Juan de Santiago, Alcalde de la Santa Hermandad, esperaba este momento para emplearse a fondo e intervenir contundentemente; para estos policías funcionarios el color de la sangre era la señal de alerta. Entonces, aprovechando el desconcierto y revuelo que cundió tras el bastonazo del cura al sacritán, con la mano como una amenaza muda en el pomo de la temida espada comenzó imperante a ordenar que se despejara la zona, lo que hicieron aunque remoloneando todavía la ya saciada jauría de fieras salvajes que era en lo que se habían convertido los pacíficos castillejanos con las nefastas palabras de don Miguel Vazquez Forero.
—¡Fuera todos de aquí! ... ¡vamos, vamos, todos a sus casas! ... ¡no quiero ver a nadie en la calle! ... ¡a dormir! ... —auxiliado por sus ayudantes ordenaba con voz ronca Juan de Santiago.Entre murmullos y algún esporádico grito de protesta, la masa fue retrocediendo y poco a poco disolviéndose.Se fueron todos por fin. Cayó la noche sobre el pueblo.El silencio y la quietud volvieron a sus calles. El firmamento se mostraba en todo su esplendor. Era un cielo grande y profundo, magnífico en su inmensidad. Empezó a hacer frío.
Juan Pacheco y los demás solo pensaban en tomarse un respiro y descansar un rato, para iniciar cuanto antes las diligencias contra el vicario; se reunieron en el Cabildo después de tomar un refrigerio y aderezando unas velas comenzó Jose Cordero Baena a emborronar folios. Veían al otro lado de la Plaza lo que parecía ser alguna débil luz tras las persianas del piso superior en la casa del cura. Declararon, en aquel ambiente en penumbra ahora denso de paz y silencio, los dos regidores sesentones, el Alcalde de la Santa Hermandad y el Alguacil Mayor, todavía con manchas en su casaca y chaleco de la sangre del sacristán.
Cuando se presentó éste en el Cabildo, un Cristobal de Vallecillos pálido con un emplasto en la boca dolorida, mandado llamar para que testimoniase sobre lo acontecido, se negó a hacerlo farfullando con dificultad. El Teniente, ni corto ni perezoso, lo envió a la cárcel a hacer compañía a Francisco Vazquez, el criado del cura por cuya causa se había organizado todo aquel endemoniado suceso. Lo cual ejecutó el Alguacil Mayor sin ninguna dilación. Además se le embargaron los bienes, hasta tanto no cumpliese con su obligación de decir todo lo que supiere y fuere preguntado sobre el asunto.
Beatriz de Tovar recordaba todo aquello con gran claridad; fue testigo desde su balcón en el rincón de la Plaza, su privilegiado observatorio. Cuando volvió su marido aquella noche clara se le insinuó, excitada por los acontecimientos que había presenciado. Se mantuvo cerca de él, rozándolo, canturreando contenta, susurrándole al oído con tono apasionado palabras de admiración mientras le servía la cena. A la hora de dormir se arrodilló para descalzar al Regidor y aprovechó para darle masajes en pies y pantorrillas, costumbre que había dejado de practicar hacía más de un lustro, desde que él, enojado por unos contratiempos en los negocios, le hubo dado una patada que vino a dar con ella rodando hasta el otro extremo de la habitación.
Una vez en el lecho, buscando quizá una reconciliación ya imposible, intentó acariciarlo pero Alonso Martin de Luna no le hizo el menor caso, se dió la vuelta y agotado, un minuto después roncaba beatíficamente.
Ahora deberíamos volver dieciséis años después, con ella, más gruesa, más vieja y más ajada, viuda ya, al día del entierro de su antigua amiga la mujer de Casasnovas, con los dos carreteros hermanos Agustin y Sebastian Caro en prisión.
Pero antes consignaremos que Alonso Martín de Luna, marido de Beatriz de Tovar, murió cuatro años después del tumulto en la Plaza, el 17 de abril de 1734, de forma tan horrible que no le pudo don Miguel administrar los sacramentos, tales espasmos de dolor tenía. Sus gritos se oyeron en todo el pueblo durante gran parte de aquella tibia y maravillosa noche de primavera, y debido a las fuertes convulsiones que le hacían caer una y otra vez de la cama hubo que solicitar a varios mozos fornidos que lo sujetaran hora tras hora, mientras, enajenado por el sufrimiento blasfemaba contra Dios y todos los santos, arrojando con inusitada violencia por la boca pestilentes vómitos.
Cuando murió por fin, al rayar el alba, en cierta manera todos se sintieron aliviados y respiraron a fondo el incipiente aroma de sampedros y jazmines que emanaba el patio, como si les hubiesen quitado un peso de encima.
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