Don Miguel sabía que de la siguiente actuación dependía el éxito de la contienda, y que por ello no podía quedarse de brazos cruzados, porque con cada hora que pasara aumentaba para sus enemigos la posibilidad de derrotarlo. Urgente y necesario era fortalecer su postura, y en cuanto apareciera la primera oportunidad, golpear con contundencia.
Con todo ello paseaba reflexionando a lo largo de la iglesia, en cuya atmósfera central una nube de moscas pesadas y lentas que orbitaba sobre sí misma atrajo su atención; a cada vuelta las miraba de reojo, comparándolas a una cósmica formación de planetas; se sintió como un dios omnipotente, gigantesco al lado de su obra, mas a pesar de estas fantásticas cavilaciones seguía sin ser dueño del tiempo, cuyo fluir lo ahogaba. Sus pasos sobre las frías baldosas desgastadas por enérgicos fregados y roces de suelas de muchas generaciones asemejaban el tictac imparable de un enorme e invisible reloj que le advertía.
Con el lento paso del tiempo discurriendo en la penumbra no se sentía, no podía sentirse ni tranquilo ni satisfecho, máxime al ver las cajas de madera que contenían los enseres de la ermita de Guía, y que ahora, colocadas de forma provisional sobre los altares y como protestando impacientes tapaban las imágenes propias de la parroquia. En una de éstas, muy venerada, solía inspirarse cuando algún contratiempo lo acuciaba, pero ahora estaba invisible tras un alargado cajón de pino; se trataba precisamente de Nuestra Señora de la O, una curiosa talla de virgen de rodillas y con las manos unidas en actitud de estar rezando, que tenía como original particularidad un hueco en el vientre, un pequeño cubículo de paredes pintadas de rojo en el que se situaba un diminuto niño Jesús; por lo cual era conocida como Virgen de la Expectación del Parto. La recordaba en sus más mínimos detalles: era una obra del jienense Francisco de Ocampo, que la realizó en el siglo XVII; su pensamiento hacia ella alternaba con el problema que le asediaba cuando, de pronto, le iluminó la inspiración, tan de improviso que se sobresaltó poco menos que asombrado de sí mismo. En efecto, la virgen era el convento de los frailes, con su mismo nombre, y el niño era fray Sebastián de Castro, que se había formado en él, como nuevamente engendrado en el mundo espiritual del servicio a Dios. Estaba claro como el agua.
Faltaban pocos días para la celebración franciscana del Jubileo de los Ángeles y el fraile ladrón y sacrílego vendría al claustro maternal de su convento, a ganarlo. La madre lo atraería a su seno. Y es allí, en sus entrañas, donde lo pensaba capturar como niño que era, para darle el escarmiento ejemplar más sonado de la historia del pueblo.
Imaginaba, creyendo estar en lo cierto, que era en el recinto de los frailes donde se había intrigado contra él, y donde se había designado a los agentes que estaban ejecutando el diabólico plan de anexión de la ermita al Arzobispado. No veía más que enemigos por todas partes, pero ahora se sentía fuerte: el Jubileo de la Porciúncula le servía en bandeja de plata a su odiado contrincante. Tenía partidarios fieles, dispuestos a jugarse el pellejo por él, y los iba a movilizar, pero sobre todo contaba con el pueblo llano, con la masa de castillejanos a la que el ancestral instinto de la territorialidad daría furia y bravura en la pelea. Y, por supuesto, con el Alcalde y las Justicias del pueblo. Nadie pasaría por la vergüenza y el deshonor de quedarse atrás y volver la espalda mientras forasteros sin escrúpulos se adueñaban de trozos de la querida tierra que era el más preciado legado de los amados que se fueron, de los que habían levantado las casas, abierto las calles, labrado los campos, horadados los pozos y sembrado los árboles para dejarlo todo como preciosa herencia a sus hijos. La tierra era, y es, sagrada para quien se inclina sobre ella empapándola del sudor que produce la ruda tarea diaria. Y si sobre la tierra sagrada está una sagrada ermita, doble sacrilegio.
El vicario conocía la sicología de las buenas gentes cuyas almas administraba, y también conocía la sicología de los frailes y conocía sus motivaciones; recapituló repasando sus más recientes pensamientos: sabía que para los de San Francisco el Jubileo de la Porciúncula era un potente imán, y que el ladrón fray Sebastián de Castro no resistiría la tentación de venir desde Camas a ganarlo. En cuanto a las movilizaciones populares, no veía obstáculo alguno: sería como coser y cantar.
En efecto, no se equivocó en lo que respecta a la conducta de fray Sebastián. Una vez enterado de su llegada, movilizó a sacristán, notario, monaguillos, ministros de la Justicia y demás personajes de su total confianza, ocultándose con algunos de ellos en la aledaña casa de Oyega, quien de buena gana la cedió para tal menester, mientras los demás rodeaban el convento, ocultos tras cada esquina y cada árbol. Transcurrieron la últimas horas de la mañana y las primeras de la tarde.
El silencio más absoluto reinaba sobre las casas, mudas ellas también, de la población. Puertas y ventanas herméticas, calles vacías y sobre los tejados como una amenaza imperceptible que se condensaba tensa, turbia. De pronto un ventarrón de agosto comenzó a soplar, barriendo violentamente la hojarasca y levantando nubes de polvo. Era un viento seco y cálido, que parecía soplar desde todas las direcciones recorriendo a golpes cada calle, una por una, y revolviéndose con furia de león en los rincones.
Hasta que lo vieron salir, la presa codiciada, ya con el sol camino de su declinación, sigiloso por la puerta norte justo frente a la casa de Oyega, ocultándo la cara tras un breviario y con la capucha encasquetada hasta la nariz.
No sirvió al fraile para nada su disimulo.
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