Esta cantidad de personas de todos los pueblos limítrofes y aun de más lejos, que habían venido a ganar el Jubileo, y que se mostraban, saliendo como goteando del claustro, con sus nudosos bordones de camino, a cada momento más amenazantes, excitados por el llanto y los lamentos de las mujeres y las reprobaciones y quejas de los ancianos, multitud a la que hay que añadir todos los curiosos, vecinos y forasteros que habían ido congregándose en derredor del vituperable espectáculo, decidió el resultado de la trifulca: el partido de don Miguel Vazquez Forero optó por liberar al gordo religioso y retirarse a sus cuarteles ante el temor de una revuelta generalizada. Y con ellos, el gentío se fue disolviendo, entre comentarios y murmuraciones.
Fray Sebastián, según hablaban unos testigos mientras se dirigían a sus casas, resultó con la túnica hecha pedazos mostrando los blancos muslos, la cara arañada y las manos bien lastimadas, y el predicador fray Juan de San Miguel también dio un gran batacazo, amén de la herida en la mano.
Pero el vicario era persona tenaz, como hemos tenido ocasión de comprobar a lo largo de anteriores capítulos; tenaz y batallador, porque gracias a ello había sido elegido para el cargo que ocupaba, solo se permitía aflojar con una mano para apretar con la otra. Todo el repliegue había sido una retirada estratégica, sin que significase ni por asomo que don Miguel iba a abandonar su intención de castigar ejemplarmente al fraile. De forma que de inmediato comenzó a diseñar otro plan de ataque, más efectivo y discreto que el que les acababa de fallar.
Tenía, en principio, los pájaros en la jaula. De manera que se imponía solamente vigilar sus puertas. El monasterio tenía dos: una, la principal, donde había ocurrido la zapatiesta narrada, y otra, un sencillo y estrecho portillo abierto hacia la Calle Real en el largo muro sur, utilizado para alcanzar territorio tomareño, donde los monjes atendían espiritualmente a muchos fieles; por lo tanto —pensaba el vicario— no iba a ser necesario desplegar mucho personal para sitiar a los frailes, aunque, por si las moscas, tampoco estaban de más unos paisanos en puntos de amplia visibilidad pendientes de los muros, por si se les ocurría utilizar escaleras para salvar el cerco. Así que situó a sus hombres en las puertas, en los extremos de la Calle y en la entrada a la Plaza, y se dispuso a esperar en su puesto de mando de la casa de Oyega.
En esta situación la tarde, ya madura cual fruta, estaba a punto de caer atravesando el aire suave y sedoso, lleno de una luz que revivía los colores y perfilaba los más mínimos detalles.
Más que necesidades materiales estaban en juego las integridades intelectuales, el amor propio, el orgullo sano de hombres que, en base a la razón, no encontraban argumentos justificadores de las acciones de sus contrarios. Esas directrices internas forzaban a cada cual a mantenerse en su empresa, y actuando como un revulsivo en las mentes las obligaban a trabajar frenéticamente en busca de salidas, soluciones y resultados. Algo así movió a uno de los sitiados, que al poco sintió el afán, el prurito síquico de enfrentar una situación infamante y deshonorable: se trataba de fray Juan de San Miguel, que, con su mano vendada, intentó usar con todo sigilo la puerta de la Calle Real para ir a Mairena del Alfarafe, donde tenía que decir misa. En el momento de abrir el estruendo de una lluvia de pedradas que repiqueteaban contra la puerta hizo que su corazón diese un vuelco, y se vio obligado a resguardarse cerrándola y desistiendo de sus propósitos.
Los testigos, en su mayoría fisgando por rendijas en las ventanas de sus casas, afirmaban que el guardia destacado por el vicario en dicha puerta estaba armado con daga al cinto, y que tenía dispuesto ya de antemano a su lado un montón de piedras.
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