Cuando los perniciosos alcaloides del opio llegaban al cerebro delirante de Bernardo Marana ocupando la función de sus agotadas endorfinas todos sus sentidos volvían, en cierta manera, a su estado natural; comenzaba por ver y oír mejor, y hasta distinguía algún aroma del tazón de caldo, algún lejano efluvio de las orinas de la cuadra.
Por el ventanuco alargado enfrente de su lecho el variado paisaje tomareño tras el Camino Nuevo adquiría colores nuevos, y los días claros y soleados sentía, bajo los efectos del narcótico, algo parecido a alegría de vivir. Entonces cerraba los ojos y caía en un letargo alucinado. Un día sí y otro también terminaba durmiéndose con lo que su maltrecha cabeza interpretaba como música de innumerables campanillas, —que así oía los martillazos en los yunques—, y se le aparecía con toda claridad la Inmaculada flotando en el cielo limpio del mediodía, con una larga túnica de fondo celeste profusamente bordada en oro, aureolada de rayos cristalinos y estrellas de plata y luminosamente coronada. Le transmitía la hermosa aparición ideas que repelían cualquier verbalización pero que eran tan consoladoras como pudiera serlo el puro amor y la bondad pura, y el rostro demacrado del desahuciado respiraba placer y dulzura gozosa sobre la almohada.
Otras noches, por el contrario, merced a las reacciones secundarias del medicamento, a las grasas de los cuencos de espeso caldo de gallina con que se le alimentaba y a la propia demencia originada por la vergonzante enfermedad, la celestial y esperanzadora visión aparecía, sí, pero para convertirse cuando más confiado estaba en insoportable pesadilla, con una virgen que si bien entraba en su mente con su amable forma bondadosa y llena de piedad y esperanza, al momento se transformaba en la arpía infernal más espeluznante que imaginarse pueda, y roja, ardiente de ira y entre amenazas, insultos y escupitajos blandiendo sus zarpas ensangrentadas de uñas de buitre prometía al sobresaltado durmiente todo un cosmos infinito de tormentos físicos y espirituales tales que la mente de un dios de la suprema perversidad no pudiera ser capaz de pensar.
Y así pasaban las semanas y los meses. Llegó el triste otoño y se prodigaron sobre el pobre techo de la calderería los chaparrones y aguaceros de estrepitoso ruido. Luego, el invierno. Todo estaba muerto, y por los caminos neblinosos no transitaba nadie. Las largas noches no contemplaban más que puertas y ventanas cerradas. La Navidad fue amarga, silenciosa. El frío mordía todo a su paso y las gentes parecían haber olvidado, como si nunca hubieran existido en sus vidas, flores, pájaros, risas y mariposas.
El globo terráqueo giraba pesado y ciego por el espacio, insensible a las tragedias que se desarrollaban en su vieja superfice, ajeno a los sufrimientos de sus insignificantes ocupantes. Lo que lo movía en su impetuoso lanzamiento nada tenía que ver con injusticias humanas, hados benéficos o suertes y predestinaciones. Por una ironía del destino, el primer hospital de tratamiento de enfermedades venéreas, el London Lock Hospital, se abrió en la Grosvenor Place de la capital inglesa este invierno, el 31 de enero de 1747, atendido por una sociedad de caritativos voluntarios, y de inmediato, algo repugnante que condenaba a saludables y magníficas personas a un lazareto comenzó a ser dominado, consiguiéndose victorias definitivas sobre la enfermedad desde los primeros tiempos; mientras el calderero francés Bernardo Marana, cuesta abajo en un penumbroso pajar de un ignorado pueblecito, se precipitaba sin remisión al desconocido vacío de la muerte.
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3 comentarios:
Joder
qué putada me acaban de hacer los cabrones de Blogger, te había dejado aquí un comentario larguísimo sobre lo mucho que me gusta leerte,
me había extendido apasionadamente sobre tus recreaciones y he aquí que al darle a publicar, me dice que no funcionaba temporalmente, te imaginarás que me he acordado de la familia completa de quien lo inventó y sin necesidad de estudios genealógicos...
pero bueno,
te decía que me he acostumbrado a leerte , este ratillo de lectura vertical,
que me siento más sabia después de leerte ,
por mucho que todo lo que he leído en mi vida podría alcanzar un peso considerable, no retengo los datos más que unos pocos meses...
pero ahora, recién paladeado, me encanta haberme metido a languidecer con este calderero sifilítico de la mano de tu pluma.
Te decía que por favor, te busques un editor,
ya.
Te decía que me encanta saber cosas de todas estas vidas que pasaron por aquí y que arrasó el ´fárrago de la historia, como nosotros seremos arrasados también.
Te daba las gracias por la cita de los jaramagos y las amapolas.
Te daba , te daba ...
también la enhorabuena.
Un beso grande.
Cojones con los del Blogger.
Hay que tener ojo, porque avisan de suspensión del servicio por mantenimiento, aunque el horario que indican no es el nuestro.
Me hago cargo de lo que es que te borren un comentario; como si despreciaran los dictados de tu corazón.
En cuanto a mis historias castillejenses, una vez leí algo que desvalorizaba a los grandes hombres y a las crónicas que suscitan.
En todo caso, me siento más influido por mi padre o mi abuelo que por ellos (el uno porquero y aguador, el otro mísero jornalero hambriento).
Para mí, así como para muchos teóricos de la historiografía, es más importante la historia de las gentes corrientes y la de la vida diaria.
Pongo entre paréntesis ese lugar común tan gastado ya de "hombres que cambiaron el curso de la humanidad". En una de las pocas cosas que coincido con el filósofo Fernando Savater es en lo que nos contaba en la Facultad de Filosofía de Sevilla, en un seminario hace un porrón de años: "la noticia más importante que se puede leer en el periódico es del tenor de: Se le ha declarado a usted una leucemia". Así funcionamos, y las leucemias son las mismas en los palacios y en las cabañas. Como tengo más cerca a los porqueros y aguadores... ¿para qué me voy a meter en camisa de once varas?
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías...
que yo pensaré en mis tías
y en mi abuelito paterno.
Por eso escribo más de Bernardo Marana que del mariscal Soult (aunque ése era de origen humildísimo y se alistó en el ejército para buscarse la vida; dicen que desafiaba la guillotina de los políticos, al contrario que sus compañeros generales y jefes, y que esa audacia le valió continuos ascensos; a pesar de todo, creo que seguía buscando en los periódicos la noticia de su leucemia)
Reyes, un beso y un abrazo
Claro, claro, estoy de acuerdo contigo, es lo que llamaba un sabio la "intrahistoria ", quién era , Ramón Gómez de la Serna o Galdós...o ninguno, jejeje, que cuando cito me arriesgo...
la historia de las gentes , nada más y nada menos.
Tú eres un maestro, no se hable más.
Besos.
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