Abrimos este nuevo tema de acoso a un aperador con un sorprendente documento que puede leerse en el Libro Primero de Defunciones de la Parroquia de Santiago, al folio 38, 2ª entrada:
Entierro de Salvador de los Reyes. Fábrica, 50 maravedíes.En diez y ocho días del mes de octubre de mil setecientos cuarenta y siete años dí sepultura eclesiástica al cuerpo difunto de Don Salvador de los Reyes, marido que fué de Josefa de Rojas, vecino de esta villa de Castilleja, y para que conste lo firmé, fecha ut supra. Don Miguel Vazquez Forero.
Una semana después de la muerte de su paciente sifilítico el cuerpo rechoncho del droguero apareció caído boca arriba en el suelo de su establecimiento. La última persona que lo vió vivo fue el Visitador de Boticas, que había llegado un rato antes a media mañana, encontrándolo en inmejorable estado de salud; aquél le juró, perfectamente normal, no ocultar nada, le mostró su título, justificó con unos papeles la puesta al día del alquiler del local, le dio acceso a los medicamentos para que comprobase que no había ninguno en mal estado, y una vez cumplidos todos los trámites montó en su mula el Visitador y marchóse calle de Hernan Cortes abajo para seguir su ronda de inspecciones por los pueblos cercanos. La muerte de Salvador debió ocurrir cuando doblaba la esquina de la Calle Real en dirección a Gines.
A las pocas horas el trágico acontecimiento era el tema de conversación del pueblo. Se decía que se había suicidado con un mejunje de su invención. Otros creían que no fue suicidio, sino que experimentaba en sí mismo los efectos de un fármaco. Y no faltaba quien culpase a algún envenenador francés.
Quizá la verdad solo la conociese el maestro cirujano, que fue quien lo descubrió, desbaratado junto a un sillón derribado en el fondo oscuro de la estrecha sala y con un libro abierto sobre su panzudo vientre: la edición madrileña de 1737 de “Palestra farmacéutica Chymico-Galénica", de Félix Palacios Bayo, según pudo ver el horrorizado terapeuta. En el mechero humeaba una poción de láudano que llenaba el recinto de un aroma dulzón y suave. Normalmente Salvador regresaba a su casa a mediodía, para almorzar con su mujer y dormir luego una ligera siesta; quizá lo efectuara así también el día en cuestión, pero hubo de hacerlo solo, porque su esposa llevaba fuera más de veinticuatro horas atendiendo a una cuñada parturienta en la calle de Juan de Oyega, donde se quedó a dormir. De forma que Salvador se encontraba ya más de un día sin compañía cuando ocurrió el desgraciado suceso.
Había dicho la tarde anterior en la tertulia con su amigo el maestro médico que tenía un cocimiento al baño maría en la minúscula oficina de brebajes, y que debía vigilar que no se apagara el infiernillo de aceite que le había de proporcionar calor durante cuarenta y ocho horas para su completa realización, por lo que sus viajes desde casa al laboratorio eran continuos, cruzando la Plaza a horas intempestivas para comprobar la buena marcha de su preparado.
Parecía, dada la poca diferencia entre una muerte y otra, que el boticario quisiera perseguir a su enfermo hasta el Más Allá en su obstinación por llegar a conocer los secretos de la entonces misteriosa enfermedad que lo mató. La inscripción que don Miguel hizo del sanitario difunto denotaba a simple vista que no sentía por él el menor vestigio de simpatía, dándole la carta de tránsito a la Gloria sin mucha delicadeza. Lo despachó con cuatro renglones descuidados, sin especificar lo más mínimo acerca de su profesión, o de haber o no haber efectuado testamento, como era habitual en todas las demás anotaciones de enterramientos, quizá con la intención de estigmatizarlo por su suicidio, si efectivamente murió por su propia mano.
Salvador de los Reyes permaneció en la memoria colectiva, entre el común de castillejanos sencillos, como un hombre extraño, que como todos los de su profesión, era temido por sus desconocidos poderes y por su apariencia y talante fuera de lo normal; ni tan siquiera tenía conversaciones inteligibles para la mayoría. Usaba palabras raras. Y su botica era la prolongación de él, con sus inquietantes olores, el aire impregnado de aromas que por su exotismo producían desconfianza, su luz y sus reflejos aversos, sus rincones misteriosos llenos de tarros y botes de incomprensibles contenidos.
Esta actitud del populacho hacia la medicina en general se había sabido aprovechar por ciertos divulgadores que hacían su agosto publicando obras que preconizaban la automedicación, permitiendo a las gentes sencillas —además de ahorrarse los emolumentos de los galenos— prescindir de quienes veían tan repelentes como a Salvador de los Reyes; llamadas genéricamente Farmacopeas para pobres, había una de ellas que describía recetas sencillas y tenía gran éxito entre muchas familias de Castilleja, editada la última vez en Sevilla en el año 1734 y cuyo autor se hizo llamar Pedro Hispano, un médico portugués del siglo XIII que llegó a ser pontífice en Roma con el nombre de Juan XXI: el problema era que los medicamentos se preparaban por manos inexpertas.
Problema que tuvo graves repercusiones en el pueblo, como veremos más adelante.
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Cristobal Marana prosiguió su vida con normalidad, tras los preceptivos días de duelo por Bernardo. Siendo como era, hombre atractivo y apasionado incluso con su ojo ciego —lo que aumentaba su encanto, al decir de muchas mujeres—, no le faltaron estímulos para volver a un disimulado romance que disfrutaba desde antes de la llegada de su hermano, y que compensaba con creces el riesgo que le suponía con el placer que le proporcionaba. Siguiéndolo en sus idas y venidas a la casa de su bellísima amante vamos a enterarnos en los próximos párrafos de, entre otras cosas, lo ocurrido al aperador de Juan Pacheco de Castro, este último el conocido veterinario amigo del farmacéutico fallecido y uno de los pocos en el pueblo que lloró su desaparición.
domingo, 27 de julio de 2008
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