viernes, 25 de julio de 2008

Los caldereros franceses (XV)

Aparecen algunos que hacen testamento, lo cual indicaba su posición económica, muy por encima de la enorme cantidad de partidas de defunción de autóctonos en las que se especifica que no testaron por ser pobres. Varios dueños de martinetes fuéronlos desarrollando y ampliando hasta convertirse en influyentes empresarios, patriarcas de los grupos de simples artesanos, rodeándose de criados, influyendo en las políticas municipales, abasteciendo a Fábricas Reales españolas. Cuando desde 1780 la Armada hispana comenzó a utilizar planchas de cobre para acorazar los cascos de sus buques, uno de estos empresarios, establecido en Aragón, consiguió de la Real Sociedad Económica de Zaragoza ayuda para abastecer de planchas de cobres los astilleros de Barcelona. En todos los casos disfrutaban del apoyo de las autoridades locales, prestas a enfrentarse con el Gobierno central —o a no llevar a efecto sus decretos— por mantener las pujantes economías locales sostenidas por los caldereros. Con la escalada bélica del año 1796 Madrid dispuso la expulsión de todos ellos y el embargo de sus bienes, mas los Cabildos de las villas en su generalidad hicieron oídos sordos. Les habían exigido los políticos centralistas juramento de fidelidad al Rey, y restringido sus salidas a Francia para evitar la propaganda subversiva que pudieran introducir en la Península al regreso.

“Mando a la yglesia de este lugar 500 reales con la obligación de decirme todos los años, perpetuamente, una misa cantada con órgano el día de san Francisco y me entierren con el hábito de san Francisco”, es una cláusula testamentaria de un inmigrante de la parte de Castilla la Nueva, con evidente suerte.
Encargaban cientos de misas, entierros con varios curas, limosnas a los pobres, etc. Tenían sirvientes y clientela en amplias regiones, y dejaban herencias sustanciosas a sus familias en Francia.

En las montañas de la Haute-Auvergne occidental sus habitantes nacían predestinados a marchar en masa a España, norte de Italia, Suiza y otros países europeos, ejerciendo un oficio arraigado en su tierra desde tiempo inmemorial y de manera inexplicable, porque ni había minas de cobre en la zona ni sistemas de comunicación que propiciaran la llegada de materia prima. En los cantones de Aurillac, Saint-Flour, Pleux, Mauriac... los abuelos y padres enseñaban a los hijos el arte de batir y las triquiñuelas de supervivencia en tierras extrañas, esperando que, con el tiempo, remitieran el dinero suficiente para adquirir un poco de ganado, un trozo de tierra o una casa. Era aquellas montañas zona pobrísima, sometida a la "tiranía cerealística" de las regiones bajas de su alrededor. Se heredaba el oficio familiar con las herramientas paternas y el impulso innato, el irrefrenable afán de conocer mundo, sin el cual no se era propiamente auvernés. Eran muy meticulosos en dar legalidad a sus situaciones, y ya al salir delegaban ante escribano sus derechos civiles en padre, esposa o pariente cercano, a veces dejando ya el testamento hecho; entre los auverneses de Castilleja abundan documentos que establecían las condiciones del reparto del capital de la cuadrilla, o las de reformas de índole testamental. A veces, en un viaje vacacional, dejaban embarazadas a sus mujeres, y no conocían al vástago hasta después de varios años.
Presumían de mujeriegos y tenían fama de ladrones, a causa de su movilidad.

Bernardo Marana fue de los que no tuvieron suerte. En la trasera de la calderería de la Calle Real agonizaba hora tras hora, día tras día. Se aisló su cama del resto de la estancia con un cañizo espeso, se sacrificaban las gallinas a mansalva para proporcionarle caldos y los operarios procuraban no hacer excesivo ruido, lo que les reportaba una baja producción en un oficio en el que el martillo era principal protagonista. Cuando llegó el primer frío de septiembre se le subía a diario un pesado calderón de cobre rebosando enormes ascuas de la fragua que al lado del camastro entibiaba el rincón bañándolo en una sobrenatural luz rojiza.
Entre los habituales visitantes al pajar donde desfallecía el desgraciado se encontraban el maestro cirujano de la Villa, el boticario titular con abundantes dosis de opio, don Miguel el cura no sin cierta repugnancia y varios franciscanos del Convento de la O que murmuraban esotéricas letanías en voz baja rosarios en mano, a veces sin siquiera sentarse, y se marchaban luego sin pronunciar tampoco un simple saludo.

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