El curato de la villa de Camas había quedado vacante; su titular, según fuentes de toda solvencia, fue expulsado por pedofilia; el hombre, que por lo visto se imaginaba muy original con sus particulares métodos didácticos, se entretenía jugando a quitarse la ropa con los niños hasta que su sacristán, harto de no cobrar lo establecido por tener la boca cerrada, decidió abrirla de par en par.
Con el pueblo sin cura, desde el Arzobispado hispalense se iniciaron instrucciones para cubrir el puesto, y se pensó en algún fiel padre franciscano de Castilleja que tuviese la suficiente integridad como para lavar cuanto antes la horrenda mancha que había supuesto para la Iglesia la conducta del escandaloso degenerado. Y una vez puesto al tanto el Padre Guardián del convento castillejano, quien de inmediato repasó con toda la objetividad de que era capaz sus efectivos disponibles e hizo recaer su elección en un obeso y barbudo franciscano de su comunidad, el asunto pareció cerrado y en vías de solución. Solo restaba esperar que el olvido cicatrizase aquella fea herida abierta y supurante en la sociedad cameña.
Entre los doctores eclesiásticos que habían diseñado la operación de saneamiento se infiltró un individuo ambicioso y retorcido que ostentaba el título de Prior de las Ermitas en dicho Arzobispado, el cual vió la ocasión de, mediante una estratagema bien calculada, dar una mordida al borde del territorio del Abad de Olivares, borde en el que refulgía como una preciosa perla la Ermita de Nuestra Señora de Guía, desde antiguo objeto de litigios entre las dos jurisdicciones por estar cabalgando entre los términos de Castilleja y el dicho pueblo de Camas. La última y vigente sentencia de los Tribunales había colocado en su totalidad el templo en tierras de nuestra villa. Y don Jose Ignacio Delgado y Ayala, que así se llamaba el intrigante Prior, consideró que utilizando Camas como ficha instrumental en la gigantesca partida de ajedrez, podía cubrirse de gloria solucionando por fin el conflicto sobre la propiedad de la Ermita en favor de Su Eminencia Reverendísima.
En este punto debemos ilustrar esta crónica con una descripción, aunque por ahora somera del todo necesaria, del lugar en disputa. Morabito en tiempos de los almohades, desde su recinto un religioso profeso, el murābit, sabio en lecturas coránicas y muy en contacto, a pesar de las diferencias que veremos, con las autoridades sevillanas, servía las necesidades espirituales de los labriegos hispanomusulmanes de las cercanas alquerías. Cuando murió el primero de estos místicos andalusíes el lugar, que sirvió para su mausoleo como solía acontecer en todo el Islam, cobró categoría sacra, formándose en derredor un pequeño cementerio de fieles y devotos. Los ermitaños continuadores de la labor del santo recibían su baraka, sus prerrogativas y privilegios y en suma, todo su poder.
Todavía en la actualidad se puede contemplar la antigua construcción, a la que luego se le adosó en forma de nave con techo a dos aguas la Ermita cristiana propiamente dicha. Hay en ella, y pueden también apreciarse hoy a simple vista, unas cenefas de arquillos apuntados sobre columnitas de piedra colocadas bajo los aleros del techo en la parte antigua, que son similares en todos sus detalles a las que exhibe la Giralda de Sevilla sobre algunas de sus ventanas; sin duda talladas por el mismo artesano.
Con el vendaval arrasador que supuso la llegada de los castellanos del rey Fernando III, el morabito quedó abandonado, reducido a un edificio ruinoso utilizado durante un par de centenares de años como establo y aprisco de rebaños por pastores y vaqueros, y como letrina por viajeros y campesinos que empleaban a modo de papel higiénico las páginas de los libros que no pudieron ser llevados por el viejo santón en su huida, —ni su par de mulas ni sus fuerzas daban para más—, al seguro refugio del Reino de Granada .
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