejercían estos boticarios, en detrimento de los cirujanos, la mayor parte de la tarea de contrarrestar los males y enfermedades azotes de la vulnerable población.
Tenía Salvador sobre un cuerpo esférico de no muy grandes dimensiones sino más bien al contrario, una cabeza cuyo enorme cerebro parecía con su peso haber aplastado contra la mandíbula inferior ojos, nariz y boca, apenas dejándoles espacio en la cara, todos juntos apelotonados en la parte baja del extraño rostro. Además jadeaba continuamente como si dicha distribución de órganos faciales le oprimiese también la garganta, pronunciando roncas palabras que creaban cierta ansiedad en sus oyentes.
Acababa de preparar una de las pócima sedantes en su botica vecina a la Cárcel, casita de una única sala, estrecha, oscura, húmeda y profunda, perteneciente a los mismos De las Cuevas del clan de los escribanos que albergaban a Ramon de la Palma en el corral. La al presente botica había servido antes como cobertizo para guardar herramientas hasta que la segregaron para destinarla al alquiler. El boticario trabajaba según la receta de Thomas Sydenham, "el Hipócrates de Inglaterra": "Tómese vino de España, 1 libra; opio, 2 onzas; azafrán, una onza; canela y clavo en polvo, de cada uno un poco; hágase cocer todo esto a fuego lento, al baño maría, durante dos o tres días, hasta que el líquido tenga la consistencia necesaria; fíltrese luego y guárdese para hacer uso."
Cuando iba a ver al chancroso y atormentado franchute recordaba siempre que era precisamente la Inquisición la que, en los años del Medievo, había estigmatizado el uso del opio por su procedencia turca y no por otras mas sólidas razones. Convertido en láudano por el añadido del alcohol que contenía el vino de España de la receta, sentía el peso del frasco de vidrio en su maletín, pensando en la infinita estupidez humana, heredada por su suegro el inquisidor, progenitor de su no menos infinitamente estúpida esposa; aunque también consideraba que en 1718 y en 1735 había sido prohibido en Francia, precisamente. En todas partes cuecen habas, y de inmediato se decía: "el mundo es así: vamos para adelante".
Si Salvador hubiera nacido doscientos años después le habría causado no poca sorpresa saber que en una cueva de Andalucía se habían descubierto, contenidas en un artefacto religioso, cápsulas intactas de la amapola de la morfina con cerca de 6.000 años de antigüedad.
Llegaba a la calderería dos veces diarias, a media mañana y al final de la tarde, bajando por la calle de Hernan Cortes, antigua Mariquita, con sus pasitos cortos y la vista clavada en el suelo, y saludaba cariñoso con una caricia en la cabeza al hijo subnormal de Juan Clemente de Luque que tomaba el sol en su puerta:
—¡Adiós, barbián! —y el anormal respondía con fuerte vozarrón —¡¡Ayyyyy!!
Deseaba buenos días con toda la afabilidad que le permitía su ronquera a los batidores, daba en la cuadra una palmadita en el lomo de un mulo, subía torpe la escalera y, sentado en un taburete al lado del enfermo, le suministraba media cucharadita del espeso líquido levantándole la cabeza para hacer que se la ingiriera con facilidad. En ocasiones Cristobal subía con él para informarse sobre el estado de su hermano. Los primeros días, afectado en extremo, el tuerto había perdido el apetito y apenas se sentía con ganas de empuñar el martillo; poco a poco fue haciéndose a la idea de la nueva situación, y al cabo de las semanas efectuaba vida normal, habituado a atender al enfermo como otro trabajo más de los que realizaba diariamente. Los efectos comenzaban un cuarto de hora tras la ingestión, pero para entonces ya Sebastián subía la calle hacia la Plaza, "¡Adios, barbián!", y continuaba con sus labores rutinarias, o marchaba al campo a charlotear con su gran amigo el veterinario Juan Pacheco de Castro.
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