Luego, en ceremonias clandestinas, muchos moriscos, particularmente de la capital hispalense, pero también los de las villas cercanas, venía a enterrar a sus difuntos en noches sin luna al horm, o terreno sagrado alrededor de la tumba del santón, recelosos de cualquier sombra y estableciendo centinelas en derredor mientras concluía la inhumación, impracticables los antiguos sacrificios rituales de gallinas, carneros, bueyes y hasta dromedarios por el temor a ser descubiertos, con cuyas carnes como regalo obtenían en otros tiempos más favorables las bendiciones sagradas del pío eremita. Ni que decir tiene que éstos y todos los demás ritos y ceremonias pronto hubieron de ser abandonados ante la presión inquisitorial de los nuevos dominadores.
Existe una reseña histórica que, aunque ya decimonónica, nos puede añadir pinceladas de color al escenario:
Existe una reseña histórica que, aunque ya decimonónica, nos puede añadir pinceladas de color al escenario:
"Al término de ella [Castilleja de la Cuesta] y sobre una pequeña esplanada, á poca distancia de la población, vése una Ermita solitaria, en derredor de la cual vegetan con vigorosa lozanía, arboledas, viñas y pagos de olivares, quedando ella como pequeño tomillo, casi oscurecida bajo la sombra del espeso follaje de copudos álamos, envuelta entre sus verdes y frondosas ramas. Aquel pobre Santuario, como tantos otros de los que se vén en los caminos ó á orillas de los mares encierra una Imagen augusta y milagrosa de la Madre de Dios, de las que veneraron los antiguos cristianos antes de la invasión de los sarracenos."
En su torpe afán de recuperar idealizadas edades de oro cristiano-visigóticas y a la vez borrar de la memoria colectiva la presencia del Islam, el cronista autor del antecedente párrafo editado en 1891 se está refiriendo en él con desbordante fantasía a un hecho supuestamente milagroso ocurrido una tarde de mayo de 1525 a don Rodrigo Ponce de León, primer duque de Arcos de la Frontera, con apariciones de estatua resplandeciente incluído. Ciertamente fue este aristócrata quien mandó construir a sus expensas —sobre el antiguo cementerio musulmán— la ermita de Nuestra Señora de Guía. Pero en realidad era un especulador en edificios antiguos y como tantos otros prohombres de la época, prolífico constructor de iglesias y capillas, a las que dedicaba buena parte de su fortuna persiguiendo alabanzas de sus coetáneos y permanencia en la historia una vez llamado para el postrer tránsito.
Aquella tarde de mayo hizo con un par de amigos uno de sus muchos viajes a la cornisa aljarafeña desde Sevilla, donde tenía su residencia, con la intención de redondear las negociaciones que había iniciado con el Cabildo castillejano para adquirir un antiguo caserón con el que, diversificando sus aventuras inversionistas, quería introducirse en la industria del mosto construyendo una hacienda con lagar para exprimir uvas.
A la vuelta de su reunión con el Teniente de Gobernador y regidores enfiló cuesta abajo por la quebrada la carretera de acceso al Aljarafe que los ingenieros sevillanos inverosímilmente sostenían sobre una cama de pedruscos en la ladera oeste, no sin antes fijar codiciosamente sus ojos en los restos del antiguo ribat árabe emborronado por la arboleda cuando al pasar su carruaje de cuatro mulas sobre el arco de una alcantarilla le pareció ver por la ventanilla en la moribunda luz del atardecer una cabeza humana que rápidamente desaparecía bajo la cuneta. Mandó parar al cochero, extrañado de que alguien anduviera en paraje tan inhóspito, y bajando inspeccionaron los alrededores, descubriendo la entrada de una cueva disimulada entre el matorral que permitía justamente el paso de una persona.
Tomó buena nota el duque del hallazgo, y no pasaron muchos días para que volviese dispuesto a descubrir el centro de la tierra. Aunque como ya había supuesto e imaginado, la cueva solo conducía a la cripta del primer brujo del morabito.
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